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Pioneros de la producción de pistacho en San Juan, los Ighani aseguran que el cultivo sigue creciendo en Cuyo a un ritmo de 2.000 hectáreas por año, a pesar de la crisis y un freno del consumo

Bichos de campo por Bichos de campo
21 abril, 2026

El pistacho, fruto seco estrella de los últimos años, que supo viralizarse en redes sociales a partir de una marca de chocolates, sigue pisando fuerte y esquiva la crisis económica que golpea hace ya tiempo a todas las economías regionales. Por supuesto, no ha estado exento de contratiempos, con una desaceleración del consumo y la inversión.

Mientras la vitivinicultura trata de flotar con el agua al cuello, mientras la chacra reemplaza a las vides y frutales que se arrancan porque dan pérdida, el pistacho gana hectáreas de forma voraz a un ritmo de otro tiempo.

Como confirma Maximiliano Ighani, de la firma Pisté a Bichos de Campo: “San Juan y Mendoza están creciendo a un ritmo de 2.000 hectáreas por año, a pesar de que actualmente el consumo se ha frenado un poco y que las inversiones que hay son más chicas que antes, pero aun así la demanda sigue siendo mucho mayor que la oferta”.

En San Juan siguen desembarcando inversores que llegan con su dinero a plantar pistacho, una decisión audaz que no reditúa de inmediato sino a largo plazo, porque el fruto no está listo al otro año para cosechar y vender. Hay que esperar varios años para embolsar ganancias netas

Para Ighani “es mucho lo que está creciendo la actividad para un cultivo tan nuevo, cuya barrera de entrada es muy alta, porque si bien la primera cosecha puede ser al sexto, séptimo u octavo año, después se necesitan unas cinco cosechas más para recuperar la inversión, o sea, que hasta el decimosegundo o decimotercer año no ves un peso”.

Fruto de origen iraní, la provincia de San Juan es su Meca en la Argentina, donde se encuentra el 90% de las 8.500 hectáreas plantadas en Cuyo y La Rioja.

Y como corresponde a una buena historia, en el caso de San Juan, tenía que ser un iraní quien introdujo el pistacho, cuando por los años 70 se vino a estudiar muy joven al país y se quedó a vivir para siempre.

En los 80, ese iraní comenzó a reemplazar una finca de viñedos por plantas de pistachos, ante el asombro del mundo agrícola local, que juzgaba con sorna y calificaba de locura aquel emprendimiento.

Ese iraní es el padre de Maximiliano, Marcelo Ighani, quien entendió que era un producto escaso y descubrió que San Juan tenía condiciones ideales para producirlo.

“Mi papá se dio cuenta que era un producto demandado que se destacaba por su escasez, y que San Juan era muy propicio para la planta, algo poco común, porque el pistacho se da en zonas puntuales del mundo. Y bueno, comenzó a plantar de a poco, a pulmón, levantando los viñedos de la finca de mi abuelo y plantando pistacho”, recuerda Maximiliano.

“Hubo que esperar ochos años para la primera cosecha, pero cuando ya empezó a producir le comenzó a ir bien, porque siempre fue muy rentable. Con los años llegó a tener 32 hectáreas productivas”.

Pero los tiempos son ladinos y la crisis del 2001 dejó económicamente a los Ighani al borde del barranco. Maximiliano se sumó al proyecto de la finca de pistacho en 2004, se fue a Estados Unidos para especializarse más en su producción y arrancó junto a su padre y su hermana, Soledad, con la refundación.

Este nuevo comienzo es un testimonio indiscutible del músculo que sigue sacando la industria del pistacho en la Argentina. Hoy, los Ighani tienen 40 hectáreas en producción, 220 plantadas en espera de producir, un vivero de pistachos, y una planta procesadora para agregar valor al fruto, cubriendo así toda la cadena de producción.

Además de la, inversión, la formación, el esfuerzo y la espera, la rentabilidad fue crucial para el éxito. Porque como dice Maximiliano, “este producto es muy rentable y esa rentabilidad, con planificación, nos permitió llegar a donde estamos”.

Aunque la finca de los Ighani no es de las producciones más grandes, ya que hay tres o cuatro con más de 1.000 hectáreas, si ocupa un selecto grupo de 15 a 20 fincas que están entre las 100 y 300, habiendo además muchas unidades productivas de 15 a 50 hectáreas, que reflejan el fuerte crecimiento de la actividad.

Sin embargo, ellos sí tienen el vivero de pistacho más grande del país. Lo tienen porque la planta debe comenzar en una maceta y luego pasar al campo para seguir su crecimiento. Y los Ihnagi, sabiendo esto, no dudaron en apostar a un vivero para producción propia y ajena.

“Hoy los ingresos del vivero igualan a los de la planta procesadora. Producimos unas 250 mil plantas de pistacho por año, que es igual a una superficie cultivada de 750 hectáreas de pistachos”.

Además, también producen el compost que antes compraban, fertilizante fundamental para la maceta en la que la planta de pistacho alumbra la vida. “Primero está un año en una maceta de 7 litros, y el material que lleva esa maceta, el sustrato, es arena, compost y turba” precisa Maximiliano.

“Ese compost integra un 20% del sustrato y lo producimos con todo lo que derrocha la agroindustria, sobre todo bodegas, con el escobajo de la uva, guano de gallina, de cabra y tierra”, detalla.

El 90% del pistacho que producen los Ighani lo procesan en su propia planta y todas sus versiones, como un snack en el caso del pistacho con cáscara, que puede ser tostado y salado, o tostado y al natural; o para la cocina gourmet, como el pistacho pelado.

Maximiliano resume el negocio del pistacho como un largo camino que no solo da frutos sino réditos: “Todo lo hemos hecho con mi viejo en conjunto, creciendo de forma planificada el 100%, no hubo créditos, ni nada, la verdad, que el pistacho tiene una rentabilidad tan alta que nos ha permitido, no solo vivir bien, sino crecer de forma genuina, sin endeudarnos”.

Etiquetas: economías regionalesfamilia ighanifiebre del pistachoiranmaximiliano ighanipistachopistesan juan
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