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Carlos Montefusco, el ingeniero zootecnista que un día se puso a dibujar: “Lo que más disfruto es ver cómo la gente de campo se siente representada en mis obras”

Esteban “El Colorado” López por Esteban “El Colorado” López
23 enero, 2022

Carlos Montefusco nació en el barrio La Crucecita de la ciudad de Avellaneda y desde 1997 vive en las afueras de Tandil. Lleva toda una vida leyendo e investigando de modo apasionado, autodidacta y con la responsabilidad de una base científica, sobre nuestra cultura, nuestros orígenes nativos y criollos, nuestra identidad. Ha puesto especial atención en la prehistoria de nuestro territorio nacional, sobre todo en la fauna y la flora de la pampa húmeda, como también en la ciencia histórica de nuestra nación.

De ingeniero zootecnista la vida lo llevó a plasmar esos conocimientos a través de su arte plástico, como pintor y escultor costumbrista. Algunos lo consideran un continuador de la obra de Florencio Molina Campos. Expuso su primera obra pictórica en 1993, y ya lleva 30 años con unas 600 obras de arte realizadas. Hoy su obra está presente en colecciones privadas y de modo masivo, en almanaques libros y revistas. 

-¿Siendo de origen ciudadano, cuándo te nació esa pasión por el campo?  

-A mi padre, en Italia después de la segunda guerra mundial, le escribía un tío desde acá, diciéndole: ‘Venite que acá la tierra es tan fértil que se puntea con los pies’. Y a él le quedó un amor por la tierra para siempre. Mi madre era de familia de cosacos rusos cuya vida estuvo ligada al campo y a los caballos. Mi abuela paterna me transmitió el amor por la huerta y las gallinas en el fondo de la casa, tan común en las familias de inmigrantes. Cuando fui adolescente, en Avellaneda, empecé a escaparme en bicicleta a la ribera del río de La Plata, donde estaban los quinteros europeos que producían verduras y frutas, muchos viñedos y hacían vino patero. Allí conocí a Don Valeriano, un paisano que provenía de La Pampa y me hablaba de boleadoras, caballos y pajonales que yo desconocía, generándome una gran atracción por la cultura criolla. Ese río, con su horizonte sin límites, me fascinaba y llegué a ver a una cuadrilla de pescadores metiéndose de a caballo con una red para sacar sábalos y luego los cargaban en un Rastrojero. Muchos años después, ya siendo artista, encontré registros de que cargaban los sábalos en carretas tiradas por bueyes. Todo eso me inclinó a querer estudiar una carrera que me permitiera trabajar en el campo. 

-¿Y cómo llegaste a la pintura?

-Mi padre era dibujante técnico y yo empecé a imitarlo desde chico. Ya en la primaria me destacaba por mi facilidad para dibujar. Tanto, que en cuarto grado recibí un premio del diario La Nación. Entonces mi madre me mandó a tomar clases de dibujo publicitario a una academia Pitman con el profesor Jáuregui, quien me enseñó la técnica básica del dibujo y del color. Lo hice apenas por un año, porque tuve que hacer la ‘colimba’ y allí me pedían que hiciera caricaturas, que me salían con facilidad. Al regresar estudié con el humorista Carlos Garaycochea. Pero suspendí mis estudios de arte para estudiar la carrera de ingeniero zootecnista, en la Facultad de Ciencias Agrarias de Lomas de Zamora. Hoy me arrepiento de no haber seguido estudiando arte.

-Para algo debe haber servido la facultad, de todos modos…

-En mi época de Facultad aprendí a andar a caballo en los campos de mis compañeros. Fue mi primera experiencia de la llanura, con sus grandes cielos y sus dilatados horizontes. Esas dos pasiones me duran hasta hoy, que tengo mi caballo ‘Vazco’, bayo encerado. Me recibí y me fui a trabajar a unos campos del sur de Córdoba. Luego, fui asesor de un grupo de chacareros en el partido de Saladillo. Ellos me propusieron como técnico para Cambio Rural, del INTA. A partir de 1988 fui contratado como dibujante humorístico por la revista Dinámica Rural. También participé en la revista Chasque surero. 

 

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-¿Y cuando fue que una carrera se impuso sobre la otra?

-En ese año, 1993, me encontré con el renombrado artista plástico costumbrista Gustavo Solari y le mostré mis dibujos. Le gustaron y me invitó a exponer junto a él y al pintor Julián Althabe en una galería de Tandil. Me fue muy bien con mis cuadros: llevé 7 obras y vendí 5. Y me dije: ‘es por acá’. Hasta ese momento yo pensaba que siempre trabajaría de zootecnista y de artista a la vez, pero en esos tiempos mi trabajo rural estaba complicado por las inundaciones de los ’90. Mientras, me fue cada vez mejor en el arte y elegí ser sólo artista. Desde 1994 expuse en Buenos Aires hasta que en 2006 empecé a exponer en la talabartería Arandú, con mucho éxito en ambos casos. En 2004 había participado de una muestra en el Museo Nacional del Cowboy, en Oklahoma, Estados Unidos, y una de mis obras pasó a integrar el patrimonio de dicho museo. Solari amplió mis conocimientos bibliográficos. Gracias a él empecé a valorar más a Marenco y me enamoré de Molina Campos. Me incliné hacia la caricatura y noté que con este estilo humorístico podía llegar a todo el mundo, en especial a los niños. En mi estilo elegí respetar la anatomía de los animales y en 2009 la revista Range me invitó a Estados Unidos a asistir a un ciclo de clases sobre escultura y anatomía del caballo. Luego de esto empecé a realizar esculturas en bronces. 

.Después tu vida artística se abrió como un abanico…

-Sí, en 2015 el diario La Nación me convocó para ilustrar el Martín Fierro, que sacó en fascículos durante un año. Fue un trabajo muy arduo. En 2016 mi amigo, el Padre Pablo González, me sugirió difundir la obra del Padre Brochero en un libro con textos e ilustraciones: “Brochero, arreando almas al cielo”. Soy creyente y me gustó divulgarlo porque fue y es un modelo de vida. Te cuento que es de mi autoría la cabeza de Hereford que la Asociación Argentina de Criadores difunde como su isotipo y me emociona verla en los autos. En 2017 Raúl Carman presentó su libro “Bichos de campo”, totalmente ilustrado por mí. He compartido algunos viajes a Estados Unidos con mis amigos sogueros Pablo Lozano y Armando Deferrari, y fue maravilloso cómo nos recibieron allá, como embajadores de nuestra cultura.

-¿Y qué es eso de la fauna prehistórica?

-Además me interesé por la megafauna prehistórica de la llanura pampeana y comencé a ejercer el paleoarte de recrear a ciertos animales que habitaron durante el Pleistoceno –desde hace 2,58 millones de años hasta hace 12.000 años- como Tigres ‘dientes de sable’ sudamericanos, Osos de la llanura y Mastodontes. Luego, por dos caballos prehistóricos, el Hippidion y el Amerhippus, que vivieron en la última etapa. 

-Hablanos de tu público y de tu familia.  

-Vivo en Tandil desde 1997 con mi señora y mis dos hijos. La pandemia me impidió exponer y deseo volver a hacerlo. Mis mañanas son sagradas y las dedico a mi arte. Lo que más disfruto es ver cómo la gente de campo se siente representada en mis obras, me retroalimenta, me sugiere temas, me inspira y me invita a sus pagos. Porque nota que lo hago con respeto. Mi mayor obra de arte es mi familia.

Como despedida, Montefusco nos invita a ver uno de cuatro videos cortos en los que presento algunas de sus obras pictóricas y acuarelas en forma animada. Las imágenes son acompañadas por un texto educativo de su autoría y relatados con su propia voz: “Teritos”:

 

Etiquetas: artistas de campocarlos montefuscocostumbrismomolina campospintorestandil
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