A metros de Laguna Naineck, en pleno polo bananero formoseño, Derlis Sánchez cuida su lote como lo hace desde hace años, cubriendo los racimos o “cachos” con bolsas azules para protegerlos del frío, mientras espera que el mercado le devuelva algún día la rentabilidad que la actividad perdió hace tiempo.
Tiene apenas 30 años, es hijo de productores y, a diferencia de buena parte de sus contemporáneos, decidió quedarse en el campo en lugar de irse a probar suerte a la ciudad. También a contramano de lo que sucede en la región, no piensa, por ahora, voltear los árboles de bananas.
El cuidado frente a las heladas es una de las tareas centrales del cultivo. Las bolsas que envuelven los racimos cumplen la función precisa de evitar que el frío queme la fruta y la vuelva inservible. “Prácticamente le quema y ya no sirve el cacho, ya no se quiere”, explica Derlis sobre lo que ocurre cuando una planta queda expuesta a las bajas temperaturas sin protección.
El productor describe también el ciclo de la planta, que se maneja por generaciones sucesivas. Mientras la planta madre da la fruta que se cosecha, se deja crecer a uno de sus “hijos” para que sea el que produzca al año siguiente. La madre se corta recién pasado el frío, generalmente en septiembre, y a partir de ahí todo el trabajo se concentra en el rebrote elegido.
Además de banana, Derlis sostiene la chacra familiar con mango, mandioca y un poco de porotos. A los 30 años es joven para el promedio de productores de la zona, donde muchos son de mayor edad y, según cuenta, buena parte de los más jóvenes optan por dejar el campo. Su caso es distinto: “Me gustó, y por esa razón lo que quiero es seguir con esto”, resume sobre su decisión de quedarse.
Esa continuidad tiene, además, una lectura sobre el recambio generacional que él mismo hace, ya que cree que en algún momento los productores mayores van a dejar la actividad y que ahí “va a valer otra vez esto”, en referencia a una eventual recuperación del negocio. Mientras tanto, asegura que ser joven le da la energía necesaria para afrontar solo todas las labores culturales que exige el cultivo, desde la poda hasta el cuidado diario de las plantas.
Ese punto es clave para entender cómo sobrevive con los números actuales de la banana. Consultado sobre qué pasaría si tuviera que pagarle a alguien para hacer ese trabajo, es categórico: no le darían los números, porque el precio no permite afrontar el costo de un empleado. Al trabajar la tierra él mismo, la ecuación cambia. “Como vamos, así”, resume, en referencia a que la producción le permite, al menos, sostenerse.
Mirá la entrevista completa con Derlis Sánchez:
La esperanza de que la banana formoseña recupere valor no es un dato menor en su relato. Derlis confía en que los grandes centros urbanos del país empiecen a demandar más banana nacional y que eso empuje el precio hacia arriba, en un escenario en el que también el clima tendría que acompañar. Es una expectativa que sostiene incluso viendo que otros productores, muchos de mayor edad, van abandonando la actividad.
A la hora de definir por qué eligió quedarse en el campo en lugar de migrar, Derlis menciona dos razones que se entrelazan: el vínculo familiar con la tierra, heredado de su abuelo y su padre, y una búsqueda personal de autonomía. No quiso, dice, ser “esclavo de nadie”. Prefirió ser su propio patrón y empleado a la vez.
Sobre el producto en sí, Derlis no duda: la banana formoseña es “más rica” que la que llega de otras provincias o de países limítrofes. Reconoce que puede ser más chica, pero destaca que es más natural, casi orgánica, con una fertilización mínima a base de urea aplicada directamente en la raíz con una pala. Para él, esa combinación de sabor y producción artesanal es parte de lo que hay que preservar mientras la actividad atraviesa uno de sus momentos más difíciles.




