El empresario frigorífico entrerriano Emilio Reula, socio gerente del frigorífico La Esperanza de General Ramírez, asumió la presidencia de CICER, la cámara que nuclea a los frigoríficos de Entre Ríos.
La Esperanza es sus inicios faenaba sólo vacunos, pero con los cambios que se dieron en la oferta de hacienda y en el consumo se volcó también a la producción de carne de cerdos. Actualmente, faena entre 1.500 y 1.600 bovinos por mes, y entre 7.500 y 8.000 capones.
Como presidente de CICER, Reula se centró en la situación actual del mercado de carnes. Desde su perspectiva, el negocio atraviesa dos realidades diferentes entre bovinos y porcinos, aunque ambas tienen un denominador común: la capacidad de compra de los consumidores.
“Para nosotros, que hacemos las dos especies, vivimos dos realidades en un mismo contexto”, explicó.
Respecto de la carne vacuna, consideró que los fuertes aumentos registrados entre febrero y marzo tuvieron consecuencias directas sobre el consumo. “A raíz de estas actualizaciones de precios que tuvo sobre febrero y marzo, retrajo más aún todavía el consumo porque el asalariado, que es el mayor consumidor, dejó de consumir lo que venía de carne vacuna y se pasó a las carnes alternativas”.

Sin embargo, Reula sostuvo que esas carnes alternativas ya dejaron de ser consideradas como tales. Para el dirigente, “la explicación es sencilla: la preferencia del consumidor está en la carne vacuna, pero lo que manda es el bolsillo, el poder adquisitivo de la gente”.
Al analizar las perspectivas del sector, Reula marcó una diferencia entre las plantas orientadas al mercado interno y las exportadoras. Consideró que las perspectivas para la exportación son positivas, pero advirtió que si eso lleva a un mayor valor de la hacienda, también puede generar efectos negativos sobre el consumo doméstico.
Otro de los puntos centrales de su análisis fue el crecimiento de la informalidad en momentos de crisis económica. Según explicó, cuando los precios de la carne aumentan bruscamente y el consumo se retrae, el fenómeno se vuelve más visible, especialmente en los segmentos vinculados al abastecimiento del mercado interno.
“Cuando la hacienda, y la carne, tiene saltos bruscos como los que hubo a inicios de año, lamentablemente la informalidad crece los operadores del negocio y el consumo no pueden avalar esos incrementos”, sostuvo.
Consultado sobre posibles medidas para mejorar la competitividad y reducir la informalidad, Reula dijo que no cree que herramientas específicas como el monotributo carnicero sean suficientes. A su entender, el problema es más profundo y requiere una coordinación entre los distintos niveles del Estado. “Me parece que es un poco más estructural. Debería haber una sintonía entre municipio, provincia y Nación para poder bajar la parte tributaria”, sostuvo.
El dirigente remarcó especialmente el peso acumulativo de Ingresos Brutos a lo largo de toda la cadena cárnica. Explicó que el impuesto se aplica en cada eslabón —productores, intermediarios, frigoríficos y comercios— y termina incorporándose al costo final de los productos.

“Toda la cadena lo carga como parte del costo”, explicó. Y agregó que muchas veces la carga tributaria supera incluso la rentabilidad de los negocios. “Si un comercio paga 5 o 6% de Ingresos Brutos y las ventas tienden a la baja, no hay forma de que puedan salir adelante”.
Además, recordó que a los impuestos nacionales y provinciales se suman las tasas municipales. “Después viene el municipio y dice: ‘Yo también necesito plata’. Y así vamos por la vida agregando costos”, resumió.
Desde la presidencia de CICER, Reula deja planteada una preocupación central para la cadena cárnica entrerriana: mientras el consumo continúa condicionado por los salarios y el poder adquisitivo, cualquier mejora de precios en la producción debe convivir con una demanda cada vez más limitada y una estructura tributaria que, según advierte, sigue restando competitividad al sector.




