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Miguel Rosbaco recuerda bien cuando en 2001 les pagaban la fruta con bonos: Ahora que la crisis ronda de nuevo se alegra de formar parte de una cooperativa que construyó la mayor industria citrícola de Corrientes

Bichos de campo por Bichos de campo
20 septiembre, 2026

Miguel Rosbaco tenía poco más de 30 años cuando aprendió de la peor manera que producir buenas naranjas y mandarinas no garantizaba poder vivir de ellas. Se acercaba la crisis de 2001, los compradores escaseaban y cuando finalmente alguno aparecía les pagaba la fruta con bonos provinciales que en la práctica valían mucho menos que el precio escrito sobre el papel.

“Tenías la fruta y no tenías a quién venderle”, rememora.

Aquella crisis terminó siendo el puntapié inicial para la Cooperativa San Francisco, que un grupo de pequeños y medianos productores constituyó en abril de 2002 en pleno macizo citrícola de Monte Caseros para resolver inicialmente un problema bastante elemental: dejar de esperar que alguien llegara hasta sus chacras y decidiera cuánto valía lo que habían producido.

Veinticuatro años después, Rosbaco sabe que la citricultura está ingresando a una crisis parecida, pues sobra fruta, cae el consumo y los precios se deprimen. Pero ya no siente tanto temor porque aquella organización se convirtió en la mayor empresa citrícola de Corrientes. La cooperativa tiene un empaque, realiza exportaciones y sobre todo pudo construir una industria de jugos. Genera unos 70 empleos directos y alrededor de 400 indirectos.

En diálogo con Bichos de Campo, y enfrente de una nueva crisis de la citricultura, Rosbaco ratifica que aquella decisión vuelve a cobrar sentido.

Mirá la entrevista completa:

Rosbaco nació en el campo, en Colonia San Francisco, y allí continúa viviendo. Actualmente tiene unas 200 hectáreas de cítricos, aunque cuando comenzó aquella aventura cooperativa era un productor bastante más pequeño. “Comenzamos con toda la ilusión, muy jóvenes”, recordó.

La citricultura -como todas las actividades frutícolas- tiene una particularidad que vuelve especialmente vulnerable al productor primario. Una planta necesita alrededor de seis o siete años para comenzar a producir y ofrecer rentabilidad. Durante ese largo tiempo entre la inversión y la cosecha, pueden cambiar las variedades demandadas por los mercados y, especialmente en la Argentina, las condiciones económicas.

Cuando finalmente llega la cosecha, además, la fruta no puede guardarse indefinidamente esperando mejores precios.

“Te encontrás con que produjiste una mandarina, una naranja, cuidaste durante seis o siete años la planta y un año desde que florece hasta que te da para cosechar, y en el momento comercial no tenés a quién venderle”, explicó.

Eso fue exactamente lo que les ocurrió durante la crisis que comenzó a gestarse hacia 2001. En aquellos años circulaban las cuasimonedas provinciales y Corrientes tenía sus propios bonos. Según recuerda Rosbaco, los compradores llegaban con esos papeles para pagar la fruta. “Eso de movida valía la mitad. O sea que tu fruta la vendiste a un precio al comprador, pero cuando te pagó, te pagó la mitad”, contó.

La respuesta de aquel grupo de citricultores correntinos fue asociarse para defender sus naranjas y mandarinas. “Consideramos que la única alternativa que teníamos era formar una cooperativa y juntos poder montar alguna forma de darle salida a nuestra producción. Por sí solos éramos pequeños productores o productores muy chiquitos o medianos y no lo podíamos lograr”, explicó.

El primer objetivo fue construir un empaque y hacer algo que entonces estaba mucho más asociado con las grandes compañías: exportar directamente fruta fresca. El terreno donde hoy funciona la Cooperativa San Francisco era una plantación de sandías cuando lo compraron. Desde allí comenzaron en 2005 sus primeras exportaciones hacia Rusia.

Después fueron buscando mercados menos tradicionales donde una cooperativa relativamente pequeña pudiera encontrar oportunidades sin enfrentarse directamente con las grandes exportadoras argentinas ya instaladas en Europa. Así llegaron hasta distintos destinos de Medio Oriente y Asia e incluso participaron del proceso oficial, secundando a Senasa, para ´pder abrir Filipinas a los cítricos argentinos.

En esa búsqueda hubo experiencias bastante particulares. Una fue exportar por avión fruta fresca con hojas, un producto valorado en determinados mercados porque ofrece al consumidor una imagen de mayor frescura.

Pero el empaque y la exportación solucionaban solamente una parte del problema. Entre 40% y 50% de los cítricos producidos, estimó Rosbaco, pueden quedar afuera del mercado fresco por cuestiones de tamaño o apariencia. No necesariamente tienen problemas de sabor o calidad interna: simplemente una naranja demasiado chica o con defectos en la cáscara difícilmente termine elegida en una verdulería.

Durante años, esa fruta de poca calidad comercial tenía muy pocas alternativas. “Las industrias estaban de alguna manera monopolizadas por tres o cuatro empresas grandes que fijaban el precio de la materia prima en función de la oferta y no del precio del producto final”, sostuvo.

Para esas industrias, aquella naranja o mandarina era un descarte. Para el productor, en cambio, seguía siendo el resultado de meses de trabajo. Los más pequeños estaban todavía peor, ya que muchas veces ni siquiera podían afrontar la logística necesaria para trasladar esa fruta más de 100 kilómetros hasta una fábrica. “Directamente se les caía la fruta al suelo”, recordó Miguel.

Entonces llegó el segundo gran paso de la cooperativa: construir su propia industria para transformar naranja, mandarina, limón y pomelo en jugo.

La Cooperativa San Francisco no recibe únicamente la producción de sus asociados. Rosbaco asegura que los productores de menor escala “generalmente cosechan, la traen con su camioneta, con su tractor o con lo que sea. Y el valor que cobran es exactamente el mismo valor que cobra un productor grande”, afirmó.

Según Rosbaco, esa salida permitió que algunas quintas que estaban camino al abandono volvieran a recibir cuidados. “Muchos productores chicos que prácticamente estaban desapareciendo y abandonando sus plantaciones volvieron a cuidarlas”, señaló.

Ahora la citricultura regional atraviesa nuevamente un momento complicado. Los bajos precios y los costos de producción están dejando fruta sin cosechar y empujando a productores fuera de la actividad.

Pero Rosbaco encuentra una diferencia respecto de aquella crisis que dio nacimiento a la cooperativa: ellos ya no están esperando pasivamente que aparezca alguien dispuesto a comprar. “Hoy nos encuentra con una situación distinta, con una cadena comercial de alguna manera firme y una proyección de poder comercializar nuestra fruta”, explicó.

Aunque para Miguel, el problema estructural del productor citrícola sigue siendo el mismo: casi todo lo que compra tiene un precio conocido, pero aquello que vende no. “Voy a comprar fertilizante, vale tantos dólares; combustible o lo que sea, tiene un precio. Menos la fruta. Es lo único que no tiene precio”, graficó.

A diferencia de otros productos agropecuarios, sostiene, el citricultor difícilmente pueda decidir que no venderá hasta obtener determinada cotización. La fruta madura y en algún momento debe salir.

Allí considera que la cooperativa cumple otra función de importancia, que es la de establecer una referencia que impida que cada pequeño productor quede completamente solo frente al comprador.

“Yo creo que la Cooperativa contribuyó muchísimo a que en la zona se siga plantando citrus y se sigan manteniendo muchos productores”, afirmó con orgullo el directivo.

Esa lógica asociativa terminó atravesando buena parte de su vida. Hoy Rosbaco es un productor mediano y mira hacia atrás preguntándose qué habría ocurrido si aquel grupo de treintañeros hubiera decidido seguir esperando compradores en lugar de organizarse. Probablemente, piensa, muchos ya no serían productores. Y reconstruir lo perdido tampoco resulta sencillo. Muchas plantaciones de la región tienen detrás 70 u 80 años de historia familiar.

“El campo para el productor es todo. Es su casa, su forma de vida y su trabajo. Es lo que mamó de chiquito, son los recuerdos de su abuelo, de su bisabuelo”, dijo.

“Uno quiere seguir viviendo en el campo”, resumió Rosbaco. “Pero a veces no es tan fácil”.

Etiquetas: citriculturacooperativa san franciscocooperativismocorrientesindustria jugueramiguel rosbacomonte caserosnaranjas y mandarinas
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Comentarios 1

  1. Fabia says:
    1 mes hace

    Están exportando a Europa y Asia y quieren decir que está en crisis ??? Bichos del campo se debería llamar peronchos del campo !!!

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