Ya es de noche y hace frío en Open Door, pero se sigue cargando una camioneta con dulce de leche para repartir al día siguiente. Desde la ruta 197 sale un camino de ripio sinuoso lleva a la que fuera la planta de La Salamandra, donde hoy se levanta una pyme que tiene otra realidad y una mirada clara sobre la demanda: Milagros del Sol.
Las instalaciones de aquella empresa conocida por su tradición dulcera, creada por la familia González Fraga, que pasó por manos incluso de Cristóbal López y terminó siendo una cooperativa con poco futuro, hoy se transformaron en la sede en una firma pujante que apunta a la demanda del turismo y la exportación, con un abanico de productos diversos.

El que está ahí hasta última hora, y que todos los días llega a las 5 de la mañana, es Javier Semino, que no sólo es el dueño sino el que está dispuesto a meterse en la línea de producción, en la distribución, o simplemente entre sus trabajadores para ayudarlos.
Nacido en Goldney y radicado desde sus 29 años en Mercedes, recuerda que su vida estuvo siempre ligada al campo. Primero como contratista rural junto a su padre y su hermano, pero también haciendo de transportista cuando compraba fardos de alfalfa en Santiago del Estero para alimentar a caballos de polo de exportación.

Luego con un tambo propio, comenzó un aprendizaje que lo terminó llevando a ser ahora un industrial. “Nunca vendí un litro de leche, siempre compré y le di valor agregado”, dice al explicar cómo decidió alquilar la planta y ponerla en marcha con su propia marca. Ella fue bautizada con el nombre de sus dos hijas, Milagros del Sol, gracias a la idea que un sobrino le dio en un almuerzo de domingo.
Fue un amigo el que le sugirió comprar la planta, en la que ya había tenido algunas experiencias de producción a fasón con la leche de su tambo. Cuando llegó, la fábrica estaba prácticamente paralizada, con apenas cuatro mil litros semanales y sin papeles en regla. Semino aportó leche, comenzó a producir quesos y aprendió a elaborar dulce de leche. Una de sus especialidades fue la producción de queso llanero con marca propia, aunque también lo hace para terceros. Se trata de aquel semiduro consumido por la comunidad venezolana, que hoy tiene una demanda remarcable.

Los primeros pasos fueron rudimentarios, con envases de cartón y sin etiquetas, hasta que la producción se consolidó y la empresa empezó a ganar premios en los concursos nacionales más importantes de quesos y dulces. Hoy es la principal compradora de esos envases de medio kilo para las 15 variedades que fabrica de dulce de leche, uno de los productos más consumidos en el país.
“A mí me encanta lo que hago, soy un apasionado”, reconoce Semino, que asegura estar siempre dispuesto a aprender, trabajar e innovar.
El trabajo cotidiano se sostiene con un grupo de empleados, donde se destacan las mujeres, con la presencia constante de Semino y su familia. Su hija contadora lleva los papeles, la otra que es profesora de Educación Física, que tuvo su trayecto por Nueva Zelandia e Italia y volvió al país para ayudar a su papá con tareas de coordinación en la planta. Incluso aporta en la terminación de envasado y etiquetado, que hace muy poco se empezó a automatizar. Para Javier, esa planta también “le devolvió a una hija”.
Cada jornada comienza con la caldera encendida a leña, consumiendo un camión semanal de treinta mil kilos. Así llegan hasta la tarde, elaborando dulce de leche en todas las variedades, con 15 sabores, pero también los clásicos familiar y repostero. Parte de lo generado se destina a envases de vidrio, de un cuarto o de 30 gramos. Producen para terceros, pero los saborizados son sólo propios, habiendo aprendido él mismo la receta del dulcero histórico de la planta.
Con esos dulces de leche ahora también lanzaron una línea de alfajores, y lo próximo que estará en el mercado será un dulce con sabor a pico dulce, pensando en los más pequeños del consumo.
“Acá lo hacemos a pulmón, no es para ser millonario, es para trabajar y darte el gusto de hacer”, sostiene Semino, que celebra poder compartir el esfuerzo de cada día con sus hijas. “Como yo sé cómo se hace todo, puedo mandar, puedo explicar qué es lo que quiero para cada producto”, dice.
La empresa vende sus productos desde Misiones hasta Ushuaia, con un gran foco en la ciudad de Buenos Aires, a través de una cadena orientada al turismo en La Boca, San Telmo y la calle Florida. También cuenta con un local propio en Mercedes, con precios competitivos y una demanda consolidada.
A la producción de diez mil kilos diarios de dulce de leche se suman tres mil kilos de queso por día, con variedades como el cremoso, en barra, gouda, ricota y hasta boconccinos, todo esto obtenido codo a codo con el maestro Elvio, que también es su amigo.

Claro que la historia de Milagros del Sol también está marcada por la resiliencia personal. Semino recuerda que al poco tiempo de arrancar se le rompió la caldera y pasó meses pagando sin poder producir, pero siguió adelante. Habla de sus empleados como amigos, de los más jóvenes como hijos y de la importancia de estar presente en la empresa. “Si vos no estás, no funciona”, asegura.
Su charla mezcla anécdotas familiares, como la imagen de su madre y su padre junto a él, hecha con inteligencia artificial que le hicieron sus hijas de regalo, que lo emociona y lo motiva a seguir produciendo.

“Para mí es una satisfacción enorme dar trabajo a la gente”, afirma. Incluso cuenta cómo incentiva a los adolescentes a estudiar, ofreciéndoles trabajo a cambio de buenas calificaciones, convencido que el esfuerzo abre la mente y enseña responsabilidades, llegando incluso a sacar de la calle o de adicciones a varios de esos chicos que hoy tienen un futuro.
“Hay que hablar con la gente todos los días, tratarlos como hijos”, explica, convencido de que la empresa es también un espacio de contención. Algo de eso también se ve en la relación con su esposa, una maestra jardinera ya jubilada, que sigue dedicándose al cuidando niños, simplemente “por su vocación”.
Semino tiene una idea muy clara de su negocio, y aunque padeció momentos de condicionamientos políticas, es consciente también de que el crecimiento de la empresa requiere también de gestiones y habilitaciones. El objetivo inmediato es lograr la habilitación de Senasa para exportar, porque ya tiene pedidos de Brasil, Estados Unidos e Israel.
“Mi sueño es invitar a todas las autoridades de la ciudad, de la provincia, de la Nación, cuando salga la primera exportación, que estén presentes y acompañen. Poder decir que un croto como yo pudo exportar al mundo”, confiesa entre risas, destacando que sólo tiene un título secundario, al que logró por la exigencia de su madre.
La historia de Milagros del Sol es la de una fábrica que renació gracias a la tenacidad de su dueño, que supo transformar la adversidad en oportunidad.
Recientemente participaron de la feria Caminos y Sabores, donde ofrecieron todos sus productos, algunos de los cuales ganaron alguna vez en Cañuelas, Tandil, Suipacha, y en Todo Láctea. Aún así, su fundador sabe que el verdadero premio está en todo lo recorrido y en la elección de la gente.





