El capítulo agroalimentario del acuerdo comercial entre la Argentina y Estados Unidos abrió una discusión sensible en el complejo cárnico. En particular, en la avicultura, donde el texto avanza en los mecanismos para permitir el ingreso de carne de pollo y productos avícolas desde el país del norte, pero sin dejar explicitado un acceso equivalente para la producción argentina al mercado estadounidense.
Esto generó una preocupación en la industria local, luego de que se disipen los temores respecto al posible ingreso también de carne bovina. En este caso, según se supo en las últimas horas, la apertura de 80 mil toneladas extra para el ingreso de carne vacuna argentina a Estados Unidos está por fuera del acuerdo firmado, por lo que no necesariamente necesita reciprocidad.
El propio canciller Pablo Quirno aseguró en declaraciones televisivas: “En el tema carnes tenemos una decisión sin precedentes de los Estados Unidos, que ha aumentado la cuota que Argentina tenía de 20.000 toneladas métricas por año a 100.000 toneladas métricas por año. Esa es una decisión del gobierno de Estados Unidos directamente, que está no comprendida dentro del acuerdo. Eso es un beneficio adicional que Argentina se lleva de este acuerdo y esta relación estratégica que tenemos entre Estados Unidos-Argentina”.
Con esta aclaración, se disolvió la preocupación de la industria local, pese a que la falta de competitividad de los exportadores estadunidenses no haría de este un negocio importante.
Donde si se generó preocupación, fue en la avicultura y en las industrias lácteas. De la lectura fina del articulado surge que el foco inmediato está puesto en qué puede ingresar a la Argentina. El acuerdo reconoce al Servicio de Inocuidad e Inspección de Alimentos (FSIS) del Departamento de Agricultura de Estados Unidos como autoridad competente para carne y aves, acepta su directorio de establecimientos habilitados y valida sus certificados sanitarios para exportar a la Argentina. Además, fija que el país “completará los pasos descritos en el Apéndice 1 para permitir el acceso al mercado de las aves de corral y los productos avícolas de EE. UU. dentro del año siguiente a la fecha de entrada en vigor del presente Acuerdo”.
En paralelo, el texto avanza sobre un punto clave para la sanidad, que es la regionalización por influenza aviar. Este es un tema muy sensible para los exportadores aviares, ya que permite a un país mantener sus exportaciones vigentes, limitando el cierre solamente a la región donde se dio el brote de influenza aviar. En términos técnicos, el esquema previsto en el acuerdo no es muy distinto al que el propio Senasa viene negociando con otros destinos, pero en este caso se aplica para facilitar el flujo de importaciones desde un país que registra brotes recurrentes.
Desde la industria avícola, el diagnóstico no es simple. Hoy el mercado bilateral está cerrado para ambos lados en carne de pollo. El nuevo acuerdo abre un camino para que Estados Unidos pueda exportar a la Argentina, pero no deja establecido, al menos por ahora, el acceso recíproco para la producción local. “Lo que está ahí, que es lo que tenemos todos, no hay nada de reciprocidad”, advierte Carlos Sinesi, director ejecutivo del Centro de Empresas Procesadoras Avícolas (CEPA).
En la práctica, el proceso para que este acuerdo tenga vigencia no es inmediato. El acuerdo debe ser ratificado por los congresos de ambos países y, luego, se activan los plazos para los intercambios de información sanitaria, cuestionarios, auditorías y validaciones entre el Senasa y las agencias estadounidenses. Aun así, el escenario que se abre es el de un mercado que podría quedar habilitado en un plazo relativamente corto para el ingreso de producto estadounidense, sin que esté garantizada la posibilidad de exportar desde la Argentina hacia ese destino.
El punto neurálgico para el sector es la asimetría. En un mercado con reciprocidad, la lógica comercial permitiría compensar flujos. Estados Unidos es un gran consumidor de pechuga, un corte de mayor valor, mientras que el cuarto trasero tiene menor demanda y precio. En un esquema bilateral abierto, la Argentina podría colocar pechugas en el mercado estadounidense y, eventualmente, recibir cortes de menor valor, equilibrando precios y márgenes. Ese es el modelo que Estados Unidos aplica con otros socios, como Chile. Pero sin acceso inverso, el riesgo es quedar expuestos solo al ingreso de producto, con presión sobre precios internos.
Por eso, desde la cadena avícola ya anticipan gestiones ante el Gobierno. “Como está ahora planteado, esto es una amenaza para la industria avícola”, sostiene Sinesi, y agrega que van a insistir con los funcionarios argentinos para que se plantee formalmente la necesidad de reciprocidad en las negociaciones. “Vamos a insistir con nuestros funcionarios en que es necesaria la reciprocidad. Que hasta ahora no está establecida”, remarca.
El acuerdo también tiene implicancias para otros complejos. En carne porcina, el artículo 1.6 establece que el Senasa deberá garantizar procedimientos de registro “oportunos, transparentes y no discriminatorios” para carne de cerdo y productos porcinos de Estados Unidos, permitiendo incluso una sola presentación por empresa para múltiples productos. En los hechos, esto puede facilitar el ingreso de carne porcina estadounidense, en un contexto donde la producción local viene creciendo pero todavía enfrenta costos elevados y una competencia externa que, con economías de escala, puede ser muy agresiva en precios, como sucede con los productos que llegan desde Brasil. Habrá que ver en este caso como es la letra chica, y si resulta conveniente a exportadores de cerdo estadunidenses nuestro mercado. Por ahora abastecido por el vecino sudamericano.
En lácteos, el texto va un paso más allá al señalar que la Argentina no adoptará ni mantendrá un requisito de registro de instalaciones para las importaciones de productos lácteos. Si bien no implica automáticamente un aluvión de importaciones, sí reduce barreras administrativas y puede facilitar el ingreso de productos estadounidenses en un mercado interno que atraviesa una situación delicada, con consumo retraído y márgenes ajustados para la industria.
Un informe de Coninagro advirtió que estos cambios pueden impactar en la competitividad agroindustrial, especialmente en sectores donde la estructura de costos local es más alta que la de Estados Unidos. En el caso aviar, la entidad remarcó que el país del norte es el principal productor mundial de carne de pollo y que cualquier apertura asimétrica puede generar distorsiones si no se negocian condiciones de igualdad.
En lo sanitario, el consenso dentro de la cadena es que las reglas que fija el acuerdo se apoyan en estándares internacionales y no introducen exigencias fuera de lo habitual. La zonificación por influenza aviar, los controles, la trazabilidad y las normas de la OMSA forman parte del marco que la Argentina ya aplica para sus exportaciones. El problema no está tanto en ese plano técnico, sino en el equilibrio comercial.
La discusión, entonces, se corre del laboratorio al terreno político y comercial. Si el acuerdo avanza tal como está redactado, la Argentina podría habilitar el ingreso de carne aviar, porcina y lácteos desde Estados Unidos con mayor facilidad, mientras que el acceso de los productos argentinos a ese mercado sigue sin estar garantizado. En ese escenario, la competitividad no se juega en igualdad de condiciones.
Por eso, la industria avícola pone el foco en lo que viene. “Vamos a seguir conversando con nuestros funcionarios para que se plantee la apertura del mercado de ellos para nosotros”, anticipa Sinesi. El mensaje es que, sin reciprocidad, el acuerdo no es un tratado de libre comercio en sentido pleno, sino una apertura parcial que deja a las cadenas locales corriendo desde atrás.




