El padre de uno de sus amigos llevó una noche una botella de Baileys a la mesa. Lucas Piza y Martín Paterno estaban más acostumbrados a tomar cerveza o fernet, pero probaron aquel licor de crema y les encantó.
En la reunión siguiente quisieron repetir la experiencia. Fueron a buscar otra botella y se encontraron con un problema bastante concreto: para ellos y sus pobres ingresos costaba una fortuna.
Entonces hicieron lo que podría hacer cualquier grupo de pibes con más entusiasmo que recursos: se propusieron copiarlo.

-¿Y si podemos fabricar nosotros un Baileys casero?- se preguntaron.
El desafío comenzó casi como un juego entre amigos durante la pandemia. Pero el juego se extendió durante dos años, acumuló innumerables errores y experiencias, y terminó convirtiéndose en una empresa que hoy fabrica licores en San Juan y genera empleo local y hasta algunos productos con identidad propia.
Lucas Piza rememoró aquella historia fundaciones durante una recorrida de Bichos de Campo por el stand sanjuanino en la Exposición Rural de Palermo.
Mirá la entrevista:
Los dos amigos eran oriundos de Buenos Aires y no tenían dinero para comprar las máquinas que necesitaban para reproducir industrialmente aquel tipo de bebida. Por eso comenzaron a trabajar de manera artesanal y en sus propias casas.
El problema no era solamente encontrar un sabor parecido. También debían lograr que dos componentes difíciles de combinar, como el whisky y una base láctea, permanecieran unidos y conservaran sus características durante un período prolongado. Es esa la gran virtud que tiene el Baileys.
En la internet aparecen varias recetas para preparar ese tradicional licor, pero eso no garantiza el éxito. Lleva 200 gramos de leche condensada, 250 mililitros de nata o crema de leche, 150 de whisky, 1 cucharada de café instantáneo, otra de cacao en polvo y esencia de vainilla.

“Uno lo puede hacer en su casa de forma casera, pero dura dos o tres días. Nosotros adaptamos una receta que prolonga la vida útil durante nueve o doce meses”, explicó Lucas.
Los primeros intentos fueron fallidos. Y también los siguientes.
“Al principio fue todo error. Fueron dos años de puro error, de seguir intentando. Pero cada vez lo íbamos perfeccionando a nuestro estilo”, recordó.
En ese proceso fueron encontrando personas que los orientaron. Una de ellas fue una enóloga de San Juan, a quien visitaron varias veces para mostrarle sus avances y pedirle ayuda con la formulación.

Cuando finalmente consiguieron una bebida equilibrada, aquella mujer les planteó una condición inesperada: “Ahora que el producto sea sanjuanino, que no sea porteño y se lo lleven de vuelta”, les dijo.
Para entonces Lucas y Martín ya habían viajado varias veces a San Juan y se habían encariñado con la provincia. Decidieron aceptar la propuesta, alquilaron una casa pequeña y comenzaron a elaborar allí las primeras botellas de Leblin Cream. Al principio vendían de manera particular y en envases de apenas 250 mililitros. Pero el producto comenzó a circular, se hizo conocido y los consumidores empezaron a buscarlo en las vinotecas.

El problema fue que las vinotecas todavía no lo tenían. “La gente lo buscaba y nosotros todavía no estábamos allí. Entonces nos llamaban y nos decían: ‘Mirá, traéme más botellas'”, relató Lucas.
La producción comenzó a crecer y aparecieron nuevas presentaciones, hasta llegar a las botellas de 750 mililitros. Después fueron los propios consumidores quienes empezaron a pedirles que ampliaran la variedad de sabores.
Sobre la misma base cremosa desarrollaron versiones con chocolate y coco, entre otras alternativas. Actualmente, según Lucas, alrededor del 80% de las materias primas utilizadas por la empresa proviene de San Juan.
La incorporación más reciente fue el pistacho, un cultivo que arrancó en dicha provincia y que atraviesa un fuerte crecimiento productivo y comercial. Pero convertir el fruto seco en un licor tampoco resultó sencillo. Los emprendedores debieron encontrar la forma de llevar el pistacho desde su estado sólido hasta una preparación que pudiera integrarse de manera homogénea con la bebida.
“Empezamos a trabajar el pistacho de San Juan como pasta. Lo llevamos a pasta y después la incorporamos al licor. Fue un proceso bastante complicado”, confesó el joven.

Aunque ya dejaron atrás las primeras pruebas caseras, Lucas y Martín no abandonaron aquella costumbre de experimentar. Dentro de la fábrica armaron una especie de pequeño laboratorio en el que prueban permanentemente nuevas combinaciones. Calculan que ya ensayaron más de cien sabores. Algunos funcionaron y llegaron al mercado. Otros, como maracuyá o melón, todavía permanecen en etapa de desarrollo.
“Hasta que no quede como nosotros queremos, no lo lanzamos”, aseguró Lucas.
Aquello que comenzó como un intento de fabricar una bebida para ellos mismos hoy abastece mercados de San Juan, Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. La empresa cuenta con personal, una red de proveedores y vendedores que recorren diferentes provincias. También participa en ferias y exposiciones con el acompañamiento del Ministerio de Producción sanjuanino, que les facilita espacios para mostrar sus productos. Según Lucas, los ingresos generados vuelven a invertirse en la provincia mediante la contratación de trabajadores y la compra de materias primas.

El crecimiento no consiguió quitarles del todo el espíritu del comienzo. A pesar de haberse convertido en empresarios, todavía se reúnen, prueban ingredientes y se preguntan qué otra bebida podrían fabricar. Ahora están trabajando en una nueva línea de vodka. “Seguimos incorporando cosas. Lo hacemos con pasión porque nos gusta mucho”, resumió Lucas.
Los pibes que durante la pandemia jugaron a imitar una botella de Baileys que no podían pagar siguen jugando. La diferencia es que ahora tienen una fábrica, empleados, clientes en buena parte del país y una bebida que ya no pretende copiar a nadie: quiere representar a San Juan.





