“La IA se está metiendo cada vez más en todo lo que tiene que ver con la reproducción, como en el análisis de semen o en las ecografías, y lo que tenemos que buscar es la masificación de las biotecnologías, que no queden sólo en un par de productores”, dice el médico veterinario Javier Irouleguy, especializado en reproducción bovina, transferencia embrionaria e inseminación artificial, durante la entrevista grabada para el capítulo 150 en la 7ma. temporada de El podcast de tu vida.
Es el tercero de 4 hermanos (2 mujeres y 2 varones). Desde muy chico estuvo relacionado con el campo porque acompañaba cada vez que podía a su padre, que trabajaba en la emblemática cabaña Tres Marías.

A lo largo de su palmarés profesional, trabajó en lugares emblemáticos para la ganadería como Munar y Asociados (2009 a 2014) y Tres Marías, palabra mayor en grandes campeones (2014 a 2024). Entre 2023 y 2024 hizo una experiencia de casi un año en Australia, algo que le cambió la vida. Hoy es asesor veterinario independiente y se desempeña como tutor en la UNICEN de Tandil, donde estudió él, en dos orientaciones: producción animal y sanidad animal.
Además de recorrer su camino en la vida nos metemos de lleno en su pasión por las carreras de trail, su cable a tierra corriendo en contacto con la naturaleza. También charlamos sobre lo que significa para él correr con su perro Simón algunas de estas carreras de aventura llamadas “dogtrail”, toda una aventura.

-Viajemos imaginariamente a tu infancia, ¿Dónde te criaste?
-Nací y me crié en Benito Juárez. Mi padre, Mario José, y mi madre, Laura. Somos 4 hermanos, uno de ellos no está presente con nosotros ahora por cuestiones de la vida, pero siempre está en nuestro recuerdo. Desde 1990 mi padre trabajaba en Tres Marías, tengo recuerdos de ir desde muy chico al campo, desde los 6 años. Mis vacaciones eran ahí.
-¿Qué te quedó grabado en el alma de aquella época?
-El olor característico de mi padre. Es un olor indefinido, no podría decirte exactamente a qué. A animal, a tierra. El vivía en el campo y nosotros, por la escuela, en el pueblo. En otra época fue chofer de camiones. También me acuerdo las visitas a lo de mi abuela Zunilda, un durazno en almíbar tremendo o la torta de 80 golpes.

-Llegó el momento de estudiar y elegiste veterinaria. ¿Tenias un plan b?
-La veterinaria siempre la tuve casi definida, me crié en contacto con los animales. Mi primer Rural de Palermo fue en 1995, a los 11 años, cuando salió gran campeón “Bartolomé”, que fue un Angus colorado muy recordado. Cuidaba a los animales, los peinaba, los bañaba.
-¿Tuviste que laburar mientras estudiabas?
-Recuerdo una charla con mi viejo en la que me dijo que si estudiaba él me bancaba. Aunque los fines de semana repartía diarios en Benito Juárez e iba a las exposiciones de Palermo. También trabajaba en una veterinaria que hacía reproducción.

-Este no es un espacio técnico, pero quiero aprovechar para preguntarte sobre la reproducción y las nuevas tecnologías ¿Qué te entusiasma de lo que se viene?
-La biotecnología viene en un avance tremendo y cada vez los intervalos generacionales y la evolución son más rápidos. La IA se está metiendo cada vez más, ya sea en el análisis de semen o en las ecografías, donde hay aparatos que te dicen si detectan o no feto. Yo soy muy abierto a las nuevas tecnologías y lo que tenemos que buscar es, por un lado, la masificación de las biotecnologías, que no queden sólo en un par de productores, y pensar en un país exportador, que todos estamos vinculados en la cadena de la carne.
-Estuviste unos meses en Australia trabajando y estudiando. ¿Cómo fue esa experiencia?
-Por distintos motivos, para mí fue un viaje increíble. Pude sacarme una espina que tenía clavada porque cuando me recibí, en 2009, empecé a trabajar con Munar y Asociados. Mi padre ya había fallecido y en ese momento me surgió la posibilidad de irme a hacer una pasantía a Estados Unidos, pero sentí que no era el momento. Y siempre me había quedado en el “debe” eso de vivir una experiencia afuera, no tanto en lo profesional, sino mas bien en lo personal. Fue una decisión difícil porque venía con 15 años de trabajo en Argentina, ya tenía mis clientes y tuve que salir de mi zona de confort. Pero necesitaba una vuelta de rosca. No me arrepiento. Fue de un gran aprendizaje.
-¿Cómo fue volver?
-Uno cree que hay que prepararse para irse pero también hay que prepararse para volver, porque tu familia, tus amigos siguieron haciendo sus vidas y vos quedás como descolocado. Hay que readaptarse a eso.
-Sos tutor en la facultad, ¿qué le recomendás a los jóvenes que están arrancando en la profesión?
-Siempre les digo a los chicos una frase de Víctor Kuppers que dice que “el conocimiento y la habilidad suman, pero la actitud multiplica”. La actitud no se negocia. Hay que insistir, moverse, buscar.

-¿Qué es lo que más te gusta de lo que hacés hoy?
-Al transferencista le tiene que picar el bichito del embrión, como decía Munar, porque es una vida muy particular. Nos la pasamos viajando, durmiendo en lugares de todo tipo, comiendo como se puede. Todos los días en nuestra vida son distintos. Sé a qué hora me voy, pero no cuando vuelvo. Que todos los días sean distintos es estimulante, eso me gusta. Una vez me pasó que me desperté en un hotel y no sabía dónde estaba. También me gustan los vínculos. Estar todos los días en el campo, para mí es un privilegio.
-Llegamos al pingpong. ¿Cuándo empezaste a correr las carreras de trail, en contacto con la naturaleza?
-Siempre viajé mucho por la montaña, hacía mucho trecking, algunos largos, de días. Hice el del camino del Inca, el que va al avión de los uruguayos en la cordillera, el ascenso al Volcán Lanín. Más acá en el tiempo, empecé a entrenarme para sentirme bien porque ya tenía 30 y pico y nuestro trabajo es bastante físico. Y una vez me dijeron de las carreras de trail, me anoté y a partir de ahí nunca más me desenganché.
-¿Qué vas pensando mientras corrés en los entrenamientos?
-Un poco de todo. Vas pensando en no equivocarte, en hacer las cosas bien, entonces escucho música, muy tranqui, y algo de cumbia para motivarme en las trepadas. Pero después, en la preparación, los fondos de 5-6 horas, me gusta escuchar podcast que te hagan pensar. Y otras veces, sin nada y voy generando ideas.
-¿Cuánto tiempo dura una de esas carreras?
-Cerca de 10 horas.
-Es como un Ironman… Son 10-12 para un amateur.
-Soy un discípulo, aunque él no lo sepa, del ingeniero Daniel Rearte (N de la R: ex INTA, corre hace varios años ultra maratones). Yo acompañaba a mi viejo cuando era chofer de camiones y escuchábamos mucho los cuentos de Alejandro Apo en Radio Continental. Y cada tanto aparecía el cuento de Rearte, “Felicitaciones ingeniero”. Y digo que soy un discípulo, aunque no lo sepa, porque yo escuché su historia y él dice que empezó a correr a los 50 años. Entonces yo, con 30 y pico, sentí que estaba a tiempo.
Recordá ese relato:
-¿Tenés alguna carrera que te gustaría correr?
-Mi objetivo es correr la vuelta al Mont-Blanc, en Francia, Suiza e Italia.
-¿Cuánto hay de mente y cuánto de físico?
-Siento que en estas carreras ultra es más importante la cabeza que el cuerpo. Cuantas más horas pasas en la montaña, lo que más fuerza hace es la cabeza.
-¿Cómo es correr con tu perro Simón?
-Espero no emocionarme porque Simón es mucho más que una mascota para mí. Es una compañía muy importante. Lo traje de Santa Fe cuando tenía 40 días, en plena pandemia. A partir de ahí generamos una conexión impresionante. Nos miramos y sabemos qué va a hacer el otro. Se pone contento cuando sale conmigo y me hace una escena cuando no lo llevo. Correr una carrera juntos fue una experiencia única. Es una conexión difícil de llevar a palabras. Y Simón es especial porque cuando volví de Australia y me costaba la adaptación, quería llorar, lo abrazaba fuerte y sentía que él me entendía.
-¿En series y películas por dónde vas?
-Me gusta mucho el cine nacional como “El secreto de sus ojos” o una que se llamaba “El Molino”. Y basadas en casos reales. Pero también me gustó “Breaking bad” y “Doctor House”, la de Pablo Escobar, y otra que se llama “La Niña”, basada en una historia real, de una chica secuestrada por las FARC.
-¿Y la música? ¿Qué te gusta escuchar?
-Tengo un varieté importante. Pero me gusta mucho el rock, Los piojos, Ciro, No te va a gustar, Las pastillas del abuelo, Cruzando el charco. Aunque también puedo meter cumbia y folclore.
-¿Algún tema en particular?
-Si, tengo dos temas que siempre escucho. Uno es “Soy”, de Cruzando el charco. En una parte dice “soy de los que piensa que si no hay pasión no va”. Eso representa lo que siento yo y los proyectos en los que me involucro voy a fondo. Y después otra que me recuerda mucho a mi papá, que se llama “Al viejo”, de Las Pastillas del abuelo. Que tiene una frase: “Bien parado o en la lona, hay que ser buena persona, dice aquel que a mí me guía noche a noche y día a día”. Y también: “Lo juro por mi pellejo, para mi Dios es mi viejo”. Para mí es lo máximo porque mi viejo fue eso para mí, y una gran persona.

-Si pudieses subirte al Delorean, el auto de “Volver al futuro”, ¿a qué momento irías?
-Me gustaría volver a la época que estaba mi viejo, a tener charlas un poco más profundas que siento que me quedaron en el tintero. El era de muy pocas palabras, pero las justas. Cuando él dejó de estar físicamente yo estaba a punto de recibirme y no llegué a que me vea recibido. Entonces, si pudiese usar el Delorean, lo traería a mi viejo para que me vea trabajando como veterinario.
-Imaginate que el Javier que sos hoy, con todo el camino transitado, se cruza con el de 18-20 años que estaba arrancando. ¿Qué le diría este a aquel?
-Miro para atrás y siento que todo lo que hice fue con ganas, pero sí le diría que se anime a más, que no tenga miedo, que siempre se puede volver para atrás y reacomodarse. Que salga de la zona de confort un poco más. Que viaje todo lo que pueda, que aprenda idiomas, porque si bien se, me hubiera gustado aprender mejor para tener un mejor intercambio.





