¿Antes era todo más sencillo para el pequeño o mediano productor? ¿O hay hoy, gracias a la tecnología, un escenario mucho más propicio para crecer y sobrevivir? ¿Se puede vivir más que únicamente sobrevivir a pequeña escala? ¿O la chacra familiar está atada a un único destino?
Son algunas de las preguntas que el dirigente rural Alberto Bértola se enfrenta en su tarea diaria. Dice estar más bien “jubilado” de la actividad productiva, que hoy llevan adelante sus hijos, pero mantiene intacto su rol en el gremialismo, donde, desde la Asociación Rural de Adelia María, una pequeña localidad del sur cordobés, lidia con muchos de esos interrogantes que hoy permean a los productores de baja escala.
“Llegó mi época de jubilarme, pero no saco los pies de la producción. Sé lo que les pasa a los pequeños productores, siempre soy material de consulta y, al estar desocupado, tengo más tiempo para responder”, destaca Bértola quien, en diálogo con Bichos de Campo ensayó algunas respuestas a estos debates abiertos.

Adelia María es una localidad que pertenece al departamento de Río Cuarto, ubicada a más de 300 kilómetros al sur de la capital cordobesa. Es una zona agrícola-ganadera por excelencia, donde los pequeños planteos de maíz, soja, cría o de tambo conviven a la vez con grandes pooles de siembra y tecnología de punta.
Lleva una vida produciendo en aquella región, pero el dirigente reconoce que la postal ha cambiado fundamentalmente en los últimos 20 o 30 años, en los que describe un fenómeno dual: “Han desaparecido muchos productores y se concentró la producción, pero a la vez algunos se han asociado con otros para lograr mejores precios, mayor rentabilidad y sostenerse en el tiempo”.
En cierta medida, esa ha sido la respuesta a un cambio introducido en la producción misma, que no ha dejado de estar cercada por los factores externos, como lo climático, lo tributario o los precios, pero ha sumado “capas” de complejidad tecnológica y financiera.
El planteo es, hace ya tiempo, un negocio que hay que mantener a diario. Y que, a baja escala, siempre está en tensión.
“El pequeño productor tiene las dificultades que no tienen los pooles o los grandes planteos. Al riesgo climático, por ejemplo, siempre lo padecimos los pequeños productores. Una sequía en 150 hectáreas te mata pero no afecta de igual modo en 70.000 o 100.000, donde se diluye el riesgo. Eso siempre fue así”, reflexiona Bértola.
En parte, asociarse es también una búsqueda por dar respuesta a esa incertidumbre y a la vez evitar ser absorbidos por planteos mucho mayores. “Si no tiene una cooperativa cerca y comercializa solo, los números cambian mucho para el productor. El asociativismo es un instrumento para lograr escala y es muy necesario”, pondera el dirigente.
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Entre las nuevas “capas” de complejidad está, sin dudas, la tecnología, que ha servido para facilitar desde lo más “superfluo”, como la conversación a distancia hasta aspectos muy importantes de la producción. Y la horizontalidad que adquirió hace ya varios años permitió que incluso los pequeños productores y planteos familiares puedan incorporarla de una u otra manera en el lote.
“Yo creo que estas nuevas tecnologías abren un escenario de mayor acercamiento y mayor productividad. Y con mayor productividad, lograr también más rentabilidad”, señala Bértola, que ha visto en carne propia lo que significó ese cambio: “Antes directamente no podías hablar en el campo. Hoy podés negociar, podés hacer una cooperativa virtual utilizando la plataforma, y hasta podés comercializar en otros países”, asegura.

Pero más tecnología es también mayor complejidad, y, lejos de dejarse maravillar por lo nuevo, Bértola también advierte por su impacto. Y no habla únicamente de la lucha contra el desarraigo y el despoblamiento de muchas pequeñas localidades del interior, sino además de lo que significa hoy producir en establecimientos de baja escala.
“Antes podías tener alguna alternativa de que te prestaran la semilla o de financiarte más fácil. Hoy hay que usar genética de punta para tener buenos rindes, eso exige fertilizantes de alto rendimiento y muchos otros insumos. Hoy, una mala cosecha te puede llevar tres o cuatro años en acomodarte”, apunta Bértola.
Sin poner en duda las “bondades” de esta nueva época, en la que se produce más, de manera más eficiente y sustentable, el dirigente hace un llamado muy específico: que el “brillo” de la tecnología no opaque lo más importante, que no ha dejado de ser la defensa del arraigo, el cooperativismo rural y la construcción de valor desde el interior del interior.





