En el Chaco ya casi no quedan productores dedicados exclusivamente al algodón, como era antiguamente, casi un monocultuvo. Gracias a las nuevas variedades de soja y otros cultivos adaptados al clima del norte, lo que se encuentra ahora en la zona agrícola de esa provincia son agricultores que siembran trigo, soja, girasol, maíz y hasta carinata. Entre todas esas opciones, sobrevive el algodón.
Carlos Víctor Talalay representa con bastante precisión esa transformación. Produce en la zona de Tres Isletas y creció en una familia que durante muchos años se dedicó solamente al cultivo de la fibra.
“Años atrás éramos más algodoneros. Hubo años en los que hacíamos algodón y nada más, pero hoy hacemos un poco de todo”, contó el productor a Bichos de Campo.
La diversificación no resultó en un abandono de la identidad algodonera, sino una estrategia para reducir riesgos, ordenar las rotaciones y distribuir los ingresos a lo largo del año.
Mirá la entrevista:
“Nos extendimos a sembrar más y se siembra un poco de todo para no correr riesgos por una sola cosa”, explicó Talalay.
La incorporación de trigo, soja, girasol, maíz y hasta cultivos de tercera generación como la carinata (cuyos granos se utilizan para la alaboración de biocombustibles para la aviación) también les permite disponer de ingresos en distintos momentos del año. El algodón, en cambio, tiene un ciclo más largo y obliga a esperar mucho más entre la siembra y el momento de la cosecha y la comercialización.
“Tenemos todo el año entrada de plata y eso nos ayuda a seguir, porque si hacemos solamente algodón es muy largo el trecho”, señaló el agricultor.
El otro argumento central para diversificar es agronómico. Talalay aseguró que en su establecimiento prestan mucha atención a las rotaciones para conservar la salud del suelo y sostener la productividad de los lotes.
El algodón tiene allí una relación ambivalente con el sistema. Por un lado, es una alternativa importante dentro de la secuencia agrícola. Por otro, deja muy poco rastrojo y obliga a pensar cuidadosamente qué lote se destinará al cultivo.
“El algodón no deja nada de cobertura. Rastrojo deja muy poco. Entonces, por ese tema, hay algunos lotes que uno mezquina y no los quiere hacer con algodón”, explicó.

La decisión de sembrarlo tampoco puede apoyarse únicamente en la tradición. Antes de cada campaña, la familia compara los márgenes posibles y define cuánto destinará al algodón y cuánto al girasol, al maíz o a las demás alternativas.
Pero los números no son el único criterio. “Somos algodoneros de toda la vida”, reconoció Talalay.
El productor admitió que existe un “corazoncito algodonero”, reconociendo que hay cultivos que permanecen dentro de la rotación aún cuando circunstancialmente no resulten rentables. Puso como otro ejemplo al trigo, que puede dejar un margen reducido, pero cumple una función necesaria en la cobertura y el manejo del suelo.
El algodón, además, exige una inversión más alta que otras alternativas agrícolas. Solamente la semilla puede representar cerca de 100 dólares por hectárea, a lo que luego deben sumarse los demás costos de implantación, protección y cosecha. “Es caro sembrar algodón”, resumió Talalay.
Esa inversión eleva el riesgo cuando las lluvias no acompañan. Sin embargo, el productor destacó una característica que explica por qué el cultivo logró permanecer durante generaciones en el territorio chaqueño: su capacidad para resistir condiciones adversas y recuperarse.
“El algodón siempre fue un cultivo del Chaco y se la banca. Por ahí viene una seca, después llueve y el algodón reacciona de vuelta. Siempre algo se cosecha”, afirmó.
Otros cultivos, señaló, pueden sufrir un daño irreversible durante una sequía. El algodón, en cambio, suele tener una mayor capacidad de recuperación si las precipitaciones regresan a tiempo.

Esa rusticidad no elimina los problemas tecnológicos. El picudo continúa siendo la principal plaga, mientras que el control de malezas se convirtió en otro de los grandes desafíos cotidianos.
Talalay explicó que las herramientas disponibles tienen ventanas de aplicación limitadas. Cuando el cultivo crece y se aproxima al cierre de los surcos, las malezas pueden escapar del control y complicar tanto el desarrollo de las plantas como la posterior cosecha. Por eso considera necesario contar con materiales que amplíen las posibilidades de aplicación de herbicidas y faciliten el manejo durante etapas más avanzadas del cultivo.
“Hay que probar. Hay que sembrar un año y ver cómo se comporta”, afirmó sobre las nuevas tecnologías que comienzan a ofrecerse para el algodón.
A pesar de las dificultades, los costos y la competencia de cultivos más sencillos, Talalay no imagina un Chaco sin algodones. “El Chaco fue siempre del algodón y se va a seguir sembrando algodón”, aseguró.
En su familia, aquella relación ya atravesó por lo menos tres generaciones. Su padre comenzó con el cultivo, él creció entre los lotes algodoneros y ahora sus hijos también trabajan en el campo.
La pasión, de todos modos, no se distribuyó de manera idéntica entre ess generaciones. “Hay uno al que le gusta más el algodón y otro al que no tanto”, contó entre risas.
Pero los dos continúan vinculados con la producción. Y eso le alcanza para confiar en que, además de los números, las rotaciones y las nuevas tecnologías, seguirá existiendo en Tres Isletas una nueva generación dispuesta a sembrar la fibra.
“Están alineados en el campo, así que van a seguir sembrando”, concluyó.




