“Me considero un afortunado por haber estado de manera protagónica en momentos de grandes transformaciones de la agricultura”, dice, con orgullo y aún maravillado, Carlos Becco, ingeniero agrónomo con 40 años de trayectoria, hoy consultor en agronegocios, AgTech y agricultura regenerativa.
En la entrevista que tuvimos para uno de los últimos capítulos de El podcast de tu vida (7ma. temporada), compartió algunas de las anécdotas de aquellos años, manifestó que en sus comienzos “era un baile de pueblo, donde nos conocíamos todos, con pocos semilleros y empresas, hoy es una fiesta tecno, ¡una rave! Repleta de oportunidades”.
Becco también habló de una generación (la de él) para la cual “el trabajo era todo”. “Perdí varios amigos por creer eso, por suerte me di cuenta tarde pero a tiempo, aunque estuve el límite”, lamentó. Y agregó: “Me arrepiento de que fuimos muy productivistas, nos guió la pasión y la sana ambición de alimentar al mundo, pero todo aquel que nos cuestionaba los descartábamos. Hoy sabemos que somos un gran contribuyente a la crisis climática pero también que somos parte de la solución. Podemos seguir produciendo, pero mejorando el ambiente. Esto es fantástico”.

Becco trabajó desde 1987 y durante casi 19 años en Monsanto; 3años en SPS, después fue General Manager en ZED S.A., hasta que desembarcó en Syngenta durante 7 años y medio. Lo último fue Índigo, entre 2017 y 2020.
Recientemente escribió tres libros en una saga que dio en llamar “De dónde venimos”: “La revolución digital del agro”, “De Villano a héroes” y el último: “El agro que yo viví”.
Se define como un apasionado y enamorado de la agricultura. Dice ser el mayor vendedor de glifosato de la historia argentina. Ha sido protagonista de grandes transformaciones e intenta compartirlas. Les propongo conocer espinas y rosas en ese camino profesional y de vida.

-Viajemos imaginariamente a tu infancia. ¿Dónde te criaste? ¿Cómo estaba conformada esa familia y ese hogar?
-Yo soy “baby boomer”. Nunca antes, nunca después, la humanidad fue tan optimista como en ese momento de la historia. Mis padres me concibieron pensando que después de la guerra (la 2da. guerra mundial) se venía un mundo fantástico. Somos la generación de optimistas, que fuimos creados con el concepto de que se terminaban las penurias y se venía un futuro lleno de prosperidad. Tanto fue así que yo fui el primero pero después vinieron cuatro más. Soy un chico de clase media, nací en Monserrat, fui al Lasalle y viví en un mundo fantástico en el que jugábamos al fútbol en las placitas de la avenida 9 de Julio. Algo hoy inimaginable.
-¿Y cómo elegiste agronomía desde esa infancia citadina?
-En algún momento pensaba estudiar letras, me gustaba escribir, pero asumía que me iba a c… de hambre. En eso estaba cuando en 1970, le dieron el premio nobel de la paz a un ingeniero agrónomo, Norman Borlaug, el creador de la revolución verde. Aparte una persona que estudió y pasó muchos años en Argentina. Estuvo muchos años en el INTA Marcos Juárez. Entonces, esa experiencia de conocer a Borlaug, y entender lo que estaba pasando en la agricultura, era aumentar la productividad, que la agricultura empezara a pensarse más como una industria, con tecnología, y no algo artesanal. Todo eso me entusiasmó y decidí estudiar agronomía.

-¿Qué te acordás de tu primer laburo?
-Cuando estaba terminando la carrera empecé a ser ayudante de distintas cátedras. No había muchas oportunidades laborales. Hasta que uno de los profesores dijo que estaban buscando agrónomo en un ingenio azucarero. ¡Yo no tenía ni idea de qué era un ingenio, ni la caña! Y era nada menos que San Martín de Tabacal, el segundo ingenio más grande del país. Me postulé, tuve una entrevista muy bizarra con el CEO, don Eduardo Patrón Costas. Yo lo único que tenía eran ganas ¡no sabía nada!
-¿Y cómo te fue en Tacabal?
-Tenía 23 años. Había mucha tecnología, inversión, desafíos. Ahí pasamos cuatro años, me fui con mi novia que llevábamos 8 años de novios, nos casamos, nos fuimos a vivir a una casa enorme con tres dormitorios, con un canal de televisión en blanco y negro. Y el teléfono más cercano estaba a 25 kilómetros. La buena noticia fue que rápidamente llenamos la casa. En tres años tuvimos tres hijas. Y vivimos una vida fantástica, bucólica, tipo familia Ingalls.

-¿Qué anécdotas o recuerdos te han quedado de todo el camino que has ido haciendo y recordando para escribir tus libros?
-Yo me considero muy afortunado. Fundamentalmente porque he tenido la dicha, la bendición, de estar de manera protagónica en momentos de grandes transformaciones de la agricultura. Medio en chiste me considero una especie de Forrest Gump. Por ejemplo, para muchos de los jóvenes la siembra directa es algo que pasó hace mucho, algo dado. Yo puedo decir que estuve ahí cuando nacía. Recuerdo ir con mi VW Gacel amarillo tratando de vender un Roundup a 40 dólares el litro. Tuve la dicha de conocer a Rogelio Fogante, ¡que era nada menos que discípulo de Norman Borlaug! Para mí era como conocer a John Lennon. Y ese prócer mágico estaba tratando de encontrar la manera de sembrar soja en siembra directa. Entonces, cuando empiezo a ir al campo con él, empiezo a ver que sobre el rastrojo de trigo nacía una sojita. ¡Eso me voló la cabeza!
-¿Vos en ese momento te diste cuenta de que era algo que iba a cambiar la historia?
-En ese momento supe que era profundamente disruptivo. ¿Quién iba a seguir arando después de esto? Te cuento otra. Años después, trabajando para Monsanto, viviendo en Estados Unidos, viene una chica, que nos presenta una maceta, con una planta extraña, que era mezcla de soja y petunia, y nos dice: “Les presento a la soja transgénica”. Nos explicó que habían insertado un gen, no teníamos ni idea que esto se podía hacer. Y nos decía: “A esta soja le van a poder aplicar Roundup y no se va a morir”. ¡Era una locura! Todos se acuerdan de mi inconsciencia porque nos preguntaron ¿cuánto estiman que puede ser la penetración de esta tecnología? Algunos decían 50, 60, 70 por ciento. Y yo, delante de todos los popes de la compañía, inconscientemente, ¡dije 100 por ciento! Y se mataban de risa. ¡Pero no estuve tan lejos!
-¿Por qué decidiste escribir estas y otras historias?
-Yo disfruté mucho mi vida corporativa. Pero tenía la camiseta puesta de las empresas que trabajé, pero me faltaba voz, “era “señora de alguien”, no podía decir lo que pensaba. Mis ideas no eran mías, decía lo que era necesario que dijera. Cuando recupero mi apellido de soltero (para seguir la metáfora), y sobre todo empiezo a ver otras cosas. Me di cuenta que yo había vivido un agro que era un baile de pueblo. Éramos los mismos siempre dando vueltas. Y una empresa se iba comprando otras y cada vez había menos. Pero de repente, a partir de la revolución digital en el agro, la llegada de los fondos de inversión hay un cambio de tendencia. Eso me voló la cabeza. Porque de repente, una industria en la que cada vez éramos menos, había explotado. Empiezan a aparecer oportunidades, startups, nuevos negocios, y eso ha traído una revitalización. Cuando empecé a darme cuenta de todo esto, sentí que tenía que contarlo, porque es una historia fantástica. Pretendo que los chicos se den cuenta del cambio que están viviendo. Y cómo este baile de pueblo se ha convertido en una fiesta tecno, y cómo muchos que ni siquiera pensaban en el agro, te hablo de economistas, desarrolladores, etc., empiezan a llegar al agro.

-También has despuntado el vicio de escritor, escribiendo sobre mujeres en el agro. ¿Qué aprendiste?
-Lo más impresionante es que la agricultura es un invento femenino. El hombre estaba muy ocupado persiguiendo mamuts. Las que se quedaban en las cuevas investigando eran las mujeres. Así empezaron a ver qué frutos se podían comer y cuáles no, y qué puede servir para paliar los dolores. Así nació el hogar, la civilización y ese día nació la familia.
-¿Te arrepentís de algo? ¿O cambiarías algo de todo ese camino?
-Me arrepiento de que fuimos muy productivistas, nos guió la pasión y la sana ambición de alimentar al mundo, pero todo aquel que nos cuestionaba los descartábamos. Y creo ha sido un error. Tenemos que entender que todo lo que hacemos genera y generó un impacto. Y si bien es cierto que producimos más alimentos también hemos deteriorado el planeta. Somos un gran contribuyente a la crisis climática. La buenísima noticia es que somos parte de la solución. Podemos seguir produciendo, pero mejorando el ambiente. Esto es fantástico.

-¿Cómo despejás tu cabeza? ¿Cómo te reseteás?
-Escribir. Trato de todos los días escribir. Siete de la tarde es el horario.
-¿Deportes? ¿Hiciste? ¿Hacés? ¿Te gusta?
-Si, soy muy futbolero. Empecé el colegio. Estaba en la reserva. Pero me divertía. Tuve la revancha de grande, pues me conservo bien físicamente, y entonces más que ser habilidoso corría muchísimo.
-¿De qué jugás?
-Empecé como delantero, por los extremos. Era y soy corredor, con mucha ida y vuelta, y cuando pasaron los años terminé como zaguero central.

-Bueno, el alemán Lothar Mattaus empezó jugando de 10 y terminó jugando de líbero creo…
-Bueno, yo nunca de 10… jejej… Nunca habilidoso. Pero sí corredor.
-¿Sos de algún equipo? ¿Cómo quien dirías que jugabas?
-Hay uno de mi época que me encantaba, “Pinino” Mas. Era lo máximo. Más cercano, ponele como Sorín, corriendo por toda la banda.
-¿Qué tal te va en la cocina?
-Nada, nada. Mal. Asado sí, pero pragmático. No tengo capacidad de detalle. Me encanta el asado pero cero fantasía.

-Si sos de mirar series y películas, ¿Qué mirás?
-Si, re fan. Series que nos han marcado, “Lost”, “Homeland”, ese tipo de series suspenso, políticas. “Borgen”, la sueca. Y nos encantó mucho la que empezó con Netflix, “House of cards”, me encantó.
-¿Música? ¿Por dónde vas?
-Todo lo abierto que soy para nuevas tecnologías, me cuesta mucho y soy conservador en la música. Soy muy baby boomer. Mi línea es Beatles, radio Aspen u Horizonte (se ríe), los clásicos, me quedé en los 80s. Melancólico de la primera hora. De los que extrañan los lentos.

-¿Qué creés que el Carlos de hoy, que ha transitado todo este camino, le podría decir al Carlitos de 20-21 años que estaba dando los primeros pasos?
-Algo que aprendí a la fuerza. Yo soy de la generación que el trabajo era todo. Cuando yo entré en Monsanto quería jubilarme en Monsanto. Para aquel Carlos casi no había nada más importante que el trabajo. Aquel Carlos “salame”. Hoy he perdido amigos y líderes por exceso de trabajo. Gente que conocía y quería mucho. Yo estuve cerca de esas locuras, entonces, lo que aprendí con el tiempo y le diría a los jóvenes y me diría a mi mismo de los 20-22 años es “es sólo un trabajo”, no es la vida. Hay cosas más importantes. Yo eso lo aprendí tarde, pero lo aprendí.
-¿Hubo un momento en el que vos estando dentro, dijiste “estoy por estallar”?
-Si, varias veces. Una muy reciente. El final de Índigo, mi mujer y amigos me lo dijeron. Estaba a punto de estallar. Mal, mal, mal. Cuando ya desvariás. Hoy nos pasamos al otro extremo, se cagan de risa de todo. Pero bueno.






