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Las siete vidas del Valle de Uco: Carlos Dávila, productor de Tunuyán, vivió en carne propia todas las reconversiones en ese oasis, que pasó de las manzanas y peras a los vinos y duraznos, y que ahora busca refugio en el tomate y el ajo

Alejandro Gamero por Alejandro Gamero
27 septiembre, 2026

Hace 40 años, el Valle de Uco no era sinónimo de vitivinicultura ni de vinos premium reconocidos a nivel mundial. Muy por el contrario, era uno de los epicentros de la producción frutícola y más tarde, conservera, de Mendoza y Argentina. Sus campos explotaban en primavera con los frutakles en flor y para el mendocino de esa época era sinónimo de manzana y de sidra.

Nadie imaginó, a mediados de los años 80, que la región ubicada en la zona central alta de la provincia iría mutando en las décadas siguientes como lo hace a puro vértigo el recorrido de una montaña rusa. Con los años, la fruta de pepita, esto es, manzanas y peras, se fue desplomando y retirando de la agricultura para dar lugar al durazno, a las conserveras y a la cereza.

Pero a mediados de los 90 desembarcaría la vitivinicultura de la mano de los inversores extranjeros, para dar el puntapié inicial a la producción de vinos de altísima gama, donde se instalarían fastuosas bodegas con etiquetas de primer nivel, gastronomía de paladar negro y menúes, de como mínimo, tres pasos.

Carlos Dávila, productor y actual vicepresidente de la Cámara de Comercio de Tunuyán, que junto con los departamentos de Tupungato y San Carlos componen la región del Valle de Uco, es un fiel testimonio de este increíble camino de supervivencia que se refleja en su historia personal y en la de cualquier agricultor de la zona.

Espíritu de supervivencia que, en muchos casos, fue victoria y en otros, amargas derrotas, para una región donde la actividad del campo es la actividad de la que prácticamente todos viven.

Dávila rememoró en una charla con Bichos de Campo las experiencias propias y las que escuchó de sus mayores y analizó por qué el principal cultivo de toda una región por décadas, desapareció en menos de 10 años. También cuanta cómo hicieron para sobrevivir.

“En la década del 80’ había unas 30.000 hectáreas de manzanas y peras en el Valle de Uco, pero hoy no quedan más de 1.600 hectáreas, según datos oficiales de la Provincia, es decir, nada, y por el contrario, ganó terreno la vitivinicultura, que ocupa unas 29.000 hectáreas”, resume Dávila para empezar.

¿Qué pasó en el medio? Claramente, una tragedia, una tragedia agroindustrial, en donde se arrancaron montes de frutales, desapareció la industria maderera que hacía los clásicos cajones de empaque y se retiraron, luego, por causas parecidas, la industria conservera (el último gran golpe), que representaba en Mendoza el 80% de toda la industria nacional del sector a principios de este siglo.

La transformación y reconversión de las actividades dejó caídos y nuevos beneficiarios, y reconfiguró en cuatro décadas todo el mapa productivo de la región.

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Pero ese mapa, que parece estar firmemente instalado con el vino, no está quieto, porque en los últimos años, la caída del mercado vitivinícola más la situación de muchos pequeños productores que dejaron de ser tenidos en cuenta como proveedores de uvas finas por las propias bodegas, disparó una nueva dinámica en el Valle de Uco: arrancar viñedos y volver, una vez más, a mutar a nuevos cultivos.

Carlos Dávila describió ese circuito en su propia experiencia: “Yo me dedico a la producción de uva, pero antes tuve producción de peras y asistí también a la reconversión de la uva Pedro Giménez (para vinos de mesa blancos) pasando a plantar Malbec”.

“Ese cambio me permitió capitalizar esos 10 a 15 años de bonanza, pero hoy estoy arrancando el Malbec, para hacer tomate dentro de la figura Tomate 2000, un cultivo de 4 meses, una figura integrada y que garantiza rentabilidad. También estoy haciendo ajo donde antes hacía Malbec”.

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Tomate 2000 es una asociación sin fines de lucro, creada en Cuyo, con el fin de prestar asesoramiento e investigación a sus integrantes, ofreciendo un programa de horticultura integrada y responsable que busca mayor productividad y eficiencia en la cadena de producción.

El recorrido de Dávila, que pasó de la pera a la uva común, y de esta, a la uva Malbec, para hoy estar arrancando el viñedo fino y reemplazándolo por tomate y ajo, es una síntesis de cómo ha sido y como es la vida y la realidad de los agricultores de esta zona.

Porque el problema no pasa por tener la voluntad de cambiar de cultivo, al fin y al cabo, las dinámicas en el campo no suelen ser eventos desconocido; el problema en Cuyo y otras zonas del país, es que la reconversión, salvo en la chacra (o en la quinta como se le dice en Buenos Aires) no se ejecuta ni deja rentabilidad de una temporada a la otra, sino que este proceso insume años.

“Para recuperar flujo de fondo, para volver a tener ingreso en el proceso de reconversión -cuenta Carlos con la experiencia de haberlo llevado a cabo- si saltás de un cultivo como la vid a otro como el durazno, la manzana, o la pera, o viceversa, necesitás por lo menos 3 años para empezar a tener ingresos”.

“Por eso -señala- muchos se están mudando ahora a la horticultura, porque en este caso, vos arrancás la viña y al mes podés estar armando tomate o ajo, o papa, o lo que sea de este tipo de cultivos. Hacés caja más rápido y, por ejemplo, el ajo no tiene riesgo de granizo ni de helada, no tiene problemas”, recalca.

“Y en el caso del tomate -agrega- trabajando bajo la figura de Tomate 2000, también tenés un seguro que te cubre el 100% de los costos de producción bajo un formato integral, con contrato, donde ya sabes cuál es el precio que vas a cobrar, y eso te obliga a hacer los deberes, porque te la dan redondita. Entonces, si vos sacás una equis cantidad de kilos por hectárea, te va a ir bien en 4 meses”.

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“Con la ventaja –destaca- de que tenés la protección del seguro. Yo ya sufrí una tormenta de granizo que me cayó a una semana de cosechar tomate y el año pasado, Tomate 2000 me pagó el 100% del costo de producción, recibí 8 millones de pesos por hectárea, que es el costo de producción de una hectárea de tomate terminada”.

Cuando Carlos Dávila recuerda que hace 40 años el Valle de Uco tenía 30.000 hectáreas en producción de manzanas y peras, y hoy señala que apenas quedan 1.600, no se refiere a que solo hubo un cambio de cultivo, sino a que ese golpe terminó con la matriz agroindustrial, que era el motor económico y el sustento de la vida diaria de la región.

“No era solo que teníamos miles de hectáreas de frutales, es que el Valle de Uco tenía un polo industrial, eso que ahora se denomina cadena de valor, algo muy importante. Y hoy, por ejemplo, de las conserveras que había, solo quedó la que era de Alco, que la compró otro inversor. Pero estaba Inca también, que todavía se ve la marca de conservas en los supermercados y que ya no industrializa aquí”.

“Entonces -profundiza- había un agregado de valor, en función no solo de una sólida producción primaria en frutas de pepita y carozo, sino de todo lo que implica el empaque, el frío (frigorífico), el aserradero, porque gran parte de la fruta se comercializaba en envases de madera, por lo que había una industria maderera muy importante”.

Dávila refiere que “en esa época había unos 20 galpones de empaque y hoy quedan a lo sumo cinco galpones, y de la industria del sector maderero, se perdió prácticamente todo”

“Hoy domina la vitivinicultura, que sigue creciendo y ocupa unas 29.000 hectáreas, los frutos secos toman mayor preponderancia y están segundos en cantidad de hectáreas plantadas, y después le sigue el durazno, tanto en fresco como para lata y la cereza, que en algún momento tuvo una importancia superlativa en el Valle de Uco, pero también se perdió por las mismas causas que la fruta de pepita”.

La gran pregunta es qué le pasó a la agroindustria de la manzana y la pera para venirse a pique: “¿Qué nos pasó? En el caso de la manzana y la pera, no se tomó real dimensión del avance tecnológico”, reflexiona Carlos.

“¿Qué quiero decir? Una familia, en ese tiempo, vivía con 5 hectáreas de manzanas con densidades de cantidad de plantas por hectáreas que con el tiempo dejaron de ser competitivas, porque tenían plantas en un espacio de 5 por 5 y hoy se planta 5 por 2, es decir mayor cantidad, más apretado, lo que es sinónimo de mayor productividad, de más kilos por hectárea, de mayor valor que le sacás a la inversión, lo que a su vez te da precocidad empezando a cosechar en menor tiempo y eso te da repago. Bueno, todo ese cambio, aquí no sucedió”.

Para el productor mendocino “ese proceso de innovación no se entendió, el sector de la producción no se supo adecuar y obviamente se empezaron a envejecer los cultivos, porque ya no se podía vivir con cinco hectáreas de manzana. Empezaron a poner menos capital de trabajo, se envejecieron las plantas, no hubo renovación, no hubo paquete tecnológico ni hubo variedades.”

Carlos señala, que muchos de los actores de la actividad en aquellos tiempos recuerdan un viaje que referentes del sector hicieron a California, para tomar contacto con ese avance tecnológico en el centro neurálgico de la agricultura en el mundo, y cuando los profesionales volvieron con las innovaciones, estas no prendieron ni prosperaron en la visión de la actividad.

“Después de esos viajes, más otros viajes de estudio a los que iban productores, ingenieros agrónomos, viajes de intercambio, el conocimiento que se trajo no se logró capitalizar y la realidad pegó duro, a partir de que nadie entendió la innovación”.

“A ese panorama hay que sumarle el resto, es decir, la falta una política de mediano y largo plazo, la macroeconomía, el clima con el granizo, en fin, fueron un montón de causas que hicieron que ese cultivo se fuera abandonando y reemplazando por otro”.

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Fue entonces cuando entraron en escena el durazno y la vitivinicultura de las grandes bodegas y la viticultura de los pequeños productores que comenzaron a plantar viñedos para vender la uva cosechada y no para hacer vino propio.

“Empezaron a reemplazar los cultivos de manzana y peras y se pasaron todos a la viña y el durazno, y se fue dejando de lado la actividad, por ende, toda la cadena de valor se perdió, se perdió el empaque, la mano de obra, la logística, el aserradero y hasta la capacidad frigorífica”.

“Los frigoríficos, que eran para fruta en fresco, como el Frigorífico Tunuyán, que es el más grande que tiene el Valle de Uco, ya no está afectado para frutas, sino que se adaptó para hacer conservación de vinos premium o vinos de guarda, y hoy, puntualmente, tiene sus mayores clientes en la horticultura, que vienen de la papa y del ajo y que guardan sus producciones allí”, explica Dávila.

En aquellos tiempos, como ocurre ahora con otros frutales, Mendoza y el Valle de Uco, contaban con la ventaja que les daba el clima más cálido, respecto del Alto Valle de Río Negro, lo que les permitía cosechar y salir a vender una manzana o una pera temprana o “primicia”, a buenos precios porque en el mercado aún estaban en falta ya que la temporada recién iniciaba y los grandes jugadores aun no entraban.

Sin embargo, cuando todo empezó a cambiar, esa ventaja natural que ofrecía la región ya no fue suficiente y lo que parecía eterno, encontró su fin.

Pero, a veces, aprendiendo del pasado todo vuelve a empezar y para asombro del más incrédulo, la casi desaparecida manzana ha comenzado a tomar un incipiente y muy prematuro envión en el Valle de Uco.

“La gran paradoja, o quizá la enseñanza que nos dejó todo esto -dice Carlos Dávila- es que estamos viendo un volver a empezar, en donde ahora, todos los que tienen plantaciones de manzana tienen rentabilidad, y se está volviendo a plantar, que es lo mismo también que está ocurriendo con la cereza”.

“Creo que lo pasó con el cultivo en los años anteriores tuvo que ver con todo lo que dije y también con una falta de política agrícola en Mendoza a lo largo de los años, porque, uno entiende que el sector privado tiene la gran responsabilidad de marcar un rumbo, pero dentro de un ecosistema o una macroeconomía de políticas que incentiven este tipo de actividades, que por otro lado tienen un gran riesgo en términos de clima y en términos de competitividad”

Dávila ubica esta descripción dentro de lo que él considera “el análisis micro”. Pero luego señala: “Después tenés el análisis macro, que también afectó y mucho”.

Y ahí apunta directamente a la economía argentina y a las decisiones que se tomaron a lo largo de estas décadas. “El análisis macro es el que responde a este péndulo de la economía argentina, de no tener un horizonte como lo ha tenido, por ejemplo, Chile, en términos de estabilidad económica o macroeconómica”.

“Ellos llevaron adelante una apertura muy fuerte hacia el mercado externo y les fue bien, porque la prueba es que hoy tienen más de 150 tratados internacionales de comercio, con países a los que todo el Hemisferio Sur va normalmente a vender, pero donde Chile va con arancel cero, mientras que Argentina siempre tiene que pagar aranceles, en algunos casos hasta dos dígitos”.

“Entonces -afirma Carlos- la macro es esa, es la inestabilidad económica que no garantiza previsibilidad en la consolidación del desarrollo de un mercado externo, que a la vez le dé garantía a la producción”.

“Porque vos podés tener inestabilidad doméstica, pero si tenés consolidado el mercado externo como lo tiene Chile, vendés entre el 80% y el 90% de la fruta que producís al exterior, como lo hacen ellos”.

Dávila sentencia: “Claramente, Chile entendió que el mercado es el mundo y no solo hizo el trabajo de reconversión y de ser competitivo desde cada finca, sino que también el gobierno chileno trabajó bajo la figura de ProChile, por ejemplo, para consolidar esos mercados externos, y para lograr acuerdos que hiciesen más fácil la comercialización de cada uno de los productos que tienen”.

Sin embargo, la llegada de la vitivinicultura al Valle de Uco, permitió no solo que la región siguiera subsistiendo, sino que progresara y despegara, ganando fama mundial por la calidad de sus vinos y conquistando un lugar en el mapa del turismo, el turismo enológico y gastronómico, en donde las bodegas dejaron de ser establecimientos puramente industriales para convertirse en establecimientos turísticos, con una gran demanda de visitantes nacionales y extranjeros, tendencia que luego se replicó en toda la provincia.

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Carlos Dávila recuerda que “eso fue posible por el boom de inversiones extranjeras de la década del 90, donde muchos productores terminaron vendiendo sus tierras a empresas y emprendedores foráneos, que encontraron aquí un montón de ventajas comparativas, sobre todo para la vitivinicultura”.

En ese sentido, recalca que “el ejemplo que siempre traemos a colación es que el primero que encendió la luz y dijo, es por acá, desarrollando la vitivinicultura, fue Salentein, que compró tierra a 500 pesos/dólares por hectárea y hoy valen 30.000 dólares por hectárea, invirtiendo en su momento un capital que no tenía comparación con cualquier región del mundo en la que se hace vino, donde un acre cuesta 150,000 dólares”.

“Entonces, no fue solo un gran negocio, fue todo un descubrimiento tremendo para Salentein y los que le siguieron. Esta firma de capitales holandeses en su momento, fue el primer gran inversor del Valle del Uco y fueron los que entraron con la vitivinicultura en ese formato”.

Dávila rememora que “la gente de Salentein compró la finca con espacios incultos, viñedos viejos, manzanos y perales en producción y le entregaron la cosecha de fruta a un galpón de empaque importante de aquí, del que después se hicieron socios para comercializar la manzana y la pera”.

“De esa sociedad, nació Salentein Fruit, que está en la entrada de Tunuyán, donde terminaron montando un galpón de empaque con todo el paquete tecnológico, con trazabilidad, con todo lo que se te ocurra, con el 100% de la gente en blanco, pero duró solo 10 años, hasta que terminaron indemnizando a todos los empleados y saliéndose del negocio”.

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“Esto -señala Carlos- es una muestra indiscutible de porqué la fruticultura no termina de ser competitiva en esta región, y es así, porque es inviable en las condiciones actuales”.

El crecimiento de la vitivinicultura, como pasa con todo lo que se constituye en un boom, se sobredimensiono por la propia dinámica y cuando el mercado entró en sus ciclos de baja, se empezó a notar que sobraban viñedos. Fue entonces, en los últimos años, cuando los productores se empezaron a deshacer de las vides.

“Con el boom vitivinícola, todo el mundo reconvirtió a viñedos y los que ya tenían viñedos, a la uva Malbec. Los productores vivieron de esa bonanza que duró unos 15 años y cuando decayó, los 10.000 a 12.000 kg por hectáreas que producían no eran viables, por lo que terminaron arrancando el Malbec y mudándose a los nogales, a la horticultura y al durazno, y ahora también, nuevamente a la manzana, porque es rentable”, concluyó Dávila.

Etiquetas: ajocarlos davilamanzanasreconversiontomate 2000tunuyánValle de Ucovitivinicultura
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