Ya sea para cuidar la “mesa de los argentinos” o para “garantizar el superávit fiscal”, la casta política argentina siempre encontró razones para seguir apropiándose de manera indebida del capital de trabajo de las empresas agrícolas. Pero eso tiene ahora los días contados.
En mayo de 2029 los productores argentinos estarán sembrando trigo y cebada libre de derechos de exportación a partir de una norma aprobada por el Poder Legislativo que, por su naturaleza, tiene pocas probabilidades de ser desactivada.
La Comisión Europea indicó que a partir del próximo 1 de mayo entrará en vigor de forma provisional el acuerdo Mercosur-Unión Europea, el cual ya fue aprobado por la Argentina a fines de febrero pasado y cuenta con rango de ley (Nº 27.800/2026).
El acuerdo establece que los países que integran el mismo no introducirán ni mantendrán derechos de exportación después de tres años desde la entrada en vigor del acuerdo, salvo por algunas categorías específicas, como es el caso del complejo sojero, que contempla una escala progresiva de reducción de alícuotas con un tope del 18% a partir del quinto año y un máximo del 14% al finalizar el décimo año.
En lo que respecta al resto de los productos agroindustriales, deberían quedar liberados completamente de las retenciones a partir del 1 de mayo de 2029.
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El gobierno argentino podría en 2029 intentar aducir que se trata de una medida por aplicar sólo para los embarques destinados a la UE-27, pero para que eso sea factible debería crearse un esquema logístico y una infraestructura que permitiese segregar la mercadería con y sin destino al mercado europeo, de manera tal de aplicar la exención de derechos de exportación de manera diferenciada. Semejante engendro sería, además de carísimo, inviable por los problemas operativos que conllevaría.
La UE-27, por otra parte, podría esgrimir, en caso de la continuidad de las retenciones, que la Argentina incumple el acuerdo, lo que podría derivar en represalias comerciales de orden contractual que beneficiarían de manera notable a los demás países del Mercosur, lo cuales, al no aplicar el impuesto distorsivo, seguirían gozando de las ventajas establecidas en el tratado.
A eso habría que sumarle –en caso de que la casta siga angurrienta del dinero de los productores agropecuarios– una avalancha de acciones judiciales contra el Estado por parte de los damnificados, lo que muy probablemente vendría acompañado de un conflicto generalizado con los principales “fabricantes” de divisas de la economía (esta es la parte del artículo en la cual alguien dice, bueno, es que en 2029 las exportaciones mineras y petroleras van a ser tan elevadas que van a sobrar dólares y, no, nada que ver; el agro va a seguir siendo el mayor aportante).
Los daños colaterales de intentar perseverar con el cuatrerismo tributario son tan gigantescos que cualquier político sensato desistiría. Pero, claro, estando en la Argentina, ese panorama no resulta del todo alentador.
Sin embargo, más allá de lo que depare la situación argentina dentro de tres larguísimos años, la campaña fina 2029/30, según lo establecido por la legislación vigente, debería sembrarse libre de derechos de exportación.
En los hechos, si la Argentina tuviese una política agropecuaria, el trigo debería haberse librado ayer de las retenciones. Basta mirar los tétricos indicadores de calidad del cereal recolectado en la presente campaña con los valores FOB de exportación para entender que es un negocio pésimo subirse al podio de proveedor líder de trigo forrajero a nivel mundial.
Por supuesto, podemos mentirnos decorosamente y asegurar que el trigo argentino es el más competitivo del mundo y hacer como que no pasa nada, cuando en realidad deberíamos estar pasando vergüenza si es que nos queda algo de dignidad.
Si a tal escenario le sumamos valores altísimos de los fertilizantes, que podrían seguir escalando si la guerra en Medio Oriente se extiende por varios meses más, entonces la continuidad de la aplicación de retenciones en trigo sólo sería entendible si proviniese de un celíaco que sufrió desde la infancia al observar como sus amigos saboreaban sándwiches de miga en los cumpleaños.







