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El productor que pasó de trabajar la chacra a exportar 300 contenedores de fruta al año: “Llegamos porque somos rastrojeros”, explica el “Acha” Martínez, una institución de la fruticultura del Alto Valle

Lucas Torsiglieri por Lucas Torsiglieri
12 julio, 2026

Hace más de 45 años es productor frutícola, logró escalar su negocio y hoy exporta más de 300 containers de peras y manzanas a todo el mundo, con frigoríficos, empaques y aserradero propios. Pero a Carlos “Acha” Martínez le sale presentarse de una forma mucho más sencilla: “Soy un nacido y criado en la chacra”.

Tenía 10 años cuando manejó su primer tractor y a los 13 ya mantenía la quinta para la familia. “Si venís al Valle y querés conocer a Carlos Martínez, tenés que preguntar por el Acha”, dice de forma autorreferencial esta institución de la actividad frutícola rionegrina.

El apodo se lo ganó en el colegio salesiano San Miguel, donde iban muchos hijos de productores de la zona de Allen y Roca porque, cuando tocaba jugar al fútbol, Carlos elegía la banda derecha y era el “cuatro” rústico que no dejaba pasar a nadie.

“Acha” aún produce en la misma chacra que en algún momento fue de su padre y sus tíos. En esa y varias más, porque con el correr de los años pasó de las 80 hectáreas iniciales a unas 350, que espera la próxima temporada le den unas 12 millones de kilos de peras y manzanas.

Nació en el Alto Valle rionegrino y dice que de allí no se moverá. A sus 66 años, ya no son las épocas en que andaba con el mameluco y arreglaba toda máquina que pasara por su taller, pero todavía se toma el trabajo de recorrer a diario sus chacras, frigoríficos, empaque y aserradero. Todo eso, en un rango de 45 kilómetros, entre las localidades de Guerrico, Gómez, Fernández Oros, Cipolletti y Allen.

Dice sólo dedicarse al aspecto financiero de su firma familiar, pero Silvia, su compañera, asegura que es pura humildad. “Sale antes de las 7 de la mañana y vuelve a las 7 de la tarde. Mientras pone un ojo en la fruta que va a salir, mira los costos del empaque y se fija cuánto llegó de la factura de energía. Está en absolutamente todo”, describe.

Hay un viejo dicho que reza que el ojo del amo engorda al ganado. Pero Carlos tiene una motivación extra para, con casi 5 décadas de experiencia a su espalda, seguir haciendo lo que hace: el orgullo de haber visto crecer su empresa luego de tanto esfuerzo.

“De productores primarios llegamos a ser exportadores, pero nada fue de la noche a la mañana. Llegamos a donde llegamos porque somos rastrojeros y nunca gastamos de más”, explica el mayor de cuatro hermanos que siguieron todos el mismo camino.

Su Nona fue la primera niña bautizada en el Dique Ballester y su padre se aferró a la producción de fruta, pese al maltrato de los galpones: En Centenario, Vivian Dalla Villa combina amor por aquella historia con la necesidad de reconvertir su chacra

El salto que describe fue en realidad muy paulatino y terminó de concretarse recién hace 5 años, cuando enviaron sus primeros cuatro containers al exterior. Hoy, son más de 300 los que salen de su empresa Antonio F. Martínez -el nombre de su padre- y producidos en conjunto con la firma familiar, Terruños de la Patagonia.

Sus peras y manzanas recorren todo América y Europa, y a esa interminable ista de destinos llegan en los “bins” -los cajones de madera de exportación- que ellos mismos fabrican en su aserradero. Anualmente, producen entre 2500 y 3000, de acuerdo a la demanda.

También abastecen al mercado interno y sortean lo mejor que pueden los altos costos para que su fruta se consuma en la Capital Federal. Siempre está la opción de guardarla en la cámara cuando los precios o la demanda no acompañan, a sabiendas que allí también puede complicar las cosas la factura de luz.

Es toda una gran gimnasia diaria, lo que explica que “Acha” no pueda dejar de salir antes de las 7 de la mañana de su casa. El tiempo le enseñó que, al final, mucho se reduce a ser rastrojero y previsor, “y siempre mirar 2 o 3 meses para adelante”, afirma. O lo que es lo mismo: ser eficiente y no dormirse en los laureles, ni siquiera cuando la estructura es tan grande.

El buen productor frutícola es aquel que espera. Y es algo que, en definitiva, se aprende a los golpes. Porque, así como cuenta las buenas, el “Acha” puede hablar de las muchas veces que una mala cosecha, la asfixia impositiva o la crisis económica intentaron doblegarlo. Incluso, aún hoy.

Esa paciencia le permitió expandirse cuando la situación lo permitió. En su empaque cuentan hoy con la más moderna maquinaria para la selección de frutas y en sus chacras están por incorporar plataformas de poda y cosecha mecánica. Pero, así y todo, “Acha” asegura que sigue mirando cada número y pensando 2 veces cuando hay que cambiar un tractor.

Eso, en definitiva, no cambia ni aún a esa escala.

“Nino” se acostumbró a contar las veces que “zafó” y, desde su pequeña chacra frutícola, decide no retroceder ante las penas del sector. “Yo sigo plantando”, dice, confiado en que llegará su revancha

Lo que sí ha cambiado, reconoce con cierta nostalgia es todo el paisaje productivo que lo rodea. Ese cuadro que alguna vez vio de chico, hoy ya no existe.

“Se perdió la cultura de los productores, casi no queda nada de eso. Los hijos se dedican a otros negocios y profesiones y las tierras por las que tanto se han sacrificado quedan abandonadas”, describe Martínez.

Pero, además, entre los pocos que quedaron, muchos eligen otra salida. “Cuando yo arranqué en el valle había cebolla, papa, y hasta tomate. Hoy no existe más la industria tomatera, las papas las traen de otros lados y el valle se reconvierte con el maíz. La gente arranca los frutales y siembra granos”, puntualiza.

Lo propio hace la presión inmobiliaria, que termina de desplazar a los más chicos por su cercanía con Vaca Muerta. “Que se esté invadiendo con edificios y barrios privadis un valle tan fértil y con 3 ríos es una barbaridad. No existe en el mundo este valle”, agrega Carlos.

Cambió también la forma de trabajar, el mercado se ha vuelto exigente y lejos han quedado los días en que aprendía mirando a su padre y sus tíos.

Quizá, la gran constante es su inseparable vínculo con la chacra, que, en silencio, recorre a diario.

Etiquetas: alto valleempaque de frutaexportación de frutafruticulturamanzanasperasrio negro
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