La ganadería argentina atraviesa un momento en el que, bien manejada, la intensificación pastoril muestra números muy atractivos, aunque con una condición central: capital y eficiencia. Así lo plantea Fernando Gil, de la consultora Agroideas, al poner el foco en la recría y, sobre todo, en el rol clave que juega la producción de pasto para que el negocio cierre.
Gil explica que hoy “tanto en la cría como en la recría es clave la producción de pasto”, porque de ahí sale el margen. Para que un planteo funcione, el objetivo debe ser claro: lograr ganancias diarias de entre 500 y 600 gramos por animal durante ciclos de recría que van de 6 a 10 meses. Y eso solo se consigue con “forrajes y suplementos en cantidad y calidad”, donde las pasturas bien implantadas son determinantes.
En campos de buena aptitud, donde la ganadería compite con la agricultura, el esquema más eficiente pasa por praderas permanentes —muchas veces base alfalfa— que duren entre cuatro y cinco años, combinadas con verdeos de invierno como raigrás, avena o cebada, claves para sostener la carga en los meses más difíciles.

Cuando baja a los números, Gil es concreto: una pastura de alta calidad cuesta entre 500 y 600 dólares por hectárea, con fuerte incidencia de los fertilizantes. A eso hay que sumarle el alquiler del campo, que en zonas competitivas se ubica en torno a 450 o 500 dólares. “Entre la pastura y el alquiler estamos en unos 1.000 dólares por hectárea de costo”, resume.
Del otro lado de la ecuación, “los resultados productivos más que justifican la inversión”, dijo y agregó: “con buen manejo, estas praderas permiten cargas de hasta 6, 7 u 8 terneros por hectárea en primavera, lo que se traduce en producciones de entre 600 y 800 kilos de carne por hectárea. Con un valor del kilo en torno a 4 dólares, eso implica ingresos cercanos a 2.400 a 2.800 dólares por hectárea. Más que se repaga la inversión y genera una ganancia interesante”, afirma.
Sin embargo, advierte que el principal cuello de botella no está en el margen sino en el financiamiento: “El mayor inconveniente es el capital de trabajo. Incorporar cinco o seis terneros por hectárea más el costo de la pastura y del alquiler es un capital alto”. Es decir, el negocio cierra, pero exige espalda financiera.

En el caso de los verdeos, el esquema es similar pero con menor inversión inicial. Implantarlos cuesta alrededor de 280 dólares por hectárea y, aunque el período de aprovechamiento es más corto, permiten producir entre 300 y 350 kilos de carne por hectárea. “El negocio también es muy positivo”, sostiene, y agrega un dato relevante: hoy estos planteos “compiten de lleno con un trigo”, incluso con mejores márgenes en muchos casos.
Claro que todo depende de la eficiencia. Gil insiste en que los números que menciona corresponden a sistemas bien manejados, con altos niveles de producción de forraje —del orden de 12.000 kilos de materia seca por hectárea en pasturas base alfalfa— y con un manejo preciso del pastoreo. “La clave es el manejo diario: cuándo entrar, cuándo salir, cómo rotar. Ese es el arte ganadero”, define.
Además, remarca que la recría se volvió estratégica en el negocio actual. Con un ternero que vale entre 30% y 35% más que el gordo, el feedlot corto perdió competitividad. “La única manera de que el negocio cierre es metiéndole más kilos, diluyendo ese diferencial de entrada”, explica. Por eso, cada vez más actores —incluso feedlots— incorporan la recría.
En ese contexto, el costo de producir un kilo también marca la diferencia: mientras a pasto ronda los 2.000 pesos, en el corral sube a 3.000, con precios de venta cercanos a 5.000. “Todo kilo que producís le ganás plata”, sintetiza.
Hacia el final, Gil amplía la mirada y pone el foco en el momento general de la ganadería. “Hay dos puntos importantes. Por un lado, la cría está en un momento que esperó durante muchos años. El precio del ternero hoy está generando un ingreso que no se había logrado, y también la vaca de descarte aporta fuerte a la facturación. Ese sector está muy firme”, señala.
A partir de ahí, la recría aparece como el paso siguiente para quienes pueden darlo. “La pueden hacer los criadores con mejor campo o los engordadores que incorporan ese proceso para que el negocio cierre”, explica.
En definitiva, el mensaje es claro: con precios favorables, una relación insumo-producto inédita —especialmente con el maíz— y márgenes positivos, la ganadería ofrece oportunidades. Pero no es automática. “Son momentos en donde se paga la intensificación. Hay que producir kilos y ser eficientes”, concluye.




