“Me gustaría tener el superpoder para hacerle ver a la gente que la vida es corta y la distancia entre la fantasía y la realidad para vivir bien puede ser tremendamente grande y te arruina la vida”, reflexiona el licenciado en ecolonomía Roberto Bisang, durante uno de los últimos capítulos de El podcast de tu vida. Allí repasó su vida, habló de agronegocios (“no me gusta esa palabra”) y señaló: “El problema de Argentina es que la estructura de producción no te va a dar lo que la sociedad te pide”.
Nació el 7 de octubre de 1955, (cumplió 70 años en 2025), es profesor titular en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, y es uno de los que integra, junto a Ricky Negri y otros más, la “Peña de nerds”, que en el ITBA busca capacitar en agronegocios a jóvenes vinculados a la tecnología para atraerlos al ecosistema del negocio rural.
Bisang se crió en un medio rural, pero su camino inicial profesional no fue por allí. Se ha desempeñado como Coordinador del Censo Nacional Agropecuario 2018 y ha sido consultor de organismos como la CEPAL, el Banco Mundial y el INTA, entre otros.
En esta nota, además de ahondar en ese camino, y sus decisiones para llegar hasta el día de hoy, nos metemos con otras pasiones, series, música, cocina y viajes en el tiempo.

-¿Qué te acordás de tu infancia? ¿Dónde? ¿Haciendo qué?
-Yo soy cuarta generación de suizos alemanes. Mamá de descendencia piamontesa, nacido en Humboldt, un pueblo que en ese momento tendría 1200 habitantes. Me crié en el campo, entre Humboldt y Pilar.
-¿Y qué te acordás del campo?
-Mucho. Esa infancia me matrizó. Hasta los 18 años tomaba pensión en el pueblo, de lunes a viernes, y laburaba en el campo los fines de semana. Un campo chico, de bolsillos cortos y no dejar nada en el plato. En mi casa hablaban concesión, que era el lote mínimo que les había otorgado Aarón Castellano, eran las famosas 33 hectáreas que le permitían vivir a una familia en la lógica de fines del siglo XIX, en el norte de Italia y o el Cantón de la Valleis. Eso quiere decir que soy activo militante de la cerveza negra, la torta alemana, el carlitos, no el sandwich, y el 9 o el 10 de Unión de Santa Fe (se ríe).

-¿Y tus viejos que se dedicaban al campo?
-Tamberos. El tambo de fines de los 60s, sin luz artificial, tacho de acero de 50 litros, llevado por carro a la cooperativa de primer grado, porque SanCor todavía no había nacido. Yo me crie en ese mundo.
-¿Recordás alguna comida de esa época? Alguna de la mamma, o de la nona…
-El caracú con pan fresco y sal, el dulce de leche y la crema casera en pan de campo, ¡fenomenal! ¡Todo low fat colesterol free! (se ríe). Todo ese mundo a mí me marcó, con una impronta del arraigo que tiene esta actividad. Época sin luz artificial, de ir a pescar, de las carneadas, una notable reunión social del interior, verdulera los sábados a la tarde, un mundo de una sociología que la urbanidad nunca llegó a entender bien.
-Terminaste la secundaria y te fuiste a estudiar? ¿Por qué economía?
-Me fui a estudiar a Rosario. La primera vez que viajaba en colectivo. Y fue economía porque en toda la secundaria fuimos muy incentivados por los docentes. En matemática llegamos a ver integrales dobles, y nos incentivaban constantemente. Me hice un test vocacional y me dio ciencias sociales o literatura. Literatura, ¿de qué voy a vivir? No te olvides de dónde venía yo. Entonces apareció economía. Fui a una pensión. Esos fueron años para mí de mucho aprendizaje. Con deseos de independencia, al segundo año vendía nafta de noche en una parada de una estación de servicio. Y entonces paró a cargar un tipo y me dice “¿Qué hace usted acá?”. Yo ni lo había mirado. Era un profesor de la facultad. Me propuso que lo vaya a ver al día siguiente y ahí empezó mi vida académica.
-¿Y cómo siguió la cosa?
-Después de eso me vine para Buenos Aires, no conseguía laburo, pasaron meses hasta que se armó un concurso, entré a trabajar en la Secretaría de Comercio y me volví un experto en industria. Siderurgia, automotriz, caminé todas las plantas hasta fines del 81.

-Te fuiste un par de años en Inglaterra después.
-Fui a hacer un post doctorado en la Universidad de Sussex en Inglaterra. Era otro mundo. Estuve dos años en Inglaterra incomunicado porque por el problema de Malvinas no podíamos ir y volver. Cuando volví me enganché en la Cepal.
-¿Y cuándo te reencontraste con el mundo agropecuario agroindustrial?
-Me invitaron a trabajar a la Universidad de General Sarmiento a hacer lo que hacíamos en la Cepal pero con más plata. Un día se me ocurrió escribir un paper que decía que el agro se armaba sobre tres patas: dos tercios de la tierra se alquila, dos tercios de las actividades están tercerizadas en manos de los contratistas, y dos tercios de la estructura de costos depende del sector industrial. O sea, una agricultura de contratos. Eso rompe la estructura mental que tenía en la cabeza que discutí con mi viejo mil veces: ¿por qué compras un tractor si podés subcontratar? ¿Por qué el tamaño del galpón es siete veces más grande que el tamaño de la casa? Y ahí arranqué. Mis interlocutores en esa época empezaron a ser Marcelo Regúnaga, Gustavo Grobocopatel y Oscar Alvarado. Yo era un pichi al lado de ellos.
-¿Qué mirada tenés hoy de los agronegocios?
-No me gusta la palabra agronegocios. Para mí el problema central de Argentina es que la estructura de producción no te va a dar lo que la sociedad te pide: empleo, localización, modernidad. Dentro de eso, la segunda afirmación es que este modelo está agotado. Vos con recrear la industria sustitutiva no vas a dar respuesta al futuro. Con vaca muerta, más minería, es probable que equilibres las cuentas públicas, que dejes contentos a una cierta cantidad de gobernadores, pero no podés integrar el país. ¿Cuáles son los drivers nuevos? Es algo más que agronegocios. Sembremos ADN y cosechemos monómeros y polímeros. El mundo va a la lógica de lo renovable. Entonces, para mí, el maíz, no es grano, es la biomasa que genera.
-¿Sos optimista?
-Sí. Porque hay tipos que la ven y van a una velocidad muy rápida. La base está, falta armar el equipo. Me parece brutalmente atractivo y creativo todo lo que viene.

-Llegamos al pin-pong de este podcast y te pregunto, ¿Qué tal te va en la cocina?
-Soy del montón, pero me gusta hacer empanadas. De carne, cebolla, hay que cortarla, hay que escurrir, poner un buen queso, tener cuidado con las proporciones y cuidado con la grasa. El marmoreado no es bueno para una buena empanada. Elijo algún pedazo, si es posible, lomo, o algo para bife que le pueda sacar toda la nervosidad.
-¿Música? ¿Por dónde vas?
-Raúl Barbosa fue un genio. Alguien que me cautiva, el Chango Spasiuk. La fusión musical de las culturas del interior es maravillosa. Tan o más notable que el tango. Por el tipo de compases, y por cómo la sienten. Cuando escuchás “La Calandria”, de Isaco Abitbol, es fantástico.

-¿Qué superpoder te gustaría tener?
-Hacerle ver a la gente que la vida es corta y la distancia entre la fantasía y la realidad para vivir bien puede ser tremendamente grande y te arruina la vida. Uno come lo que cabe en un plato. Al final del día, las fantasías con o sin inteligencia artificial, siguen siendo las mismas: el poder, el miedo, la pasión, la angustia de la finitud de la vida. Esas cosas por más vueltas que le des siguen dominando al género humano.
-Qué series o película miraste últimamente?
-“El Gatopardo”, me pareció fantástica. “Downton Abbey”, “The Queen”. Las series históricas de Churchill. “Voy de fracaso en fracaso, pero de manera optimista”, dice. La construcción de esas épocas y países, muy bueno.




