Argentina ingresó al segundo semestre del 2026 con una situación agrícola paradójica. A mediados de julio, las ventas con precio cerrado de soja, maíz y trigo de la campaña 2025/26 alcanzaban 58,2 millones de toneladas, un volumen 20% superior a la mediana histórica. De todos modos, quedaba mucho porcentaje de la cosecha, especialmente en soja, sin vender. Así lo indicó un informe de la Fundación Mediterránea, que arrojó algunas hipótesis de lo que podría suceder en el cierre de este año.
El dato disparador surge de los volúmenes de comercialización registrados hasta la primera mitad del año. Mientras que el maíz y el trigo tomaron la delantera, la soja presenta un rezago significativo. En concreto, en un contexto de cosechas muy voluminosas de ambos cereales, se vendieron 25,5 millones de toneladas de maíz, un 62% por encima de su mediana histórica; 18,2 millones de toneladas de trigo, lo que supone un 41% por encima de lo habitual; y apenas 14,6 millones de toneladas de soja, un 27% por debajo de su media y el tercer volumen más bajo en dieciséis años.
Cuando estos volúmenes se ponen en relación con la producción de cada ciclo, detalla el informe, el maíz lleva comercializado el 38% de la cosecha estimada, el trigo un 65%, y la soja un 29,4%.
“El resultado del segundo semestre no depende únicamente del tamaño de la cosecha, que ya está mayormente determinado, sino también de su calendario de comercialización. Los granos están disponibles; lo que permanece abierto es cuándo fijan su precio, cuándo ingresan al circuito económico y con qué velocidad se transforman en producción industrial, exportaciones y divisas”, resume el trabajo. Esta conclusión puede entenderse por varios factores.
En primer lugar está la capacidad financiera para postergar ventas, relacionada con la disponibilidad de liquidez. “Cuando los cereales tienen buenas cosechas y elevados volúmenes de venta, tal como sucede en esta campaña, estos ingresos pueden cubrir una proporción mayor de las necesidades de caja, reduciendo la necesidad de desprenderse inmediatamente de la soja”, explicaron desde la Fundación.

En segunda instancia se encuentra el rendimiento esperado de postergar la venta, lo que se comprende analizando el esquema actual de retenciones.
“La soja tributa un derecho de exportación del 24%, frente al 8,5% del maíz y el 5,5% del trigo. El gobierno anunció en mayo y oficializó en junio un cronograma de reducción gradual: la alícuota de la soja disminuirá 0,25 puntos porcentuales por mes durante 2027 y 0,5 puntos por mes durante 2028, hasta alcanzar el 21% a fines de 2027 y el 15% en diciembre de 2028. Con un precio FOB de referencia cercano a 470 dólares por tonelada, la reducción del 24% al 21% representa una mejora bruta de alrededor de 14 dólares por tonelada para fines del año próximo”, detallaron.
Teniendo en cuenta que la normativa permite registrar desde ahora operaciones de exportación con embarques a partir de enero de 2027 utilizando las alícuotas reducidas que correspondan, parte de ese beneficio se irá incorporando anticipadamente a los precios futuros.
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El tercer factor está dado por el valor de opción que genera la posibilidad de nuevas modificaciones en los derechos de exportación. Un ejemplo estuvo dado por la baja transitoria de las alícuotas a cero en septiembre de 2025, que hizo que las exportadoras liquiden al menos el 90% de las divisas dentro de los tres días hábiles posteriores a la registración de las DJVE. A ese antecedente se agregan las distintas ediciones del denominado “dólar soja” instrumentadas entre 2022 y 2023.
Si bien aquello no asegura que se replique una medida similar, sí inciden en las expectativas de los productores.
“Frente a la posibilidad de que aparezca una nueva ventana transitoria con mejores condiciones, conservar parte de la mercadería adquiere un valor económico adicional. La postergación de las ventas de soja no debería interpretarse, por lo tanto, como una conducta anómala o como una resistencia del sector a comercializar su producción. Es una decisión intertemporal en la que cada productor compara el precio neto disponible hoy con el que podría obtener más adelante”, afirmaron desde Fundación Mediterránea.
¿Pero cuánto grano podría comercializarse durante el resto de 2026? El informe barajó tres hipótesis posibles.
En un escenario de continuidad, la posición relativa de cada cultivo cambiaria poco y la comercialización recuperaría su ritmo histórico habitual aunque sin cerrar las brechas acumuladas. Para este caso el trabajo estimó ventas por 44,7 millones de toneladas durante el resto del año, con un ingreso bruto para los productores de 11.592 millones dólares y un valor potencial de exportación de 14.252 millones de dólares.
En un escenario de convergencia, las estimaciones arrojan que hacia fines de diciembre, el porcentaje vendido se aproximaría a la mediana histórica. Esto exige que el trigo y la soja aceleren sus ventas.
Respecto al caso anterior, la comercialización sumaría 6,6 millones de toneladas adicionales, lo que elevaría el ingreso bruto de los productores elevar en 2.289 millones de dólares y el valor potencial de las exportaciones en 2.968 millones.
Finalmente, en un escenario de adelantamiento, la comercialización sería más intensa que la habitual, hasta alcanzar una trayectoria cercana a la de las campañas históricamente más dinámicas. En este caso, las diferencias calculadas alcanzarían 13,2 millones de toneladas, 3.721 millones de dólares de ingreso para los productores, y 4.128 millones de dólares de capacidad exportadora adicional.
En cualquier caso, concluyeron, “una comercialización amplía la liquidez disponible para afrontar compromisos, financiar la nueva campaña, invertir y sostener el gasto en las regiones productivas. También incrementa la actividad del transporte, el acopio, la industria y los servicios vinculados, eleva la base sobre la que se recaudan impuestos y aumenta la oferta exportable”.





