Juan Elizalde es uno de los principales expertos en nutrición animal y planteos bovinos de la Argentina, profesor invitado en varias cátedras universitarias y una de las figuras que hace más de 25 años empujó la masificación del engorde a corral en el país.
Y desde ese lugar de pionero del feedlot, hoy sostiene algo que suena paradójico, que es que el gran problema de la ganadería argentina no es el corral, sino que se invierte muy poco en pasturas, que son las que de verdad sostienen al rodeo nacional.
“Hace ya más de 25 años, cuando vine a Estados Unidos, fue un poco el arranque del feedlot en campos de productores, porque cuando yo vine, eran propios de la hotelería y de la cámara de feedlot. Los productores no querían engordar en el campo porque tenían miedo que el animal se empache”, recuerda.
En esos comienzos, cuenta, lo miraban de reojo cuando aconsejaba darle diez kilos de maíz a un novillo. Con el tiempo, el grano entero y algunos subproductos como el afrechillo de trigo o el pellet de girasol fueron el puntapié de un modelo que hoy es moneda corriente en buena parte de los campos productores del país.
Ese cambio de modelo, dice Elizalde, transformó por completo la ganadería argentina. “A raíz de la aparición del feedlot, todos los campos que eran pastoriles se fueron pasando a un nuevo modelo ganadero, que es incorporar el encierre. Hoy yo calculo que el 70% de los novillos pesados que se hacen en Argentina están terminados a corral. Un 25% está terminado con pasto más suplementación, y un 5% a puro pasto”, detalla.
Y aclara que hay mercado para cada uno de esos caminos, desde la cuota 481 con terminación a grano hasta la carne Hilton terminada a pasto, pasando por cortes premium de vacas de cabaña engordadas a pura pastura, como el que probó hace poco en un restaurante de Mar del Plata.
Elizalde plantea el dato que más le interesa remarcar. Si se toma el rodeo argentino completo, unas 50 millones de cabezas, y se calcula qué aporta cada fuente de alimentación, el pasto contribuye con el 92% del total de energía metabolizable que consume el rodeo nacional, y el grano solo participa apenas con el 8% restante. “La gente se olvida que la vaca pare un ternero y está nueve meses gestando y pariendo el ternero y amamantándolo hasta los 200 kilos, y todo eso se hace a pasto. Destetás la vaquillona para reponer esa vaca, y esa vaquillona la recriás a pasto para que sea futura madre. Destetás el ternero y le hacés una recría pastoril, y recién después lo llevás al corral”, explica.
Cuando se suma todo ese ciclo completo —vaca, ternero, vaquillona y novillo terminado a corral— el aporte del grano es mínimo: “apenas un 8%”, aclara.
La paradoja, dice, es que a pesar de representar el 92% de la dieta total del rodeo, la inversión en pasturas es ínfima. Según sus cálculos, en la Argentina se gastan por año unos 20.000 millones de dólares en ganadería, lo que dividido por las 50 millones de cabezas da un promedio de 400 dólares promedio por vaca. De ese total, solo un 5% se destina a pasto, es decir, a semilla forrajera y manejo: apenas 20 dólares por vaca. Y de ese 92% que representa el pasto en la dieta, el 88% es campo natural, bajo, isla, monte y rastrojo, sin inversión, mientras que apenas un 12% es pastura artificial y verdeo.
Mirá la entrevista completa con Juan Elizalde:
Para Elizalde, esa falta de inversión en pasturas es lo que condena a la ganadería argentina a un círculo vicioso frente a los vaivenes climáticos. “Vamos a convivir con que el 30, 40% del área ganadera promedio por año va a estar desafiada con algún trastorno climático”, advierte, ya sea sequía o inundación. Y si no hay una base forrajera sólida, cualquier intento de retener más hacienda choca contra la próxima sequía o inundación, que obliga a liquidar de nuevo.
“El problema serio, antes que retener hacienda, es sostener la base forrajera. Con lo poco que se invierte, no vamos a poder crecer en el stock”, resume. Según su cuenta, si se mejorara la base forrajera de los 140 o 150 millones de hectáreas de campo natural que tiene el país —sembrando una leguminosa, por ejemplo, y logrando aumentar la producción un 20 o 30%— se podría sostener una carga de 55 a 60 millones de cabezas. El feedlot, insiste, no es la solución para ese salto: “Es un salvavidas. Si vos pensás que con el feedlot vas a capear una inundación, no es así”.
Ahí entra la alfalfa, el eje de la charla que Elizalde fue a dar a la expo especializada Todo Láctea sobre pasturas cultivadas. No es, aclara, la mejor forrajera desde el punto de vista nutricional —ese lugar se lo lleva el trébol blanco, por sus mejores condiciones para el engorde y mayor calidad—, pero sí es la más viable agronómicamente, ya que se puede cosechar, enrollar, vender y hasta exportar, algo que hoy ya ocurre hacia mercados como Emiratos Árabes y Brasil.
Según explica el experto, introducir alfalfa en un campo con gramíneas, puede llevar la ganancia de peso de 400 a 800 gramos diarios, lo que se traduce en un salto de margen bruto por cabeza de 100 a 400 dólares. Y compara los costos: hacer una pastura de alfalfa cuesta entre 300 y 400 dólares, mucho menos que comprar una vaca, que hoy ronda los 1.500 dólares, y esa pastura puede dar de comer a cinco o seis terneros.
El manejo de esa alfalfa, además, mejoró muchísimo en las últimas dos décadas, según pudo comprobar desde que estudiaba en la facultad en Rosario. “Cuando yo empecé, hace 20 años y más, estaba el CREA Carmen, que había batido el récord de 400 kilos de carne a pasto en alfalfa. Hoy eso está cerca de los 800 y 1.000 kilos de carne”, compara. El pastoreo pasó de ser continuo a rotativo, con cambios diarios de parcela y hasta tres cambios por día en algunos casos, además de un salto en el mejoramiento genético de las variedades, que hoy permiten producir 20 toneladas de materia seca por hectárea, un rinde comparable al de un silaje de maíz de planta entera.
Con todo ese diagnóstico sobre la mesa, la recomendación de Elizalde para el productor es visible: primero el pasto, después la vaca. “Hoy es costos variables, pastura, fertilizante, y en segundo plano la vaca. La vaca es buena, pero es de baja rentabilidad, y hay que ver dónde la ponemos”, plantea.
Su razonamiento es que invertir en semillas y fertilizantes para generar pasto da un retorno más rápido y más seguro que salir a comprar hacienda en un contexto de capital caro en la Argentina. “Si yo arranco con la vaca ahora, tengo que pagar 1.500 dólares, y después está la renta del capital, porque acá el capital todavía sigue siendo caro. Tengo que buscar aquellos recursos que me maximicen la producción de carne para que me hagan más rentable el peso que estoy poniendo arriba”, concluye.




