La Escherichia coli es la bacteria detrás del Síndrome Urémico Hemolítico, la primera causa de insuficiencia renal aguda pediátrica en el país y la segunda de insuficiencia renal crónica. Con unos 500 casos al año en Argentina, esa enfermedad es particularmente grave para los niños.
Aunque su principal fuente de contagio suele ser la carne, lo cierto es que puede estar también presente en otros alimentos y en el agua. Y eso se debe a que la bacteria no infecta a la vaca, sino que ésta la expulsa a través de sus heces y es a partir de allí que, sea en la industria o a posteriori, puede dispersarse en los alimentos.
Justamente, el objetivo que se propuso un grupo de especialistas del INTA y el Conicet fue tratar el problema desde su comienzo y disminuir la carga de Escherichia coli en bovinos. Su desarrollo derivó en una molécula que ya obtuvo “resultados preliminares alentadores” y, para evitar el histórico problema de adopción de estas vacunas, será incluída en otras inoculaciones.

“El principal objetivo era generar anticuerpos que bloqueen el mecanismo de virulencia de esta bacteria para evitar que colonice el intestino de la vaca y que los bovinos dejen de contaminar el ambiente y alimentos”, explicó Mariano Larzábal, investigador del Instituto de Agrobiotecnología y Biología Molecular (INTA-Conicet). Junto a ellos también trabajaron representantes del Instituto de Patobiología Veterinaria (IPVET).
El trabajo les llevó más de una década de investigación y, si recién ahora se conoce, es porque obtuvieron lo que buscaban: el equipo identificó dos proteínas clave que pueden funcionar como blancos eficaces para evitar esa en el sistema digestivo, y en sus experimentos demostraron que podían combatirlas con anticuerpos específicos.

Ya se desarrollaron muchas vacunas a nivel global para combatir este problema. Pero, como la Escherichia coli no afecta al ganado, sino que contamina a otros alimentos a posteriori, generalmente su adopción es muy limitada.
“Uno de los desafíos históricos de las vacunas anti-EHEC ha sido convencer al sector ganadero de su utilidad, ya que vacunar implica un costo sin beneficio directo visible para el productor”, explicaron los investigadores que, conscientes de eso, intentaron una vía alternativa.
Tras fusionar ambas proteínas en una única molécula artificial, destinada a generar anticuerpos en los bovinos, no crearon una vacuna propia, sino que encontraron la forma de incluirla en otra que ya se aplique en el sector. Así el productor no tendría que comprar ni aplicar una vacuna completamente nueva.
El desarrollo ya superó las etapas de laboratorio y modelos animales pequeños. Por el momento, aseguran que “los resultados preliminares son alentadores” y se espera que en la siguiente etapa se pueda probar en animales a campo.




