Un joven de 17 años estrena su moto en los caminos rurales. Viaja unos 15 kilómetros con la mochila al hombro y, haga frío o calor, esquiva varios pozos hasta llegar hasta la intersección con la ruta 20, donde lo espera el colectivo escolar.
Es el hijo de Javier Romero, pero podría ser cualquiera de los jóvenes de la zona rural de Punta Indio, donde hasta las tareas más sencillas y cotidianas se tornan imposibles debido al mal estado de la red vial.
Javier es puestero en una cabaña, donde vive junto a su mujer y su hijo y lucha contra el abandono. Hace 9 años que cuida allí a los animales, y hace mucho más tiempo que padece esta problemática, pero no habla siquiera de pérdidas productivas, sino de algo más elemental: de la supervivencia de esa y muchas otras familias que viven alejadas del égido urbano en el este bonaerense.

El tiempo lo fue acostumbrando a que muchas cosas cambiaran. Antes, el colectivo escolar bajaba de la ruta y recorría algunos kilómetros por los caminos de tierra, donde Javier acercaba a su hijo con el auto. Hoy, ni siquiera su vehículo le sirve para sortear los enormes pozos y roturas que tiene la traza, y llegar a la Escuela Secundaria N° 5, en el paraje La Viruta, se vuelve un desafío diario.
“Mi hijo se perdía muchos días de clase, porque los caminos están destruidos incluso cuando no llueve. Gracias a Dios le pudimos comprar una motito para que, por lo menos, llegue hasta el colectivo”, explicó su padre.
También él lo sufre en carne propia. Porque, como cualquier otro vecino, también tiene que hacer trámites, mandados o diligencias fuera del campo, que debe planifica muy minuciosamente para no quedar varado o demorar horas. “Es salir a romper el auto”, relata, acostumbrado a ver el más mínimo movimiento convertirse en una travesía diaria.

El establecimiento donde vive el puestero está ubicado en el partido de Magdalena, apenas a unos 4 o 5 kilómetros del límite con Punta Indio y unos 35 de Chascomús, donde vive su familia y está construyéndose su casa.
Dependiendo del camino que elija, sabe que verá una realidad muy diferente. “En Magdalena hay un mantenimiento espectacular y las calles están hermosas. Pero, en la zona que corresponde a Punta Indio, hace 9 años que estoy acá y nunca jamás pasó una máquina”, afirmó.
La únicas intervenciones que recuerda fueron privadas y parciales: alguna pasada de rastra o de motoniveladora realizada por la estancia o por vecinos en momentos de extrema necesidad. Por lo demás, es historia repetida. “Es un abandono total. No me parece que sea algo imposible de hacer, lo que falta es voluntad”, agregó.

Si los caminos estuvieran en buenas condiciones, Javier sólo debería recorrer unos 35 kilómetros hasta el centro de Chascomús, pero tiene que conformarse con haciendo rodeos del triple de esa distancia, esquivando las zonas más complicadas.
“Tengo que dar una vuelta de más de 100 kilómetros: salir de acá hacia Ferrari, de Ferrari a la ruta 36 y después agarrar para La Plata o para Bavio. Si quiero ir hacia Chascomús, tengo que agarrar la ruta 2. Cualquiera de las dos vueltas tiene más de 100 kilómetros”, explicó.
También tiene la posibilidad de hacerlo cruzando el “puente de los caños”, que cruza el río Samborombón, igual de abandonado y deteriorado que los caminos. “Cuando está seco se puede pasar. Es bastante peligroso, pero lo cruzamos. Cuando llueve se corta por completo y es imposible”, describió.
Hace ya varios años que los vecinos de la zona reclaman por las condiciones de ese paso entre Magdalena y Chascomús, pero sigue igual. Lo propio ha hecho Javier, reuniendo firmas para pedirle al intendente de Punta Indio, David Angueira, que arregle los caminos. También eso sigue igual.
En verdad, termina sintiéndose afortunado cuando, a pesar de las largas distancias, puede moverse por sus propios medios. Porque, “cuando la cosa se complica”, describe, es el encargado de la cabaña o algún vecino con 4×4 el que les lleva comida, las garrafas o lo que sea necesario.
“Gracias a Dios no hemos tenido que salir de urgencia ni pedir que ingrese una ambulancia o los bomberos”, deslizó Javier, que casi con desesperación pide soluciones con esa imagen en la cabeza.
Algunos se acostumbran a esa cotidianidad, sea por resignación, por cansancio, o porque no les queda otra. Otros, en cambio, terminan yéndose a buscar mejores oportunidades a otros lados. “A veces hasta a mí me da que pensar”, admite el puestero quien, como muchos de sus vecinos, se aferra al trabajo en el campo y se niega a pensar que les puede ganar el abandono.




