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¿Conocías al “Pateador de maíz”? Para celebrar el Día de la Industria, una pyme metalmecánica bonaerense presentó su innovador diseño pensado para la cosecha

Diego Mañas por Diego Mañas
2 septiembre, 2026

Cada 2 de septiembre se celebra en la Argentina el Día de la Industria, una efeméride instituida en 1941 por la entonces Unión Industrial Argentina (UIA) para recordar un hecho considerado fundacional, que fue la primera exportación de manufacturas realizada desde el territorio nacional.

Aquella operación ocurrió en 1587, cuando la carabela San Antonio partió desde el Riachuelo rumbo a Brasil con un cargamento de tejidos y harina producidos en Santiago del Estero. Con el tiempo, la fecha quedó instalada como símbolo del nacimiento de la actividad industrial argentina y de su papel en el desarrollo económico del país. Hoy en día la industria nacional es una cosa muy distinta a lo que era 439 años atrás.

En Bichos de Campo decidimos recordar esta fecha con la historia de una industria familiar argentina, una más del enorme abanico de la metalmecánica ligada al agro, pero con una novedad llamativa.

Es que dentro de este escenario donde se configuran miles de talleres metalúrgicos a lo largo y ancho del país -y de todos los tamaños- a quien escribe le gustan más los talleres con máquinas ruidosas que hacen perforaciones, cortes y plegados a las duras chapas, en lugar de fríos galpones de almacenamiento. Claro que también nos gustan los brillos y las novedades de los fierros diseñados y fabricados en el exterior, pero los talleres familiares tienen otro aroma y otra calidez.

Una pequeña industria familiar del noroeste bonaerense comenzó a meterse de lleno en el sector agropecuario fabricando implementos para maquinaria, partes, y por qué no, soñar algún día con lanzar al mercado una plataforma de cosecha con marca propia.

La metalúrgica Brandana, ubicada en el Parque Industrial de Junín, llamó la atención de la redacción de este medio al mostrar en redes sociales un implemento innovador propio diseñado para encontrarle solución una necesidad agronómica de estos tiempos: el “Pateador de maíz”.

Se trata de un implemento que se acopla al cabezal de la cosechadora, y es capaz de ayudar mediante unas “uñas” a levantar el maíz volcado o caído del piso, algo que muchas veces se hace imposible con la maquinaria convencional.

Según explica Jerónimo Brandana, socio gerente de la fábrica, no es un diseño, sino que lo vieron andando en lotes de maíz europeos y decidieron poner en marcha el proceso de fabricación para las necesidades locales.

El “pateador” está pensado para los lotes en los que la cosechadora puede avanzar, pero la planta de maíz no acompaña. Cuando el cultivo queda volcado, las espigas pueden quedar fuera del alcance de los órganos de recolección y parte del rendimiento termina en el suelo. La función de este implemento es bastante concreta, ya que ayuda a llevar esa planta hacia el interior del cabezal.

El equipo se monta sobre la estructura del cabezal y cuenta con dos brazos o “uñas” que trabajan en el centro de cada surco. Mediante un eje de giro, un motor hidráulico y un sistema convencional de cadena, corona y piñón, las uñas toman la planta caída y la empujan hacia la máquina.

Además, el sistema permite regular su posición y velocidad de funcionamiento. Puede levantarse, adelantarse o atrasarse y también modificar la velocidad de giro, de acuerdo con las condiciones del lote. Y hay un dato importante para quien tiene una cosechadora: no es necesario utilizarlo permanentemente.

“Esto se puede dejar instalado en la máquina y elegir en qué situación usarlo. En el momento que no se usa, se puede levantar, atrasar todo el eje y directamente seguir haciendo una recolección convencional sin que la máquina tenga ningún tipo de modificación”, explica Brandana.

La herramienta, entonces, no pretende reemplazar el funcionamiento normal del cabezal, sino convertirse en una especie de recurso adicional para esos momentos en los que las condiciones del cultivo complican la cosecha. Es justamente por eso que la empresa tampoco apunta a fabricar grandes volúmenes del producto.

“Es una novedad, no es muy conocido. Pero el día que se necesita, tenerlo instalado es una gran ventaja”, dice el empresario.

La estrategia de Brandana es mantener unidades disponibles para entregar rápidamente cuando aparezca esa necesidad. Según cuenta, quienes lo probaron quedaron encantados, ya que la herramienta les permite cosechar lotes completos que se daban por perdidos. En lugares donde el clima impidió la cosecha a tiempo, comienza a buscarse este tipo de herramientas. La fábrica ya trabaja con stock de piezas y, en el caso del pateador, procura tener al menos uno terminado mientras mantiene varios equipos en proceso.

Pero el pateador es apenas la parte más visible de un negocio que empezó a crecer de manera dentro de la metalúrgica. La empresa ya tiene más de 50 modelos diferentes de piezas y repuestos destinados al sector agropecuario.

El comienzo fue mucho menos ambicioso. Hace unos tres años apareció la posibilidad de fabricar unas piezas sencillas para maquinaria agrícola. El desafío estaba más relacionado con las cantidades que con la complejidad de esas primeras piezas. Brandana decidió probar y, a partir de allí, comenzó a desarrollar una línea que todavía tiene una característica particular: “Nosotros no trabajamos al público sino a distribuidor, revendedor o, en cierta forma, mayorista”, explica Jerónimo.

Con el tiempo, ese catálogo fue creciendo. La empresa incorporó nuevas máquinas y empezó a meterse en componentes más grandes y visibles, como tubos de descarga de cosechadoras y distintos accesorios para equipos agrícolas. También comenzó a trabajar sobre modificaciones de cabezales convencionales para convertirlos en draper, un desarrollo que durante este año entró en etapa de primeras pruebas.

Ese movimiento permite entender mejor hacia dónde pretende llevar Brandana su negocio. La empresa no abandonó su actividad tradicional, pero está utilizando la capacidad instalada de la metalúrgica para construir una segunda pata vinculada directamente con el agro.

La historia de la firma explica en parte esa búsqueda. Jerónimo tiene menos de 40 años y trabaja en el sector metalúrgico desde los 25. Antes de concentrarse en la producción industrial, la empresa familiar pasó por distintas actividades: fabricación de columnas de alumbrado, estructuras publicitarias, stands, cartelería y hasta trabajos vinculados con el automovilismo, incluyendo Turismo Carretera, TC 2000 y Fórmula 3 Sudamericana.

La muerte de su padre obligó a Jerónimo a tomar el control de buena parte de aquella actividad y a concentrarse en lo que podía convertirse en un negocio más estable.

“Ahí paso 100% a lo metalúrgico, y hacer todo trabajo dentro de la fábrica, no salir a trabajar afuera. Nos dedicamos a la producción masiva, a lo que intentábamos, a lo que apuntábamos”, cuenta.

La fabricación de columnas pasó a ocupar entonces el centro de la actividad. Pero la empresa seguía teniendo una limitación, ya que dependía de un negocio específico y necesitaba encontrar alguna manera de crecer aprovechando las máquinas, el personal y el conocimiento metalúrgico que ya tenía.

En ese recorrido, Jerónimo también reconoce el respaldo de su socio, Martín Montecelli, y de su madre, Mara Ahumada. “Son los pilares en donde tengo para delegar o la ayuda”, resume, al destacar el acompañamiento que recibe en cada nuevo proyecto.

 

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La oportunidad apareció después de la pandemia. Una exportación de columnas a la planta de Coca-Cola en Uruguay le permitió a la empresa acceder a un cupo de importación. Con ese cupo llegó una inversión importante en tecnología: una máquina de corte láser para chapa y tubos y una soldadora láser.

La intención ya era otra. “Siempre decíamos: tenemos que buscar la forma de poder expandirnos hacia un sector que no esté vinculado con nuestra actividad. Poder replicar lo que, si bien dentro del mismo rubro, sea algo diferente”, recuerda Jerónimo. El agro apareció como ese nuevo nicho.

Junín tampoco era un lugar cualquiera para probar suerte. La ciudad está rodeada por productores, contratistas y empresas vinculadas con la actividad agrícola, además de contar con una importante tradición metalmecánica. Brandana encontró allí un mercado cercano y, al mismo tiempo, la posibilidad de utilizar una estructura industrial que ya tenía.

Este año, además, la incorporación de nueva maquinaria permitió ampliar la oferta y empezar a trabajar sobre componentes de mayor tamaño.

En paralelo, la empresa armó una oficina técnica para el desarrollo de productos. El pateador de maíz es un buen ejemplo de cómo funciona esa lógica. Brandana no inventó el concepto: Jerónimo y su equipo habían visto equipos similares trabajando en lotes europeos. Lo que hicieron fue desarrollar su propia versión, adaptándola a las posibilidades de fabricación local. “Tratamos de replicar en funcionamiento lo que hemos visto, pero modificando a nuestro criterio, a nuestro entender”, explica.

Ahí aparece otra de las características que la empresa pretende darle a esta nueva etapa: fabricar localmente la mayor cantidad posible de componentes. En el caso del pateador, por ejemplo, la parte hidráulica se compra a proveedores nacionales y el resto del conjunto se desarrolla y fabrica dentro de la empresa.

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“Nosotros estamos muy a favor de la industria local. Lo que tratamos de hacer es que, en lo posible, sea todo nacional”, afirma Brandana.

La decisión también tiene una explicación práctica. No se trata solamente de una definición sobre el origen de los componentes, sino de trabajar con aquello que está disponible en el mercado argentino, adaptar el diseño a esos proveedores y mantener bajo control el proceso de fabricación.

El resultado es una empresa que todavía conserva el perfil de una metalúrgica familiar, pero que empezó a cambiar el destino de sus máquinas. A las columnas de alumbrado y las estructuras publicitarias les agregaron piezas que terminan dentro de cosechadoras, sembradoras y otros equipos agrícolas. Y de esas piezas empezó a avanzar hacia implementos propios y modificaciones de maquinaria.

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El objetivo que se plantea Jerónimo es que ese proceso termine consolidando a Brandana dentro del negocio agropecuario durante la próxima década.

“Con relación al agro, creo que en diez años tendríamos que estar bien posicionados”, sostiene. La idea, agrega, no es competir desde una posición de superioridad frente a otros fabricantes, sino tratar de mejorar los productos a partir del conocimiento que van acumulando en la fábrica.

Por ahora, el pateador de maíz es uno de esos productos que mejor muestran ese cambio de rumbo. No porque sea una invención revolucionaria ni porque pretenda reemplazar una tecnología existente, sino porque responde a un problema concreto de la cosecha y permite a una metalúrgica local fabricar una solución que hasta hace poco el productor o contratista debía buscar afuera.

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El desafío aparece justamente en el momento en que la industria nacional de maquinaria y agropartes debe convivir con una oferta importada cada vez más amplia, con componentes y equipos que en algunos casos llegan desde China a precios difíciles de igualar para un fabricante local.

“La realidad es que es una situación no tan fácil. Siendo sincero, el esquema que se nos presenta el día de hoy no es el mejor, está muy liberado todo lo que es la importación”, reconoce Jerónimo. Pero lejos de plantear el escenario como un límite definitivo, sostiene que la empresa tiene que buscar la manera de adaptarse: “Siempre que se le pone voluntad y buscándole la vuelta, las cosas salen”, define para cerrar Brandana.

Etiquetas: brandanacosechacosecha de maízdia de la industriaimplementos agrícolasindustria nacionaljunínmaquinariamaquinaria agrícolametalúrgica brandanapateador de maíz
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