El escenario que se abre para el agro con el nuevo gobierno de Lula: Entre no tocar el núcleo del modelo brasileño y atender a las urgencias del sector
En los últimos 25 años, el agro brasileño “goleó” al argentino. Desde una situación de “empate técnico” en los 2000, cuando ambos sectores producían la misma cantidad de granos, el país vecino llegó a sacar una ventaja de 12 cosechas récord argentinas, más de 470 millones de dólares de diferencia.
En 17 de esos 25 años el gobierno estuvo en manos del Partido de los Trabajadores (PT), con tres períodos de Lula da Silva y uno y medio de Dilma Rousself. El último domingo, las urnas decidieron que será uno más del líder de centroizquierda, contra la voluntad de gran parte del agro, que había apoyado abiertamente a Bolsonaro incluso desde su frente parlamentario.
A kilómetros de distancia de lo que ocurre en Argentina, más allá de los resultados el sector sabe que hay aspectos centrales de la política agropecuaria “intocables”. El campo brasileño ya sabe cómo trabajar con Lula en el poder pero, de cara a los próximos 4 años, se abren nuevos interrogantes: el crédito, la morosidad, la logística y las normativas ambientales, los puntos sensibles sobre los que deberá trabajar el gobierno y el agro.

Generalmente, Argentina cree encontrar en Brasil un espejo donde mirarse y proyectar a futuro. El “boom” agrícola y las similitudes con la estructura económica local aportan elementos útiles, pero lo cierto es que estructuralmente hay una distancia casi insalvable entre ambos países.
Sobre ello se detiene el politólogo brasileño Daniel Vargas, quien, consultado por Bichos de Campo analizó los elementos que el agro carioca no puso en juego en las últimas elecciones, los que sí, y las razones por las cuales, muy en el fondo, si era Lula o Bolsonaro no cambiaría drásticamente el modelo productivo que llevó al sector a lo más alto del continente y del mundo.
No son los suelos, ni el clima, ni la genética. La primera gran diferencia la marca lo político, asegura Vargas. Con legisladores de distintos partidos, incluso de izquierda y de derecha, el agro cuenta con un frente parlamentario que, luego de las últimas elecciones, reúne a 330 de 514 diputados y a 60 de 81 senadores.
Un 60% del Congreso legisla a favor de las políticas agropecuarias y la tendencia sobrevive a los gobiernos. De hecho, Brasil no tuvo, desde la Constitución de 1988 en adelante, ningún presidente que fuera exclusivo del agro. “Por eso negocia con cualquier presidente, y no será diferente en el nuevo gobierno de Lula”, afirmó Vargas.

En el largo camino que permitió al sector quintuplicar su producción y sobrepasar a Argentina, el aporte fundamental fue el de las políticas para el sector. Y gran parte de ellas, señala el politólogo brasileño, sobreviven a las urnas.
“Hay un núcleo del modelo brasileño que nadie discutió en la campaña”, explicó Vargas. Entre sus elementos centrales están las retenciones cero: Brasil no cobró nunca, ni proyecta hacerlo, ese impuesto distorsivo a la producción, que aquí lleva más de dos décadas ininterrumpidas de vigencia.
Pero no sólo no retuvieron parte de lo producido, sino que, además, los sucesivos gobiernos invirtieron en un programa clave, el Crédito Rural. Se trata de un plan de financiamiento ya contemplado en el presupuesto anual, mediante el cual el Estado subsidia parte de las tasas y vuelca importantes recursos.
De cara al año próximo, señaló el especialista brasileño, los fondos escalan a los 525.000 millones de reales, casi 100 millones de dólares. “En promedio, el programa recibió subsidios por 3.000 millones de dólares, es decir que los productores brasileños cobran como subsidio más de la mitad de lo que acá se recauda por retenciones”, explicó por su parte el economista Iván Ordóñez, que acaba de publicar un trabajo específico al respecto.
La contienda entre rojos y azules tampoco alcanzó a los socios comerciales. Aunque es innegable la cercanía de Bolsonaro con Estados Unidos -a donde incluso se refugiaría en las próximas horas- Vargas asegura que “nadie propuso tampoco pelearse con China, que compra en Brasil casi tres de cada cuatro toneladas de soja que importa”.
En donde sí hubo ciertas diferencias era respecto al posicionamiento europeo, otro mercado central para Brasil donde, de hecho, ha afrontado recientemente límites para el ingreso de su carne fruto de las normativas de sanidad. El interrogante rodea sobre todo a la normativa antideforestación próxima a entrar en vigencia, con la cual Lula expresa mayor alineamiento.
“Lula promete deforestación neta cero para 2030 e insiste en recuperar hasta 40 millones de hectáreas de pasturas degradadas en los próximos 10 años, casi la mitad de lo que Brasil siembra hoy con granos”, explicó Vargas. Las exigencias del Viejo Continente también se expresan en sus proyectos para avanzar con la trazabilidad individual del ganado.

Este último, de hecho, fue un factor de discordia entre el agro y el líder del PT, a quien lo señalan por adscribir a muchas de esas exigencias sin tener en cuenta las características de su producción local. En eso marcaba cierta distancia Flávio Bolsonaro quien, sin negar abiertamente la agenda ambiental, impulsaba la idea de leer la normativa europea desde una perspectiva “carioca”.
“El sector siente que el gobierno de Lula lo mira con desconfianza, más como un problema ambiental que como motor económico”, afirma el politólogo, que asegura que ese será uno de los ejes sobre el que tendrá que trabajar el presidente durante su cuarto mandato.
La problemática en torno a la toma de tierras y los conflictos con los pueblos indígenas, que el Partido de los Trabajadores resolvió eficazmente hace 2 décadas, vuelve a estar también en agenda.

En las zonas de producción de granos, el voto para el líder de derecha fue contundente: 66% en la región del Mato Grosso, el mayor productor de soja del país, y 63% en Paraná. La bancada agropecuaria del Congreso también lo apoyó formalmente.
Más allá del posicionamiento ideológico del sector, también hubo una importante razón económica detrás de ese apoyo: la morosidad. “La deuda del productor creció más o menos al ritmo de sus ingresos, pero la tasa que paga se duplicó en cuatro años, de 6% a 12%”, afirma el politólogo brasileño. Según el Banco Central, uno de cada 10 reales prestados a productores está hoy en mora, el nivel más alto de la serie.
Y aunque Lula no esquivó el tema en campaña, prometiendo tasas más bajas y más crédito privado, no dio demasiadas precisiones. Con una tasa de interés de 13,75%, no hay demasiado margen en el Tesoro.
Con ese panorama, el agro inexorablemente veía en Bolsonaro una mejor alternativa. “Si el problema es el costo del dinero, la salida pasa por la confianza en las cuentas públicas, y el mercado leyó que con Flávio el riesgo bajaba”, observó Vargas. Y así lo confirmaron las tendencias: después de la primera vuelta, el dólar cayó a cinco reales, y tras el triunfo de Lula el cimbronazo en el mercado fue notorio.
En la lista de prioridades, el agro brasileño también agrega dos puntos extra. Uno de ellos es el de los seguros agrícolas, en franca retracción durante los últimos años, justo cuando el clima cerca aún más a la producción. “Hoy cubre apenas 3% del área sembrada, contra 16% en 2021”, puntualizó el especialista.
Y queda la logística. Brasil cosecha más de 350 millones de toneladas de granos pero tiene capacidad para almacenar 222 millones, “por lo que falta lugar para más de un tercio de sus granos y eso obliga al productor a vender apurado, cuando el precio es peor”, observó Vargas.
Luego de imponerse en las urnas, Lula prometió profundizar el modelo y apuntó particularmente a la militancia digital. El sector también le recuerda que tiene mucho por profundizar en el agro.




