Nicolás Bertram es un investigador de INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) con uan vastísima experiencia. Recibido de Ingeniero Agrónomo en la Universidad Nacional de Rosario y como Magíster en Producción Animal por la Universidad Nacional de mar del Plata, desde 2004 desarrolla tareas de investigación y extensión entre las EEA Marcos Juárez y Balcarce. Su especialización es la producción forrajera, la ecofisiología de pasturas y el manejo de especies en ambientes restrictivos.
Sin recurrir a todo esa currícula que nosotros reconstruimos brevemente, Nicolás envió este texto a Bichos de Campo, que resume su sentimiento y sensaciones frente al visible proceso de ajuste que vive el organismo, en medio de un retiro voluntario al que decidieron adherir casi 900 trabajadores como él.
Este es el texto:

Ingresé recién recibido allá por el 2004, a una institución que era un emblema nacional, considerada por muchos la nave insignia del agro, reconocida también a nivel internacional, la cual había sido diezmada en la década de los 90 por un proceso de achicamiento, recorte o desmantelamiento, momento en el país de venta y privatizaciones de edificios y empresas públicas.
En esta institución quedaban técnicos de renombre que habían resistido ese embate, otros tantos de igual jerarquía se habían ido, o los habían ido. Muchos de los técnicos que quedaban los había leído en la facultad mientras estudiaba. Eran historia viviente, habían generado gran parte de la información y el conocimiento que aprendimos para después aplicarlo en nuestra vida profesional.
Era un pequeño orgullo transitar la vida laboral con ellos, analizar datos, llevar ensayos, abrir tranqueras, ser parte de la generación de ese conocimiento que iba a ser utilizado, una vez validado, por productores, asesores, profesores y alumnos para un mejor vivir de una sociedad que históricamente se mereció un presente mejor.
Mi ingreso coincide de manera no casual con el ingreso de una oleada de gente joven que tenía como objetivo comenzar con un proceso de recuperación y reconstrucción de esta institución desmantelada. Era gente joven, entusiasta, con ganas de aprender y hacer. Ese conjunto de jóvenes -proveniente de Universidades públicas casi en su totalidad-, se capacitó, hizo posgrados dentro y fuera del país. Ese proceso fue impulsado y acompañado por una idea de Nación, que sumado a decisiones pragmáticas de un gobierno que intentaba recuperar el tiempo perdido, de una gestión que entendía que este tipo de acciones no representaban un gasto sino una inversión.
El tiempo pasó y ese entusiasmo se fue transformando en mayor profesionalismo y cariño por la institución. Nuevos proyectos asociados a distintas temáticas y vinculados entre sí nos hacían jugar mejor entre técnicos, entre compañeros de diferentes latitudes, de un país muy extenso para abarcarlo. Trabajábamos en red olvidándonos de los límites provinciales, eran desafíos muy ambiciosos. Sin embargo en la dirección técnica había referentes que nos hacían jugar bien, muy bien, cada vez mejor, y ese cariño y profesionalismo se transformó en un sentimiento de pertenencia y profunda lealtad, en devoción por lo que hacíamos y para quiénes lo hacíamos. No hablo solamente de productores, sino que me refiero al pueblo, entendiendo que éramos parte de una transformación, que buscaba incrementar y mejorar la generación de tecnología de insumos y sobre todo de procesos, explicando cómo aumentar la producción de la mano de la estabilidad económica, social y ambiental de los sistemas.
Ese viento de cola se terminó hace aproximadamente 10 años, cuando cambian los gobiernos y el proyecto de país es otro, muta, se transforma. Pero, ¿qué debe hacer uno dentro de una institución de ciencia y técnica en la que ya se tomó una dirección y una velocidad? ¿Debe aceptar y conceder o resistir? Pienso inmediatamente en los profesionales que transitaron la década de los 90. Inevitablemente llegan tiempos de achique de un Estado que a partir de ahora se considera vago, bobo, inútil, ineficiente.
Qué difícil mantener el orgullo de ser trabajador del Estado, que a diario se te infle el pecho cuando te levantas a la mañana por lo que estás haciendo, por el pequeño aporte a un país que te dio todo y al que querés devolverle aunque sea algo, estar al servicio de todos los argentinos, pero sobre todo pensando en aquellos a los que los beneficios le llegan más tardíamente o en los que nunca les llegaron.
Hay una frase de Atahualpa que dice que algunos tenemos que ser trueno para que otros vean llover. Creo que en nuestro caso particular nos tocó en una primera instancia disfrutar del agua de lluvia y ahora nos toca ser trueno. Cambiaron los vientos y empezamos a tolerar la erosión y el maltrato, la desinversión, la nula restitución de los trabajadores que se fueron jubilando, la pulverización de salarios, sumado a las reiteradas invitaciones a que nos vayamos de la institución. La última es la que se termina de dar, invitando “exitosamente” a la que alrededor de 900 compañeros muy formados se vayan, 900 compañeros que aguantaron todo tipo de agresiones, muchos de los cuales la diaria se les hizo muy cuesta arriba, como a la mayoría de los trabajadores argentinos.
Después quedamos los que por diferentes razones seguimos resistiendo el embate, el maltrato, el achique, porque pensamos en los que aguantaron los 90, en muchos que ya no están, en los que fueron imprescindibles para nuestra formación, porque seguimos creyendo que es el lugar para aportar y resistir, porque creemos en la mística de nuestra institución, porque pertenecemos acá, porque apostamos a la ciencia y técnica, al desarrollo de un país, a mantener el legado de la institución, a ser trueno.
Es una cosa que es muy difícil de explicar a los desreguladores, a los que no tienen pertenencia, a los que solo ven el pasaje por la función pública no un servicio al otro sino como una oportunidad de hacer negociados.
Ojalá estos momentos sirvan para ser conscientes de quiénes son los que aportan a diario en nuestra sociedad y los que no. Ojalá como sociedad aprendamos y salgamos mejores de esto. Ojalá entendamos que hay instituciones que solamente deben tocarse para mejorarlas y no para desmantelarlas. En otros momentos la sociedad argentina entendió esto, con lo cual no debería ser esto una utopía.
La institución de la cual les hablo es el INTA, pero tranquilamente el relato podría encajar en el INTI, en CONICET, en cualquier Facultad de cualquier Universidad Nacional, en los Hospitales o escuelas públicas, u otros.
Nicolás Bertram




