El campo, ubicado en la provincia de Santa Cruz, fue fundado en 1903 por el bisabuelo de Patricio Weiss, un inmigrante escocés que llegó a la Argentina para “hacer patria”. La familia mantiene una fuerte conexión con el lugar; de hecho, la abuela del actual administrador nació en la misma habitación que hoy usan sus hijas.
Actualmente, el campo es manejado por Patricio con la ayuda de María Eugenia Reartes, su esposa, aunque también participa una tía como socia en su emprendimiento. La estancia produce lana hasta el día de hoy y dentro de sus límites se encuentra el primer parque eólico de la provincia.

La crisis de la lana y la necesidad de innovar los llevó a observar que tradicionalmente, el campo se ha dedicado a la cría de Merino puro, buscando la mejor calidad en micrones para la industria textil. Sin embargo, el sector ha enfrentado grandes dificultades como la caída de precios, los costos y las retenciones, el clima extremo (hace dos años sufrieron la mayor nevada en 25 años, perdiendo muchas cabezas de ganado que fueron de 11.000 en épocas buenas a 5.000 en la actualidad).
Ante este escenario, buscaron una alternativa de valor agregado y desarrollaron un fertilizante bioorgánico hecho de lana pura (no de descarte), denominado “Patagonia Premium Pellets”.

“Bajo el sello WoolWeiss el producto actúa como fertilizante nitrogenado, es de liberación lenta y además repele caracoles y babosas”, cuenta Patricio.
Agrega que “contiene un 10% de nitrógeno orgánico derivado de la descomposición de la proteína de la lana (lanina). Los pellets se expanden un 300% al mojarse, permitiendo reducir el consumo de agua entre un 15% y un 20%, lo cual es vital en zonas con emergencia hídrica y está diseñado para ser utilizado en máquinas fertilizadoras convencionales (al voleo)”.
El proyecto les ha tomado casi dos años de investigación y cuenta con patente y marca registrada en Argentina, además de un trabajo hecho a la par de Senasa e INTA (específicamente con el área de biomasa).

“Quisimos darle un enfoque en la economía circular, dándole un nuevo propósito a la lana y devolviendo nutrientes a la tierra para evitar el deterioro causado por los agroquímicos”, asegura.
El primer paso fue presentar el producto en la reciente ExpoAgro y cosechar algunas palmaditas. Los dueños destacan que, “aunque la tecnología es nueva (con desarrollos similares apenas comenzando en Australia, Alemania o Chile), ellos han apostado por una estructura profesionalizada”. Además, planean lanzar mantas de lana para proteger los cultivos de las heladas.
“La idea nació justamente al observar la lana más allá de su uso textil. Este material orgánico posee nutrientes valiosos y una gran capacidad de retener agua, características que lo convierten en un insumo potencial para mejorar la fertilidad del suelo. A partir de esa mirada, el equipo comenzó a trabajar en una alternativa que permitiera aprovechar estas propiedades dentro de la producción agrícola”, remarca Weiss.
Además, subraya que “el proyecto también responde a una problemática concreta del sector ovino: en muchas regiones laneras, parte de la producción tiene poco valor comercial o directamente queda subutilizada. Frente a ese escenario, se busca darle un nuevo destino productivo, generar valor agregado y reducir desperdicios”.

La iniciativa tomó forma cuando se cruzaron dos necesidades del sistema agroproductivo: encontrar nuevas salidas para la lana y responder a la creciente demanda de fertilizantes orgánicos. Esa combinación abrió la puerta a una solución basada en los principios de la bioeconomía y la economía circular.
“Para transformarla en fertilizante, la lana se acondiciona mediante un método desarrollado y adaptado por el equipo técnico de la empresa. Luego se somete a un proceso de pelletizado que permite obtener un producto uniforme, fácil de aplicar y de dosificar. De esta manera se facilita su uso tanto en agricultura como en huertas, viveros y jardinería”, indica.
La posibilidad de ampliar los usos de la lana permite agregar valor en origen y vincular al sector con nuevas cadenas productivas. Para esto, el desarrollo no estuvo exento de desafíos. Uno de los principales fue transformar una idea innovadora en un producto estandarizado y, al mismo tiempo, explicar al mercado cómo funciona. Cuando surge una categoría nueva, también es necesario educar a los usuarios.

Hoy el foco está puesto en consolidar el producto y ampliar su llegada comercial. Entre los próximos pasos figura expandir la distribución y seguir validando su uso en distintos cultivos.
A medida que el proyecto crezca, sus impulsores también imaginan la posibilidad de llevar esta propuesta a mercados internacionales, promocionando la producción de la Patagonia argentina.
La lana, aseguran, “tiene aún mucho potencial dentro de la bioeconomía” y sostienen que “el agro argentino todavía no aprovecha todo el potencial de este recurso”. Sin embargo, creen que existe una gran oportunidad para desarrollar nuevos usos que generen valor agregado y fortalezcan las economías regionales, siempre que se pueda acompañar a los productores y usuarios con asesoramiento técnico.




