Mandarinas que quedan sin cosechar, porque no vale la pena. Fruta que termina en el piso en lotes que comienzan a mostrar signos de abandono. La crisis que atraviesa la citricultura del noreste entrerriano y el sur correntino ya dejó de expresarse solamente en los precios y comenzó a verse directamente en las quintas.
“Es una crisis que hacía años que no se vivía. Es una campaña especialmente muy complicada”, resumió Pablo Molo, presidente de la Federación del Citrus de Entre Ríos (Fecier), durante una recorrida con Bichos de Campo por la zona productiva.
El escenario combina varios factores que lo explican. Hay mucha fruta disponible, una demanda interna debilitada, mercados externos que perdieron peso y una industria juguera que tampoco tiene capacidad para absorber todo el excedente, o l hace a muy bajo pecio, sin compensar los costos de producción.
Según explicó el dirigente citrícola, las exportaciones de cítricos dulces absorben actualmente apenas entre 8% y 9% de la producción. “Nunca estuvimos en un nivel tan bajo”, lamentó. Ese dato fue confirmado por la otra cámara que representa al sector, la Cecnea, que agrupa a los empaques exportadores. Los embarques no traccionan.
La consecuencia es que buena parte de esa fruta que antes encontraba una salida al exterior termina presionando sobre el mercado interno. Y cuando tampoco consigue colocarse allí, busca como último destino una industria que también está saturada.

Al mismo tiempo, el consumo doméstico no acompaña. “Lo que producimos como cítricos dulces es un postre y por ahí la gente también se abstiene de consumirlo”, explicó Pablo.
A esa retracción le agregó otro fenómeno: una mayor presencia durante todo el año de frutas tropicales importadas, que antes tenían una participación más estacional y ahora disputan el mismo lugar en las góndolas. Incluso aparecieron en el mercado argentino naranjas provenientes de Egipto.
El resultado de esa combinación se refleja con crudeza en los precios. De acuerdo con un estudio citado por el dirigente de Fecier, producir actualmente un kilo de cítricos dulces demanda entre 115 y 120 pesos. Sin embargo, durante distintos momentos de la campaña hubo fruta que llegó a venderse en planta por apenas 30, 40 o 50 pesos por kilo, dependiendo de la variedad.
Con el avance de la temporada algunos valores mejoraron. Actualmente hay variedades que se comercializan entre 80 y 100 pesos y solo algunas determinadas variedades de mandarinas consiguen superar el costo de producción. Pero para buena parte de la naranja los números continúan sin cerrar.
La Valencia, cuya cosecha comienza por estos meses, se estaba negociando en algunos lotes alrededor de los 100 pesos por kilo. “Estamos muy por debajo del costo de producción”, resumió Molo.
Esa ecuación explica otra de las imágenes que se observan durante la recorrida por la región: hay quintas donde directamente no conviene levantar la fruta. “Hay lotes que se están cayendo por pasados de maduración y lotes que no se pueden cosechar porque hoy está prácticamente más caro un servicio de cosecha y flete que lo que te están pagando por la fruta al chacarero en la quinta”, señaló el dirigente de esa economía regional.
El problema también empieza a trasladarse al empleo. En una actividad que demanda mucha mano de obra, el citricultor aseguró que ya existen trabajadores desocupados porque parte de esa producción no está siendo cosechada.
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Pero la preocupación de los citricultores no termina en la campaña actual. El temor es que la falta de rentabilidad de 2026 termine condicionando también la producción de 2027. Sucede que la primavera y el verano son meses en los que las quintas necesitan nuevas inversiones para sostener su producción. Si el productor no logra cubrir siquiera sus costos, ese ajuste termina haciéndose dentro del establecimiento.
“¿En qué se van a basar esos 20 o 30 pesos por kilo de pérdida? En no invertirle a la quinta justamente. Y ahí es donde nos va a flaquear la próxima campaña”, explicó Molo.
Por eso Pablo anticipó que el efecto completo de esta crisis regional posiblemente recién pueda medirse el año próximo. “Va a faltar kilo, va a faltar calidad en 2027”, advirtió.

Hay otra señal que refuerza ese diagnóstico. Debido a las normas sanitarias destinadas a prevenir el HLB, las plantas cítricas deben producirse en viveros bajo cubierta, y por eso la cantidad de plantines para renovar las plantaciones es otro indicador clave. Esta temporada, según contó el dirigente, existe allí un sobrante de plantas que en otros años no era habitual.
“Ahí te das cuenta de que la gente hoy no está reponiendo lotes, no está replantando y tampoco está haciendo lo nuevo”, afirmó.
La elevada oferta de fruta de esta campaña tiene también una explicación productiva. Pablo sostuvo que, más que una cosecha excepcional, la actual debería considerarse una producción normal para quintas que recibieron inversiones durante los últimos años.
Sucede que los últimos años no fueron malos y buena parte de los citricultores destinó esos ingresos a mejorar sus establecimientos, incorporando riego, reconvirtiendo lotes y sumando variedades. “El 90% de los citricultores hemos reinvertido nuevamente en la citricultura”, estimó Molo, que agregó: “La ganancia de esos buenos años la hemos reconvertido en más citricultura, en más producción”.
Ahora esas quintas están expresando su verdadero potencial productivo, pero lo hacen justo cuando faltan destinos capaces de absorber la fruta. Esa es la paradoja del momento.
Con un agravante: a los bajos precios se suma una estructura de costos que se encareció sensiblemente. Entre los rubros que más preocupan aparece el combustible. “El gasoil antes estaba en segunda, tercera o cuarta línea de gasto y hoy es el primer gasto fundamental que tenemos”, afirmó Pablo. De más está recordar que con la excusa de la guerra los previos de ese insumo pasaron de cerca de 1 dólar por litro a casi 1,5 dólares.
“La citricultura la movemos a combustible. Combustible, energía eléctrica, mano de obra: todos los factores fueron subiendo y hoy la mercadería está al mismo precio que el año pasado”, añadió Molo en su explicación de la actual crisis.
La dimensión social del problema es especialmente importante en el norte entrerriano. De acuerdo con los números aportados por Pablo, solamente en el departamento Federación existen entre 1.600 y 1.700 productores citrícolas, a los que se suman alrededor de 300 en Concordia. Del otro lado del límite provincial, los productores correntinos enfrentan una dinámica semejante.

“Hoy no hay una política estable, no tenemos un horizonte”, sostuvo el dirigente, que reclama políticas específicas para las economías regionales y medidas que permitan reducir costos y recuperar competitividad, especialmente para volver a ganar mercados externos. Recordó que durante otras crisis los productores realizaron marchas y manifestaciones. Y avisó: “No queremos llegar a eso. Pero el hilo se empieza a afinar cada vez más y no sé en qué podemos llegar a terminar”.
También reclamó modificaciones en materia laboral y explicó que, aunque existe diálogo con el gobierno provincial, buena parte de las decisiones dependen de Nación.
En una región caracterizada por parcelas relativamente pequeñas, tampoco existen demasiadas alternativas extensivas que puedan reemplazar fácilmente al citrus. “Por algo se le llama la cuna de la citricultura”, señaló Pablo, que nació y se crió entre quintas.
“Creo que es lo único que sabemos hacer. Vivimos de esto”, contó. Sus propios hijos continuaron dentro de la actividad. “Sería una pena perderlo, pero tengo esperanza y tengo fe de que no se pierda. Esto se va a tener que recomponer en algún momento”, se despidió.





