Quienes se reciben de ingenieros zootecnistas en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora lo hacen con el orgullo de saberse parte de una casa de estudios que por años ha impulsado iniciativas de impacto. Una de las que suelen divulgar con mayor frecuencia es la que inició a finales del siglo pasado, cuando un grupo de docentes de la Facultad de Ciencias Agrarias se propuso recuperar nada más y nada menos que a la raza fundante de la ganadería argentina: el bovino criollo.
En boca de Enrique Genero, docente en la Cátedra de Mejora y Conservación de Recursos Genéticos e ingeniero zootecnista a cargo de la coordinación del proyecto tras la salida de quien fue su fundador, Rubén Martínez, la historia suena todavía más épica.

“Estamos rescatando el patrimonio ganadero argentino. Estos animales originalmente eran la única ganadería que existía en Argentina. Son los descendientes de los que vinieron con los españoles y se adaptaron durante 500 años”, contó Genero en charla con Bichos de Campo, deslizando en forma simpática el dato de que fueron los malones los que dispersaron a esa raza por el país.
“Se llevaban parte de la hacienda, que quedó en la zona de la cordillera y se siguió criando hasta la actualizad. Cuando eso se convirtió en un parque nacional, se inicio el rescate de este recurso genético”, dijo el docente. El parque en cuestión es el de Los Glaciares, en la lejana provincia de Santa Cruz, donde se encontraba en riesgo de extinción y suponía, a la vez, perjuicios para la flora y a la fauna autóctona.

Para Genero, hablar de patrimonio ganadero está lejos de ser una exageración. Sucede que esa raza fue la que apuntaló el mejoramiento genético a mediados del 1800 de la mano del cruzamiento con los ejemplares británicos que llegaban al territorio. Y si bien en el norte también hay ejemplares criollos, los ingenieros se enfocaron en los patagónicos por su nivel de adaptación al medio.
“Durante años se sometieron a la selección natural, adaptándose al clima frío y húmedo. Ahí hay que ramonear y escarbar para conseguir alimento entre la nieve. Por eso consideramos que esa población es única y se generó este plan de conservación que ya tiene 30 años”, señaló.
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Mientras que la primera etapa apuntó a conservar toda la variabilidad genética de estos animales, Genero afirmó que “la verdadera conservación va a ser cuando estos animales se empiecen a utilizar en el sistema productivo”. Para eso es clave dar a conocer los beneficios que ofrecen estos animales, y el docente lo resume en la figura de “Oma”.
“En General Belgrano tengo una vaca que bautizamos como Oma, que significa “abuela”, que tiene 18 años y que sigue dando terneros. Una de las principales virtudes que tienen los bovinos criollos es que pueden vivir entre 18 y 22 años. Tienen un largo de vida importantísimo y todo se puede ver en la dentición”, destacó.
A eso se suma una diferencia de peso respecto a otras razas, que la hacen requerir menos costos de mantenimiento pero sin resignar kilos de carne.
Con eso en mente es que la Universidad entabló un convenio con el Ministerio de Desarrollo Agrario de la provincia de Buenos Aires para poner en marcha un plan de cruzamiento entre el bovino criollo patagónico y ejemplares de la raza Angus.
“Lo que estamos tratando de unificar es la muy buena selección que hicieron por calidad y cantidad de carne en las razas británicas, con el largo de vida fértil, la adaptación al medio y la resistencia a enfermedades. Y como estos animales son poblaciones que tienen mucha distancia genética, va a aparecer el fenómeno que todos conocen que se llama vigor híbrido o heterosis”, sostuvo Genero. En términos sencillos se trata de una “ganancia adicional” por encima del nivel genético promedio de las dos razas de los padres.
Con esta iniciativa en marcha, el bovino criollo espera poder ingresar pronto al sistema productivo.




