Pablo Méndez convirtió a “Owe”, un establecimiento propio, en una referencia de la cerveza artesanal neuquina mucho antes del boom de las cervecerías artesanales. Ahora apuesta por una chacra en Aluminé donde combina lavanda, orégano, gin, mieles monoflorales, tulipanes y hasta turismo de experiencias.
Mucho antes de que la cerveza artesanal se pusiera de moda, cuando abrir un brew pub sobre la costa del río Limay parecía una apuesta casi temeraria, Pablo Méndez ya estaba convencido de que había un mercado para propuestas diferentes.
Licenciado en Tecnología de los Alimentos, nacido en Aluminé hace 51 años, comenzó a elaborar cerveza cuando todavía estudiaba en la universidad y ni siquiera existía internet como herramienta cotidiana para buscar recetas o procesos.

“Empecé haciendo cerveza en mi casa. Después llevamos esa experiencia a la universidad, armamos un proyecto de extensión para enseñar a hacer cerveza y hasta una planta piloto. Pero cuando me recibí sentí que la universidad tenía otros tiempos y decidí dedicarme de lleno al proyecto privado”, recuerda.
Ese proyecto terminó siendo Owe, una de las primeras cervecerías artesanales de Neuquén y una marca que, después de más de dos décadas, sigue vigente mientras muchas otras desaparecieron.
“Nunca buscamos ganar concursos. Nuestro objetivo era que cada vez que alguien volviera a probar una cerveza encontrara el mismo sabor que recordaba. La estabilidad fue siempre nuestro mayor valor”, explica.

Esa constancia permitió que Owe atravesara modas, crisis y la explosión de las cervecerías artesanales que, entre 2015 y 2017, multiplicó la oferta en todo el país. “Hoy quedan muy pocas fábricas con más de veinte años. Nosotros vamos a cumplir 22. Eso nos dio un reconocimiento enorme entre los cerveceros”, asegura Pablo.
Cuando el negocio alcanzó cierta estabilidad, el espíritu inquieto de este emprendedor empezó a coquetear con la idea de volver al campo.
Aunque vive en Plottier y trabaja diariamente en Neuquén, Méndez nunca dejó de sentirse de Aluminé. “Nunca cambié el domicilio de mi documento. Hace 51 años sigue diciendo Aluminé”, cuenta entre risas.
Ese eterno vínculo terminó convirtiéndose en una chacra donde hoy produce lavanda, orégano, tulipanes y desarrolla un proyecto apícola que comenzó a escala comercial hace apenas dos años.

Con parte de la lavanda que produce también impulsó un nuevo producto que fue el Gin “Yunta” porque “la chacra está en la junta del río Ruca Choroy con el río Aluminé, a dos kilómetros del pueblo”, comenta.
La historia con las abejas, en realidad, venía desde mucho antes. “Con mi papá teníamos colmenas cuando yo tenía 16 o 17 años. En aquella época estaban en pleno pueblo y era bastante divertido para nosotros, aunque no tanto para los vecinos”, recuerda.
Durante años fue una actividad casi recreativa. Recién cuando los demás proyectos comenzaron a consolidarse decidió apostar en serio. “Siempre tuvimos una o dos colmenas, pero hace dos años incorporamos cincuenta y ahora queremos seguir creciendo”, cuenta.

La idea no es producir más cantidad sino ofrecer un producto diferente. El objetivo es obtener mieles monoflorales, especialmente de lavanda, un producto de nicho que exige un manejo mucho más preciso de las colmenas y de las floraciones.
“La miel monofloral tiene que certificarse. No alcanza con decir que es de lavanda. Hay que demostrar que tiene el porcentaje de polen necesario. Eso implica manejar los tiempos de cosecha y acompañar todo el proceso”, detalla.
Para lograrlo, la chacra también está creciendo en superficie cultivada. “Este año vamos a incorporar unas 500 plantas nuevas de lavanda. Mi mamá produce los plantines y apenas tienen raíces los llevo al campo”, cuenta Pablo.

La apuesta apunta a un mercado gourmet y asegura: “No queremos ser el frasco de plástico sin etiqueta que se vende al costado de la ruta. Queremos ser un frasco de vidrio, con una marca reconocida y un producto bien específico”.
La diversificación no termina ahí. Con la misma lavanda y el orégano comenzaron a desarrollar aceites esenciales, mientras que el enebro cultivado en la chacra alimenta otra producción: un gin artesanal.
Todo forma parte de un mismo concepto. “No siento que esté inventando algo totalmente nuevo. Voy mirando lo que hacen otros y trato de adaptarlo a nuestro proyecto. Lo importante es ir construyendo un camino propio”, remarca.

Ese camino también incluye turismo rural. Frente al río, a apenas a dos kilómetros de Aluminé, Méndez construye pequeñas cabañas tipo tiny house para ofrecer experiencias vinculadas con la producción.
“La idea es que quien venga pueda cosechar miel, conocer la lavanda, recorrer la chacra y vivir toda esa experiencia”, asegura.
Más allá de su propio emprendimiento, Méndez también trabaja junto a otros productores para darle mayor identidad a la producción apícola de la zona. Además de desarrollar su propia producción, Méndez impulsa junto a Sebastián y Gustavo, de “Aluminé Honey”, una iniciativa para fortalecer la identidad de la apicultura local. A través de la plataforma “Mieles de Aluminé”, buscan reunir únicamente a productores que acrediten el origen de sus colmenas y comenzar a construir una marca territorial que ponga en valor la calidad de la miel de la localidad, como un paso previo a una eventual Denominación de Origen.
Su propuesta es fortalecer el nombre de Aluminé como origen de mieles de calidad y diferenciar a quienes realmente producen allí. “La miel de Aluminé tiene un valor enorme que todavía no estamos aprovechando”, reflexiona este productor que asegura que le encanta el campo que agrega valor, y prueba cosas nuevas encontrando oportunidades donde otros todavía no las ven.





