Pedro Adamow llegó a la Comarca Andina de Chubut después de vivir 15 años en Ushuaia. Sin experiencia previa en el sector agropecuario, apostó por la vitivinicultura y tuvo que invertir en electricidad, agua y protección contra las heladas. La primera botella llegó unos 13 años después del inicio del proyecto. Hoy produce entre 5.500 y 6.000 botellas al año y busca ampliar el viñedo y la propuesta turística de su bodega.
En Lago Puelo, Chubut, la historia de Pedro Adamow es la de un proyecto productivo que necesitó años de trabajo antes de dar sus primeros resultados comerciales. Oriundo de Mar del Plata, vivió durante 15 años en Ushuaia, donde formó una familia y desarrolló su actividad comercial. Después de ese período, las necesidades familiares y el desgaste de vivir en un clima exigente lo llevaron, junto con su esposa, a replantearse dónde continuar su vida.

La Patagonia ya era parte de sus recorridos y Lago Puelo se había convertido en uno de los lugares que solían visitar. A fines de 2007 compraron una propiedad en la zona y, entre ese año y principios de 2008, se instalaron allí.
El terreno tenía dos hectáreas y una historia vinculada con antiguas explotaciones forestales. Cuando comenzaron a limpiarlo, encontraron una vegetación arbustiva densa y los restos de un bosque talado décadas atrás. Al observar las características del suelo, empezó a surgir la idea de desarrollar una producción propia.

Adamow no venía del sector agropecuario: su experiencia estaba vinculada con el comercio exterior. Sin embargo, buscaba una actividad que pudiera desarrollar en el lugar donde había elegido vivir. En una región donde ya existían emprendimientos de fruta fina, elaboraciones derivadas y producción de lúpulo, encontró en la vitivinicultura una alternativa que le permitía integrar el cultivo, la elaboración y la comercialización.
“Podíamos hacer la parte productiva, la parte de elaboración y la parte de comercialización”, recordó sobre los motivos que los llevaron a apostar por el vino.
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“El proyecto comenzó a tomar forma en 2008. Durante un año trabajamos en la limpieza del terreno y en 2009 avanzamos con la preparación del suelo, la instalación de postes y la estructura del viñedo. Las primeras plantas llegaron desde Mendoza”, repasa.
Pero el comienzo estuvo lejos de ser sencillo. Por falta de experiencia y un asesoramiento inicial que no contempló adecuadamente las condiciones del lugar, plantaron las vides sin un sistema de protección contra las heladas y la primera helada fuerte provocó la pérdida de casi la mitad de las plantas.
La solución requería mucho más que reponer los ejemplares dañados. Para instalar un sistema de protección necesitaban infraestructura eléctrica y disponibilidad de agua, recursos que todavía no estaban resueltos en ese sector.

“Había que tener infraestructura, o sea, el agua y la luz”, explicó Adamow, que tuvo que impulsar los proyectos para llevar electricidad, adquirir el equipamiento necesario y construir una laguna con capacidad para dos millones de litros. También realizó dos perforaciones de agua para abastecer el emprendimiento.
“La inversión en estas obras, sumada a los tiempos de ejecución y a la reposición de las plantas, extendió considerablemente el desarrollo del viñedo. Recién seis años después pudimos reponer las vides que se habían perdido por las heladas. Además, algunas plantas habían sobrevivido sin protección, pero no producían fruta”, cuenta.
Las primeras frutas llegaron varios años después y la primera botella se vendió alrededor de 13 años más tarde.

Cuando el viñedo empezaba a avanzar, aparecieron nuevas dificultades. En 2020, Adamow trasladaba la cosecha hasta El Bolsón, donde un amigo tenía la infraestructura necesaria para elaborar los vinos. Las restricciones de circulación entre provincias durante la pandemia impidieron realizar ese traslado y la familia perdió toda la cosecha de ese año.
En 2021, el gran incendio que afectó a la Comarca Andina volvió a poner a prueba el proyecto. “El humo alteró las características del vino elaborado con esa cosecha. Aunque intentamos procesarlo por separado, el resultado no nos convenció y decidimos descartarlo”, afirma.
La posibilidad de elaborar en la propia propiedad fue un paso importante para reducir esa dependencia. “Con la bodega terminada en 2022, comenzamos a comercializar los vinos de la cosecha 2019. Desde entonces, logramos sostener la producción y mejorar gradualmente tanto la calidad como el volumen”, relata.

“Para nosotros es un hijo más, es una criatura más”, dijo Adamow al describir el vínculo con el emprendimiento familiar.
Sobre su producción, agrega que “el viñedo cuenta con alrededor de 8.000 plantas, de las cuales entre 6.000 y 6.500 están en plena producción. La cosecha ronda las ocho toneladas de uva por año y permite elaborar entre 5.500 y 6.000 botellas”.
Las variedades elegidas son Pinot Noir, entre las tintas, y Sauvignon Blanc, entre las blancas. Adamow explicó que se inclinaron por variedades de ciclo corto, que se adaptan a las condiciones de la zona.
En el caso del Sauvignon Blanc, la elección también respondió a una preferencia personal. “Nosotros decidimos por Sauvignon porque nos gustaba”, contó. La variedad les permitió desarrollar un vino con características propias dentro de una región que fue sumando nuevos proyectos vitivinícolas durante las últimas dos décadas.
La experiencia acumulada también cambió las condiciones para quienes quieren iniciarse en la actividad. Cuando plantaron sus primeras vides, había pocos antecedentes en esa zona de la cordillera. Después llegaron otros emprendimientos y comenzó a construirse un conocimiento local sobre el manejo del cultivo y las particularidades del clima.
Adamow considera que “hoy existe más experiencia de campo para orientar a quienes quieran invertir en un viñedo”, aunque advierte que la actividad sigue exigiendo planificación, capital y paciencia.

La comercialización se concentra principalmente en restaurantes de alta gama y vinotecas especializadas de la Ciudad de Buenos Aires. También llegan, en volúmenes más pequeños, a establecimientos de Misiones, El Calafate, Puerto Madryn, Rada Tilly, Ushuaia, Bariloche y Mendoza.
Buena parte de esas ventas se construye a partir del vínculo directo con quienes conocen el proyecto y valoran el origen de los vinos. “La estrategia apunta a lograr una presencia sostenida en la gastronomía y en espacios especializados, en lugar de expandirse rápidamente a cualquier mercado”.
Desde hace tres años, además, trabajan con un equipo que reúne asesoramiento agronómico en el viñedo, acompañamiento enológico durante la cosecha y el embotellado, y apoyo para la comercialización en Buenos Aires. “Esa organización permitió ordenar las distintas etapas productivas y planificar el crecimiento”, asegura Pedro.

También recibieron consultas de profesionales de la gastronomía de San Pablo y Lima interesados en incorporar sus vinos a cartas de restaurantes. Sin embargo, hasta ahora el volumen disponible se destinó al mercado interno. Si logran incrementar la producción, esperan evaluar la posibilidad de atender parte de esa demanda internacional.
La planificación original contemplaba unas 10.000 plantas. Actualmente, el viñedo tiene alrededor de 8.000 y todavía quedan sectores por desarrollar.
Adamow señaló que “durante este año incorporamos nuevas plantas de Gewürztraminer y que evalúan sumar Riesling, una decisión que deberá confirmarse en función de la evolución del proyecto”.
El emprendimiento también busca consolidar su perfil turístico. La bodega recibe visitantes durante todo el año y ofrece recorridos por el viñedo y degustaciones. Hay alternativas que incluyen tablas de encurtidos y comidas de tres pasos para grupos.
En paralelo, construyeron un espacio semicubierto para recibir visitantes y proyectan incorporar alojamiento en el futuro.

Para Pedro, el turismo representa una oportunidad para complementar la actividad productiva y acercar a los visitantes al proceso de elaboración. La intención es sumar infraestructura de manera gradual, sin perder de vista que el viñedo todavía tiene margen para crecer.
El productor destacó que la decisión de instalarse en Lago Puelo les permitió ganar calidad de vida y transformar un terreno cubierto de vegetación y restos de un bosque talado en una unidad productiva que hoy también recibe visitantes.
“Lo transformamos totalmente en algo productivo, en algo que no solamente disfrutamos nosotros, sino que disfruta todo el que viene”, expresó.
Por ahora, el trabajo cotidiano está en manos de él y de su esposa. En Lago Puelo, donde la vitivinicultura fue ganando espacio entre las actividades productivas de la Comarca Andina, la historia de Adamow muestra tanto las posibilidades de desarrollar una producción de escala pequeña como las exigencias que implica sostenerla en el tiempo.




