Cuando el bolsillo aprieta, lo que manda es el ingenio. Sobrada evidencia de eso hay en las muchas historias de pequeños productores dispersas en todo el país.
Entre ellas, la de Alejandra Balda, una productora ovina que, cansada de que su lana no tuviera valor, decidió -literalmente- tirarla en el lote para encontrarle otra utilidad. Y eso fue lo que logró hace ya una década, sentando precedente para una práctica que hoy incluso se replica en otros países.

Alejandra produce en la localidad bonaerense de Cacharí, un pequeño pueblo del partido de Azul ubicado en plena Cuenca del Salado. Es una zona susceptible a las inundaciones en cada temporada de lluvias, y que, como consecuencia de eso, suele tener suelos conocidos como “barros blancos”, muy improductivos debido a la erosión hídrica.
Pero ninguno de esos imponderables atentó alguna vez contra los planes de esta productora, cuarta generación abocada a la cría de ovejas que, aunque reconoce que su fuerte hoy por hoy son los bovinos, buscó siempre la manera de seguir adelante con la actividad familiar.
Tal es así que fue una de las precursoras del Texel blue, una raza que incorporó a su majada no por su característica coloración azulada, sino justamente por su adaptabilidad a las zonas inundables. En su cara, panza, patas, manos y parte de la cola, no tiene lana sino pelos, y se evita así que sufra de pietín, una enfermedad infecciosa que prospera en ambientes húmedos y embarrados.
Lo cierto es que no le bastó con ese cambio genético introducido hace varias décadas, porque el castigo no venía sólo del clima y los suelos, sino también del mercado.
“Empecé tirando lana cuando tenía poco valor comercial. Quería que me pagaran bien la lana madre y la de segunda calidad, la de barriga o punta amarilla, aprovecharla para otra cosa”, relató la productora a Bichos de Campo.
Era la época en que esa lana se pagaba apenas un peso el kilo, hace 9 o 10 años atrás, un precio que ni siquiera alcanzaba para cubrir el costo de la esquila. Cansada de esa dinámica, Alejandra le buscó un destino más útil.

“La primera vez que tiré lana lo hice dentro de un pozo que había dejado un árbol caído. Cuando vino la lluvia, empezaron a nacer pastos muy verdes dentro de la misma lana. Y fue así como se me ocurrió empezar a tirarla en el campo”, relató.
Y se sabe precursora de esa idea, que hoy incluso se aplica en otro importante país productor, como lo es Australia. “Nunca había escuchado a ningún loco que se le ocurriera hacer esto. Yo soy la loca que tiro lana en el campo y que encontró resultados que le encantaron”, expresó.
Mirá la entrevista completa:
En esa zona las lluvias de otoño e invierno tornan intransitables los bajos, que reciben el agua que escurre desde la cuenca. Ese fenómeno provoca que muchos de los suelos sean infértiles, en los que apenas crece -con suerte- lo que se conoce como “pelo de chancho” o “pasto salado”.
La cuestión es que, de casualidad, Alejandra descubrió que tirar lana en el lote ayuda a contrarrestar ese efecto, ya que retienen la materia orgánica que arrastra el agua y terminan funcionando como abono natural.
“Donde vos vas tirando lana, los resultados son muy distintos. La tierra se vuelve más fértil y los colores de los pastos mejoran. En un lugar de barro blanco me encontré con que empezaron a salir ortigas, abrepuños y cardos, eso no se vio nunca”, afirmó.
Y explicó su funcionamiento: “Para que trabaje bien no hay que enterrarla, simplemente hay que dejarla en la superficie. La lana sola absorbe humedad y atrapa materia orgánica cuando pasa el agua”.

Esta propuesta es parte de muchas otras que ha impulsado Balda, y conecta con una convicción muy propia: “Que hemos perdido un poco el rumbo”, afirma.
Volver a las bases es, para ella, una consigna de varias aristas. Es que el productor ovino no tenga que abandonar su actividad por falta de herramientas o de rentabilidad. Pero también es no olvidarse que la base de toda actividad productiva, cualquiera sea, es el suelo.
“No estamos teniendo en cuenta la biología de la tierra, se nos ha pasado un poco de largo. Cuando vos generas materia orgánica y tenés buenos pastos, ahí debajo hay una red que no vemos y que ayuda a generar un nuevo suelo”, expresó.
Con su idea, confía en que, al menos en parte, colabora con ambas aristas.
Con el tiempo y los resultados obtenidos, se le hizo costumbre. Alejandra le encontró finalmente un destino a su lana, dejó de hacerse tanta mala sangre por su precio, y generó un impacto ambiental positivo.
Ahora, asegura, lo que resta es trabajar en la evidencia científica y avanzar con mediciones y ensayos que le den sustento a lo que ella y otros productores de la zona han hecho durante los últimos años. Es un pendiente que tiene en carpeta junto al INTA, y que puertas afuera ya se evalúa a gran escala.
Un ejemplo es el de Australia, otro país que produce lana a gran escala y encontró un destino similar. En su caso, la utilizan también a modo de acolchado agrícola, cubriendo suelos secos y degradados. Los resultados preliminares indican que ayudan a detener la evaporación en hasta un 35% y activan la microbiología entre un 30 y un 50%.





