El algodón estaba listo para ser cosechado. En realidad, la máquina había comenzado a recorrerlo y ese lote de la firma agrícola Harriet y Donnelly, en Chaco, venía entregando entre 4.500 y 4.700 kilos brutos, pero una lluvia caída en el peor momento obligó a frenar el trabajo y provocó alguna merma considerable.
“Probablemente, después de esta lluvia, el rinde puede llegar a bajar a 3.500 o 3.800 kilos en bruto”, evaluó Nahuel Alegre, el ingeniero agrónomo encargado de seguir de cerca ese cultivo. La secuencia que muestra lo sensible que es el algodón sucedió hace unas semanas, durante una visita de Bichos de Campo a Pampa del Infierno.
El agua inoportuna produce lo que técnicamente se conoce como “chorreado” de la fibra: el algodón comienza a salir del capullo, queda expuesto y una parte puede terminar en el suelo. Es una muestra bastante gráfica de los riesgos de producir a cielo abierto y de cómo una campaña que parecía encaminada puede complicarse a pocos días de la cosecha.

Alegre es oriundo de Mercedes, Corrientes, y estudió agronomía en la Facultad de Ciencias Agrarias en dicha provincia. Allá, en su terru{oo, predominaban la ganadería y, dentro de la agricultura, lo que existe en el arroz. Por eso cuando lo convocaron desde el Chaco tuvo que ponerse a aprender sobre otros tipos de cultivos.
En Harriet y Donnelly, una firma agropecuaria con presencia histórica en el norte del país, Nahuel trabaja con cultivos extensivos como soja, maíz, girasol y también con algodón, otro clásico de la zona. Este último, explicó, demanda mucho más seguimiento del que podría imaginar alguien que solamente observa el lote desde la ruta.
Mirá la entrevista completa con Nahuel Alegre:
“Es un cultivo que implica mucho seguimiento y mucho cuidado”, señaló el ingeniero. Desde la siembra hasta la cosecha transcurren unos siete meses durante los cuales los técnicos y monitoreadores deben visitar los lotes como mínimo una vez por semana.
La fecha óptima de siembra en esa región del Chaco profundo se extiende desde mediados de noviembre hasta aproximadamente el 15 de diciembre. Pero la decisión final siempre depende de la disponibilidad de agua. “Lo sembramos más cuando podemos que cuando queremos. Todo depende de la lluvia”, resumió Alegre.
El algodón es un arbusto que hay que “domesticar”. O mejor dicho, naturalmente una especie perenne y, si no se interviene sobre su desarrollo, puede seguir creciendo como un arbusto. “Si no se lo regula, crece a discreción”, explicó Alegre.
Entonces, la aplicación de reguladores busca formar una estructura de planta pareja, compacta y adecuada para el ingreso de las cosechadoras. En los lotes de la empresa intentan que las plantas alcancen aproximadamente 90 centímetros de altura.
Otro de los principales trabajos durante el ciclo consiste en controlar las plagas. Pero ese monitoreo también sirve para tomar decisiones sobre la regulación del crecimiento, una práctica determinante para formar una planta que luego pueda ser cosechada eficientemente. La regulación no se hace una única vez ni responde a una receta fija. A lo largo del ciclo se mide la longitud de los últimos cuatro entrenudos y, a partir de ese indicador, se decide si es necesario intervenir.
La respuesta también depende del clima, del estado general del cultivo y de los diferentes problemas que puedan haber afectado su desarrollo.
Entre ellos, Alegre mencionó uno que durante esa campaña les generó grandes dolores de cabeza: las derivas de herbicidas hormonales. “Ya todos sabemos el daño que generan”
Una deriva ocurre cuando un producto aplicado sobre un lote termina alcanzando otro cultivo que no lo tolera. En el caso del algodón, uno de los riesgos más importantes está asociado a herbicidas hormonales como el 2,4-D, utilizados habitualmente para controlar malezas en soja.
En determinadas formulaciones y condiciones, el producto puede volatilizarse, desplazarse por el aire y dañar algodonales ubicados a cierta distancia del lugar de aplicación.
“Uno puede estar aplicándolo en un determinado lote, pero se produce un gas que se volatiliza y se transporta”, explicó el agrónomo.
Existen tecnologías que, utilizadas correctamente, permiten reducir ese riesgo. El problema, según Alegre, es que muchas veces los aplicadores consideran que el uso de una formulación menos volátil los deja completamente exentos de provocar daños. “Uno piensa que por utilizar esa tecnología está exento de generar una deriva, y realmente no es tan así”, advirtió.
En un lote de algodón los síntomas de la deriva pueden aparecer rápidamente. El productor encuentra el algodón afectado, pero muchas veces no logra determinar desde qué lote llegó el herbicida ni quién realizó la aplicación.

Esto convierte a las derivas en un problema económico y también de convivencia entre vecinos. Sin embargo, Alegre consideró que ya no alcanza con atribuir estos episodios exclusivamente al desconocimiento o a un error involuntario. “No sé si existe el ‘sin querer’, porque el conocimiento sobre la deriva y sobre el uso de hormonales en determinada época del año ya está bastante difundido”, planteó.
Y agregó: “Creo que todos somos conscientes del daño que estamos generando. Entonces pasa un poco por la ética y la moral de cada uno”.
Para el técnico, cuando las condiciones no permiten utilizar de manera segura un determinado producto, corresponde buscar otra alternativa de manejo. “Existen otras herramientas que pueden llegar a suplantar el uso de ese herbicida”, afirmó.
https://bichosdecampo.com/no-era-un-ramo-de-flores-era-borreria-en-chaco-nicolas-vallejos-muestra-las-malezas-y-plagas-que-explican-por-que-el-algodon-necesita-mas-tecnologia/
Después de atravesar siete meses de monitoreo, regulación, control de plagas y posibles daños por deriva, llega finalmente la cosecha. En esta zona del Chaco, Harriet y Donnelly cuenta con dos cosechadoras de rollos de última tecnología. Estas máquinas recolectan el algodón y lo compactan automáticamente en grandes rollos envueltos, que luego pueden ser retirados del campo y transportados hacia la desmotadora.
La empresa también conserva dos máquinas más antiguas, conocidas como cosechadoras de canasto. El cabezal recoge el algodón, realiza una prelimpieza y lo vuelca en un compactador que forma un gran módulo rectangular.
Ambos sistemas permiten conservar mejor la fibra, organizar la logística y evitar que el algodón quede suelto sobre el suelo. “Se genera un trabajo más prolijo, menos peligroso para la gente y con un transporte mucho más fácil”, indicó Alegre.

Todavía existen productores que trabajan con máquinas de canasto y descargan el algodón a granel en el piso. Desde allí lo levantan con un implemento conocido como “carancho” y lo cargan en camiones.
La elección del sistema depende de la escala, la disponibilidad de maquinaria y la capacidad de inversión de cada establecimiento. Pero los rollos y módulos permiten reducir pérdidas y proteger mejor la calidad del algodón cosechado.
Alegre también consideró que el productor algodonero todavía dispone de una oferta genética limitada en comparación con otros cultivos extensivos. Hay variedades con diferentes ciclos y tecnologías, pero la paleta de opciones sigue siendo reducida.
El agrónomo sostuvo que sería importante contar con más tecnologías capaces de acompañar los desafíos productivos actuales, especialmente aquellos vinculados con los herbicidas utilizados en los lotes vecinos. Una variedad de algodón tolerante a determinadas derivas podría reducir daños y evitar numerosos conflictos entre productores. Sin embargo, por ahora esa herramienta no está disponible.

Mientras tanto, la única alternativa sigue siendo el manejo responsable de los productos, el respeto por las condiciones de aplicación y el monitoreo permanente. Porque, a diferencia de otros cultivos más previsibles, el algodón obliga a tomar decisiones durante prácticamente toda la campaña.
“Todos los años son diferentes. Se van tomando decisiones en función del clima, de las distintas situaciones y de cómo se encuentra el algodón en ese momento”, explicó Alegre. Para el ingeniero, de todos modos, esa exigencia también es parte del atractivo.
“Es un cultivo bastante entretenido. Implica mucho monitoreo y estarle muy encima. Eso hace que uno no se aburra nunca”, concluyó.





