Aníbal Chiramberro tenía sólo 17 años cuando, desde el tambo familiar que había iniciado su abuelo italiano, se fue a Ayacucho a hacerse desde abajo. “Siempre lo recuerdo y no tengo problema en decirlo: salí a trabajar con dos mudas de ropa”, relata el histórico dirigente, a quien el tiempo y el sacrificio terminaron recompensando cuando, de peón rural raso, pudo convertirse en cabañero.
Que el título no engañe. Aníbal es un pequeño productor que sigue trabajando con su mujer a diario en la chacra, a quien poco le sobra y que sabe mucho de subsistencia. Le basta con recordar que se fue con una mano delante y otra atrás de su Tapalqué natal y que ha logrado criar dos hijos que hoy son profesionales.
El resto, es parte de la gimnasia que hace 50 años debe sostener a diario: la de producir a baja escala, diversificarse y atravesar de la mejor manera posible la caída en la rentabilidad que -casi de forma cíclica- atraviesan muchas de las ramas de la actividad agropecuaria.

Hoy es un dirigente de larga trayectoria dentro de la Federación Agraria, desde donde ha representado a muchos productores de su tipo. Pero la primera incursión en el sector fue, en realidad, por una necesidad personal. Esa proto-experiencia se remonta a 1997, cuando ingresó al Programa Social Agropecuario (PSA) junto a otras familias y llegó luego a ser elegido representante de otros grupos de productores.
El impulso lo llevó a ser socio fundador y primer presidente de la Asociación Productores Minifundistas de la Provincia de Buenos Aires (Promiba); y a tomar fuerza dentro de la Federación Agraria, donde dirigió la filial de Ayacucho en varias ocasiones. El siguiente salto fue como director del Distrito 10 de la entidad, cuando pasó a representar a varias localidades del centro bonaerense.
Le es inevitable, entonces, discutir cómo hace un pequeño productor para sobrevivir.
El nombre elegido para su cabaña ovina de raza Lincoln fue “La Realidad”, porque significó para él y su familia haber concretado un sueño muy perseguido y hasta inalcanzable. O al menos así parecía cuando se fue de su casa con apenas dos mudas de ropa, a “patear” en el lote y construir lentamente su propio planteo.
Además de la producción de lana y carne ovina, Aníbal también reserva lugar en su chacra para engordar cerdos, criar vacunos y producir alfalfa.
Son varios “huevos en diferentes canastas” que lo obligan a tomar todo el tiempo decisiones productivas. Cuando hay forraje y rentabilidad, se anima a engordar sus novillos; cuando el precio de la lana no es muy bueno -como ahora- apuesta fuerte por la carne -que igualmente carece de fuerte demanda-; y cuando el cerdo da ganancias, pone ahí su energía, capital y tiempo.
Es una suerte de malabarismo constante. Pero, dice el productor, “cuando la situación del país o de la economía es complicada, es la manera en que te podés ir salvando. Así te tenés que ir manejando para no caerte”.
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En el fondo, sin embargo, Aníbal admite que reserva su “corazón” productivo a la actividad ovina. Fue esa su primera apuesta, cuando, con los ahorros que juntaba como peón, iba comprando animales. Fue lo que le dio sus grandes alegrías, como consagrarse Gran Campeón en Palermo apenas iniciada su cabaña. Y es por lo que ha luchado casi desde siempre.
De hecho, entre las muchas mesas y comisiones que integró, este dirigente fue uno de los directores de la Unidad Ejecutora Provincial (UEP) Buenos Aires de la Ley Ovina, una normativa destinada a fomentar y extender la actividad en todo el país, pero finalmente eliminada y disuelta por el gobierno nacional el año pasado.
Desde allí, en representación de la Federación Agraria, Chiramberro recuerda haber impulsado hasta degustaciones para impulsar el consumo de carne ovina, aún hoy una de las grandes cuentas pendientes de la actividad y lo que no permite que crezca como alternativa a la ganadería.

“Sin hacer demasiados números, el cálculo es sencillo: ponés 5 borregos de 30 kilos en una hectárea con un poco de pastura, los dejas un año y salen con 100 kilos cada uno”, señala el productor.
Por eso lamenta que el consumo -y por ende los precios- no acompañen a la actividad, ya que tiene menos barreras de entrada y menos requisitos de capital que la ganadería convencional y permite a los pequeños productores sumar kilos y diversificarse.
La lana, por su parte, no ayuda. Y apenas basta a veces su precio para afrontar los gastos de esquila.
“Si no te ayuda el cerdo, te ayuda el ovino, y en otro momento te ayuda el vacuno. Todo depende de la rentabilidad”, explica el productor y dirigente, que reconoce que eso que suena muy liviano exige en realidad mucho esfuerzo, una toma de decisiones constante, y lidiar con la incertidumbre.
“Y así es como vas sobreviviendo a costa del sacrificio, sobre todo cuando faltan instalaciones o no podés usar las últimas herramientas. A mí, por ejemplo, una camioneta cero kilómetro me vendría bárbaro, pero no llego. Y ni hablar de comprar vaquillonas o instalar molinos y tanques”, afirma, sin dejar pasar la histórica deuda pendiente hacia el sector, que es el acceso al crédito incluso para los establecimientos pequeños.
“A veces no es que uno no quiera adaptarse o que no la vea”, termina su reflexión Anibal, que en parte no puede dejar de sentirse afortunado. A fin de cuentas, señala, sus dos hijos pudieron dedicarse a lo que querían y él, junto a su mujer, sostener ese proyecto productivo con el que soñó desde que era apenas un “changarín”.





