La ganadería argentina atravesó en las últimas décadas una transformación silenciosa, pero de enorme magnitud. Mientras el foco del debate sectorial estuvo puesto en el stock bovino, la producción o las exportaciones, hubo otro fenómeno mucho menos analizado: la desaparición de miles de establecimientos, el despoblamiento del campo y la concentración de la producción.
El consultor Andrés Halle se mete a fondo con este tema.

“El proceso pasó casi inadvertido. Las vacas siguieron estando, la producción continuó y la carne siguió llegando al mercado. Pero debajo de esa aparente continuidad cambió profundamente el entramado social y productivo que durante generaciones sostuvo a la ganadería argentina”, explicó Halle, quien lo ilustró con datos tomados de los censos agropecuarios y estadísticas del Senasa y la Secretaría de Agricultura.
“Entre 1988 y 2002 la cantidad de establecimientos agropecuarios (EAP) cayó en 87.688 unidades (-21%); entre 2002 y 2018 la caída fue de 83.870 unidades adicionales (-25%). Entre puntas (1988-2018), la disminución acumulada fue de 171.558 EAP, un 41% menos en 30 años”, señaló.
En cuanto a la concentración productiva dijo: “La superficie promedio por EAP aumentó de manera sostenida: de 421 hectáreas en 1988 a 524 en 2002 (+24%) y a 620 en 2018 (+18% adicional), un incremento acumulado del 47% entre puntas”.
Esto fue de la mano de cambios demográficos. “El fenómeno demográfico es, si cabe, todavía más marcado: la población residente en explotaciones agropecuarias cayó de 1.447.365 personas en 1988 a 700.750 en 2018 (-52%), y los productores que residen efectivamente en su propia EAP cayeron un 60% en el mismo lapso”, ilustró el consultor.
Según el especialista, el origen de esa transformación estuvo, paradójicamente, fuera de la propia ganadería. Fue la revolución tecnológica que experimentó la agricultura desde los años noventa, con la siembra directa, la soja RR, la agricultura de precisión, el contratismo y el aumento de la escala operativa, la que modificó por completo la competencia por el uso de la tierra.
A eso se sumaron problemas propios del negocio ganadero, como largos períodos de baja rentabilidad relativa, la inmovilización de capital que exige la actividad y la necesidad de una presencia permanente durante todo el año. Además, a la ganadería le jugó muy en contra las intervenciones kirchneristas sobre el mercado ganadero y las exportaciones, que sumaron flagelos a la históricamente errática política economía argentina.

Lejos de desaparecer, la actividad respondió adaptándose. Se intensificaron los sistemas productivos, aumentó la productividad por hectárea, crecieron los feedlots, mejoraron los esquemas de recría y terminación y parte del rodeo se desplazó hacia zonas de menor aptitud agrícola.
Sin embargo, esa modernización también tuvo consecuencias sobre la estructura productiva. “La ganadería siguió produciendo, pero ya no de la misma manera. Los censos nacionales agropecuarios muestran que desaparecieron cientos de miles de explotaciones, aumentó significativamente la superficie promedio por establecimiento y la población residente en el campo se redujo drásticamente”, advierte Halle, quien considera que este fenómeno recibió mucha menos atención que las variables productivas, pese a que modificó por completo la realidad rural.
“La transformación no consistió únicamente en producir con menos establecimientos. También implicó producir con menos familias rurales, menos población viviendo en las explotaciones y un progresivo debilitamiento del entramado social que históricamente sostuvo la actividad”, afirma.
Para Halle, no se trata de cuestionar ese proceso sino de entenderlo. “Fue, en gran medida, la respuesta de un sector que debió adaptarse a un nuevo contexto tecnológico y económico. Pero resulta difícil comprender la ganadería actual sin reconocer que cambió profundamente la sociedad que la producía”, sostiene.
Esa nueva estructura también obliga, según el especialista, a revisar algunas de las explicaciones tradicionales sobre el funcionamiento del ciclo ganadero argentino.
La teoría clásica, recuerda, fue construida cuando la actividad estaba integrada mayoritariamente por pequeños y medianos establecimientos familiares, donde la unidad productiva coincidía con la unidad doméstica. En ese contexto, las decisiones de liquidar o retener vientres respondían muchas veces a necesidades financieras del hogar, más que a estrategias empresariales de largo plazo.
Pero hoy, identifica el consultor, ese escenario es diferente.

“Si en las últimas tres décadas desaparecieron 4 de cada 10 explotaciones agropecuarias, se despobló la mitad del campo argentino, aumentó el tamaño medio de las empresas y cambió el acceso al crédito y la forma de gestionar el negocio, entonces es legítimo preguntarse si algunos comportamientos que durante décadas se dieron por permanentes van a seguir manifestándose con la misma intensidad y la misma velocidad”, afirma.
Responder esa pregunta, asegura el consultor, será uno de los desafíos de la investigación económica y ganadera de los próximos años. A su juicio, la transformación del entramado social no reemplaza las explicaciones tradicionales sobre el ciclo ganadero, pero sí constituye una dimensión que ya no puede quedar afuera del análisis.





