Jorge Rogelio Zir publicó primero estas líneas en la página de Facebook que administra desde Misiones, su provincia: Le pedimos permiso para republicar estas líneas que escribió en Bichos de Campo y contestó gustoso: “Realicé esta publicación porque tengo una chacra con yerba mate y conozco de primera mano lo que está sucediendo. Además, las declaraciones del ministro Sturzenegger colmaron mi paciencia”, nos explicó. Se refería a la reciente presentación del alto funcionario en el Argentine Week, en Nueva York.
Va entonces el escrito de Zir, que nos parece muy valioso para que nuestros lectores puedan dimensionar el tenor de la crisis yerbatera, Esta es la ilustración que colocó el autor.

Por momentos, la realidad argentina tiene esa capacidad de volverse grotesca. Y pocas actividades reflejan mejor ese absurdo que la yerba mate.
Mientras en los foros internacionales se exhibe como ejemplo de éxito, en Misiones se vive como un ejercicio de supervivencia.
La escena es casi cinematográfica: en Nueva York, el ministro Federico Sturzenegger explica, con entusiasmo técnico, que la desregulación logró abaratar la yerba en góndola (una afirmación que, en los hechos, no resiste el menor contraste con la realidad). Habla incluso de reducciones del 40% o más. La presenta como un caso modelo. Un triunfo.

A miles de kilómetros, en la tierra colorada, el productor hace otra cuenta. Mucho más sencilla. Mucho más brutal.
Cobra 220 pesos por kilo de hoja verde (cuando logra facturar). De ahí se le descuentan 34,49 pesos del CCG (Convenio de Corresponsabilidad Gremial). Le quedan 185,51 pesos.
Después paga la tarefa: entre 70 y 90 pesos por kilo. Le quedan, con suerte, 100 pesos.
Y todavía no produjo nada. Porque producir tiene costo. Y no simbólico.
Herbicidas, insecticidas, combate del rulo, recuperación tras sequías o granizo. Combustible para tractores, motoguadañas y fumigadoras. Mano de obra para mantener el yerbal. Reparaciones. Desmalezado. Subsolado.
Todo eso suma entre 40 y 80 pesos por kilo.
Resultado final: entre 20 y 60 pesos por kilo. En muchos casos, directamente negativo.
Y, mientras tanto, en el circuito informal, ese mismo kilo se paga 180 pesos, sin descuentos ni rodeos.
La conclusión es brutal: el sistema castiga al que cumple y premia al que evade.
Y lo que hoy es grave, en días será peor. A partir del 1° de abril, el CCG pasará a 41,94 pesos por kilo. El ingreso en blanco bajará automáticamente a 178,06 pesos. El margen, ya exiguo, se convertirá en una línea casi invisible.
El mensaje es claro: entregar en blanco será todavía menos conveniente.
Pero hay algo aún más alarmante. Algo que ni siquiera aparece en las planillas. El tiempo. Porque ya no se paga al contado. Los acopiadores, en muchos casos, están pagando con cheques posdatados a 90 o 120 días.
Y peor aún: no son pocos los casos en los que esos cheques terminan rechazados por falta de fondos.

Es decir:
El productor vende hoy.
Cobra (si cobra) dentro de cuatro meses.
Y, mientras tanto, financia toda la cadena.
Ahora pongamos un ejemplo simple. Tan simple que duele. Supongamos que un productor entrega 10.000 kilos de hoja verde. Con suerte (y haciendo todo en blanco), le quedan unos 100 pesos por kilo después de pagar cosecha y CCG. Resultado: 1.000.000 pesos. Un millón de pesos.
Pero no hoy. Dentro de 120 días. Y con suerte.
Ahora viene la pregunta que nadie en los escenarios internacionales parece hacerse: ¿Cómo produce esos 10.000 kilos con un millón de pesos?
Porque todos los insumos están atados al dólar:
• herbicidas
• insecticidas
• combustibles
• repuestos
• maquinaria

Y esos no esperan 120 días. Ni aceptan cheques rechazados. El productor queda atrapado en una ecuación absurda:
• vende barato
• cobra tarde
• paga caro
• financia a todos
• y asume todo el riesgo
Mientras tanto, desde un auditorio en el exterior, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado celebra el “éxito” del modelo.
La desconexión ya no es técnica. Es casi ofensiva. Porque no se trata de ideología. Se trata de números básicos.
Si producir 10.000 kilos deja un millón de pesos… y ese millón llega tarde, licuado y en cuotas de incertidumbre… no alcanza para volver a producir.
Y cuando no alcanza para producir, lo que está en juego no es el margen. Es la continuidad.
La yerba mate no está en crisis por una mala campaña. Está en crisis porque la ecuación está rota. Y frente a eso, la pregunta ya no es económica. Es política. Y también moral.
¿Tiene real dimensión el ministro de lo que está pasando?
¿Entiende lo que significa producir en estas condiciones?
¿O el éxito se mide únicamente desde la góndola, ignorando que detrás hay un sistema que se está vaciando?

Porque si el modelo solo cierra en una presentación en Nueva York, pero no en una chacra de Misiones…
Entonces no es un modelo exitoso. Es la sarasa de un burócrata… que solo funciona lejos del barro, lejos del rulo, lejos de la sequía… Y sobre todo, lejos del productor que lo hace posible.
Jorge Rogelio Zir





