En estos momentos los precios de los cereales a nivel global se definen por la evolución del conflicto ruso-ucraniano en el Mar Negro, ya que será necesario recalibrar la matriz de oferta y demanda del ciclo 2026/27 si las hostilidades recíprocas contras terminales portuarias y buques se extienden por varios meses más.
El primer paso lo dio esta semana la oficina del USDA en Kiev, que proyectó que Ucrania podría en 2026/27 exportar 3,2 y 9,0 millones menos de toneladas de trigo y maíz, respectivamente, respecto de la oferta prevista inicialmente.
Por su parte, Andrey Sizov, director de la consultora rusa SovEcon, proyectó que Rusia podría perder 1,0 a 2,0 millones de toneladas de exportaciones de trigo por mes mientras la navegación en el Mar de Azov permanezca cerrada.
En lo que respecta a la campaña 2026/27, eso podría representar entre 5,0 a 10 millones de toneladas menos de trigo ruso versus la cifra prevista en un contexto normal.
Se trata, más allá de la extensión y la magnitud del conflicto, de cifras considerables que no pueden pasar desapercibidas en el sistema de formación de precios de los cereales, especialmente en un contexto global que viene registrando una caída progresiva de los stocks de granos forrajeros.
Parte de la escalada alcista que representa ese fenómeno disruptivo está siendo contenida por los precios de “remate” a los que se están ofreciendo los granos rusos y ucranianos para tentar a la demanda, aunque esa “táctica” comercial –propia de la desesperación– tiene como contrapartida precios de quebranto para los productores de ambos países.
Otro factor adicional que complejiza el panorama es que los valores de los commodities están bajo la influencia de ventas impulsadas por factores financieros ajenos a la naturaleza del mercado de materias primas.





