A Juan Adolfo Lafontaine le causa cierta satisfacción que su hijo, Nicolás, reconozca y celebre hoy el rumbo que decidió tomar hace más de 25 años. En el campo familiar, donde funciona la cabaña Los Tigres, cerca de la localidad bonaerense de Azul, una búsqueda genética, que en un principio podía parecer bastante ambiciosa, terminó convirtiéndose en una tarea de varias décadas.
Lafontaine recuerda que durante los años 70 comenzó a imponerse internacionalmente un nuevo tipo de animal, el llamado new type, que privilegiaba bovinos más magros, con mucha musculatura y gran potencial de crecimiento. El problema de la búsqueda de animales cada vez más grandes también comenzó a mostrar algunas consecuencias no deseadas.
“Buscando potencial de crecimiento se aumentó el peso al nacer”, explicó Lafontaine a Bichos de Campo, que por aquellos años trabajaba como asesor CREA y recorría establecimientos ganaderos entre Laprida y Coronel Pringles. Lo que empezó a advertir con mayor frecuencia era que los cambios introducidos en los rodeos comenzaron a provocar inconvenientes al momento del parto, especialmente en las vaquillonas.
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Según explicó el criador, en bovinos de carne existe una relación que puede considerarse equilibrada cuando el peso del ternero representa alrededor del 7% del peso de la madre. Así, una vaquillona de unos 400 kilos debería tener un ternero de aproximadamente 28 a 30 kilos. Pero esa relación había comenzado a alterarse. “Estaba desbordado”, recordó Lafontaine.
El otro inconveniente aparecía varios meses después. Los animales excesivamente magros podían funcionar en esquemas de alimentación con granos, pero resultaban mucho más difíciles de terminar en los planteos pastoriles, predominantes en buena parte de la ganadería argentina. Lafontaine conserva una imagen muy concreta de aquel problema: en 1988, en el campo familiar, tenían novillos de 30 meses que pesaban unos 500 kilos y todavía no habían logrado una adecuada cobertura de grasa.
“Habían pasado los dos años, había pasado la primavera, pesaban 500 kilos y no tenían grasa. Por ahí vamos mal”, resumió, dando cuenta de que esa genética, pensada en buena medida bajo parámetros de sistemas estadounidenses, no encajaba con el modelo local.
Es así que durante los años 90 comenzó entonces una etapa de transición. El desafío era volver a buscar animales con facilidad de parto y, al mismo tiempo, con capacidad para crecer y terminarse correctamente.
Lafontaine, que venía discutiendo esos problemas con distintos especialistas en genética bovina, decidió avanzar en el 2001, junto al veterinario Carlos Munar, en la identificación de animales con bajo peso al nacer y buen crecimiento, para tratar de de convertir esa excepcionalidad en una población.
“Hay una relación entre peso al nacer y peso final, o potencial de peso al final, del 80%. Entonces te queda una ventana biológica del 20% para trabajar y eso es lo que nos pusimos como objetivo”, explicó.
El trabajo comenzó con apenas cinco hembras de pedigree seleccionadas dentro de esa curva que consideraban deseable. A partir de allí fueron generando nuevas hembras y machos, seleccionando generación tras generación aquellos individuos que se aproximaban al objetivo. “Pudimos ir progresando paso a paso”, recordó Lafontaine.
Ese trabajo no quedó solamente puertas adentro de Los Tigres. También fue aplicado en otros campos de productores que seguían aquella búsqueda y participaban del debate sobre qué tipo de animal necesitaba la ganadería argentina. Más de dos décadas después, Lafontaine considera que hubo importantes avances. Pero entiende que el trabajo todavía no terminó.
Una señal de ello, según dio cuenta, es que todavía suele hablarse de un “toro para vaca” y un “toro para vaquillona”, una diferenciación que para él debería desaparecer progresivamente a medida que avance la selección. “Sería deseable que por progreso genético esa dualidad quedara en el pasado. El tiempo y el mercado lo van a corregir”, sostuvo.
La agenda genética, de todos modos, ya comenzó a avanzar sobre otros detalles mucho más finos. Uno de ellos son las pezuñas. “Es una cosa de la que ni se habla y los problemas son muy graves”, afirmó Lafontaine, que mencionó el trabajo sobre calidad, ángulo de apoyo y desgaste que se viene realizando dentro de la raza Angus.
Otro objetivo es mejorar la eficiencia de conversión, algo que no solo tiene un impacto económico. Para él, un animal que necesita menos alimento para producir la misma cantidad de carne también puede reducir el impacto ambiental del sistema.
En la actualidad, Lafontaine dispone de mayores herramientas que cuando inició con esta búsqueda. La genómica, por caso, permite tomar muestras de ADN de animales muy jóvenes y estimar anticipadamente su perfil genético. “Podemos predecir el perfil genético de animales jóvenes. Eso no solo refuerza la información de campo, sino que nos permite tomar decisiones en animales muy jóvenes”, destacó.
En Los Tigres, toda esa selección genética está además asociada a un sistema productivo concreto. El criador dio cuenta de que han consolidado un modelo de producción de novillos Hilton principalmente a pasto, con pequeñas suplementaciones correctivas, que permite terminar animales de alrededor de 450 kilos entre enero y abril. La idea es que esos animales abandonen el campo cuando comienza a ingresar la siguiente generación, liberando los mejores recursos forrajeros para los nuevos terneros.
Por eso, después de 25 años, Lafontaine no considera concluida aquella búsqueda. Cambiaron las herramientas y algunos de los objetivos, pero la lógica sigue siendo encontrar el equilibrio entre características productivas, adaptación al sistema y costos. Posiblemente eso sea lo que mantiene vigente el trabajo de un genetista
“Siempre hay un objetivo”, resumió Lafontaine.




