Esta es la última de una larga seguidilla de notas que Bichos de Campo realizó en Formosa. En las últimas semanas fuimos contando lo que fuimos a documentar a dicha provincia. El archivo se puede consultar completo en este sitio.
La idea que tuvimos fue recorrer la mayor cantidad de regiones posibles en ese territorio, para conocer de primera mano lo que sucede en Formosa. Claro, que hicimos lo posible en el tiempo disponible. En esos días tratamos de recuperar voces que no suelen llegar a los medios del sector agropecuario, ya sea por la lejanía, el desinterés o sesgo ideológico. Lo que esta redacción intentó hacer fue recuperar y visitar a la mayor cantidad de actores posibles, para conocer las distintas aristas de la producción formoseña, sus historias, y también su punto de vista político.
Se suele decir que en Formosa estás a favor de Insfrán o en contra, y eso divide casi al total de la población que allí reside. Sin ser formoseño, quien escribe intentó buscar testimonios de quienes apoyan la gestión provincial, como de quienes están en contra. La agradable sorpresa fue encontrar que además de los extremos, hay versiones intermedias. Sobre todo las que tienen que ver con el mundo agropecuario.
En esa recorrida que nos llevó varios días, pudimos dialogar con históricos productores algodoneros que se tuvieron que reconvertir, personajes históricos, funcionarios provinciales, dirigentes gremiales, grandes productores, contratistas, fabricantes de maquinaria, pequeños y medianos productores de bananas, dirigentes políticos. Detrás de lo que cada uno tiene para decir, puede adivinarse algo bueno: todos creen que Formosa tiene mucho para ofrecer y es una tierra de oportunidades aun para descubrir en términos productivos. El espejo del vecino Paraguay es testigo de eso.
A pesar de esas dificultades, en esa provincia norteña hay muchas voces e historias que son las que fuimos a buscar, intentando responder la pregunta que nos hicimos antes de salir a la ruta: “¿Qué onda con Formosa?”. Entonces, la idea, fue contar a través de sus protagonistas, lo que ocurre allí arriba.
De esa recorrida, además de amigos, recuperamos una buena cantidad de testimonios que de una forma u otra fueron contando las distintas aristas de lo que pasa en el este y centro de formosa. Desde los fértiles campos del sureste de El Colorado, pasando por las extensas tierras ganaderas de la zona de Ibarreta, hasta retomar los círculos productivos de la agricultura familiar en las cercanías de la capital, hasta la crisis de los bananeros en Laguna Naineck.
De la lista de testimonios que recogimos, decidimos dejar el de Nucho Aquino para el final. Su historia, su presencia y su forma de narrar, sintetizan mucho de lo que fuimos a buscar. Además, es de las historias que más nos gustan a los Bichos de Campo, ya que habla de familia, tierra, producción, arraigo y reconversión. Pero también de negocios.
Eduardo “Nucho” Aquino es productor de bananas, en Isla Puén, una colonia agrícola del norte formoseño, a 20 kilómetros de Laguna Naineck. Allí se aglutina la mayor cantidad de productores de esa fruta en Formosa. A sus años, Nucho resume en buena parte la historia de lo que pasa en la provincia, pero sobre todo de lo que pasó y lo que pudo haber pasado. Empezó a plantar bananas en los 70 junto a su hermano, y vio el auge de la producción de bananas, con la que se hizo su “casa grande”. También fue testigo del colapso de la producción exitosa producto de la importación de fruta (el le dice exportación) que hizo tambalear todo.
Hoy nucho está volteando las plantaciones de banana para pasar a producir mango. La banana no vale, cuesta mucho producirla y no hay forma de competir con lo que viene de afuera. Esa imagen sintetiza la recorrida: un productor señero y pionero que tras 60 años debe reencauzar su producción hacia otra fruta. El concepto detrás es que el potencial productivo está, pero los sucesivos gobiernos nacionales y provinciales fueron olvidándose de personas como Aquino.
Si bien en los últimos días (antes de la grabación de la entrevista) hubo intentos de acercamiento entre la provincia y los productores para destrabar esta crisis, todo parece indicar que la producción de banana en Formosa pasará a ser una anécdota, como sucedió con el algodón en el sur provincial. Quizá queden algunos, pero la sangría seguirá, y de lo que supo ser un polo de 12 mil hectáreas hace algunas décadas, queden incluso menos de las 200 que se estima que hay ahora.
Esa imagen nos quedó de Formosa. Todo está por hacer, solo que hay que bajar los estandartes políticos y arremangarse, como hizo toda su vida Nucho.
Mirá la entrevista completa con Eduardo “Nucho” Aquino:
Nucho se define como un productor de los “primitivos”. No habla de métodos antiguos ni de una forma particular de trabajar, sino que se refiere a que estaba ahí cuando la banana comenzó a expandirse por el norte de Formosa, hace ya más de medio siglo.
Fue después de hacer la colimba, entre 1974 y 1975. Por entonces, recuerda, traían los plantines desde la zona del Pilcomayo y en su región todavía casi no había plantaciones.
“Mi papá era pobre y nosotros traíamos poco, menos que otros. Pero yo plantaba mil plantas, dos mil plantas, chiquito. Y así se hizo banana”, recordó Aquino desde su chacra, en cercanías del paraje Paraíso.
Con los años aquella producción creció. Para fines de los 70 y durante los 80, según recuerda, la banana formoseña encontraba mercado y buenos precios. Aquino llegó a despachar junto con su hermano entre 40 y 50 toneladas semanales hacia Córdoba. “Todo lo que se conocía era banana norteña de Formosa”, contó. Con ese trabajo, agregó, pudo levantar su casa y desarrollar la chacra donde vivió buena parte de su vida.
Cincuenta años después, el paisaje es muy distinto.
“Ahora nosotros estamos a la ruina, los productores bananeros”, resumió.
Aquino atribuye buena parte de la crisis a la competencia de la fruta importada, especialmente desde Paraguay, y denuncia además el ingreso de mercadería de contrabando por la frontera. Lo concreto en su chacra es que, según relató, con los valores actuales ya no encuentra forma de sostener la producción.
“No te alcanza con 2.500 pesos por cajón. No te alcanza ni para comer. Entonces, ¿qué queda? El camino es dejar todo. No sé a qué vamos a dedicarnos”, lamentó.
Alrededor suyo ya puede verse parte de ese proceso. Lotes que antes tenían banana fueron abandonados o cambiaron de actividad porque, explicó, mantenerlos implica gastos de limpieza y fertilización que los ingresos no alcanzan a cubrir.
Aquino también probó con mandioca. Pero asegura que allí se encontró con el mismo problema comercial. Dijo que una bolsa de 22 kilos llegó a venderse por apenas 3.000 pesos. “No sé qué está pasando acá con la producción, que no vale nada. No hay plata. Llevás al mercado y la traés de vuelta. No sé en qué estamos”, afirmó.
Sin embargo, esta no es la primera crisis que atraviesa en sus cinco largas décadas de productor. Recordó que en 1979 llegó a abandonar la chacra y se fue junto con su hermano a trabajar a Buenos Aires durante dos años. Después volvió, plantó nuevamente y la actividad recuperó impulso durante algunos años.
Por eso quizás se resiste a pensar que esta vez la historia terminó definitivamente.
Aquino reclama asistencia tanto de la provincia como de la Nación y sostiene que los pequeños productores de la zona quedaron relegados. Contó que participó de cortes de ruta y manifestaciones junto a otros chacareros y a dirigentes de Federación Agraria, pero asegura que las respuestas no llegaron.
“Si la producción no existe, para mí no hay futuro, porque todo sale de la producción, de la chacra”, sostuvo.
La crisis también aparece, para él, en algo más difícil de medir que el precio de un cajón: el recambio generacional. Su hijo no quiere continuar trabajando en el campo y buscó otra actividad. “Me dice: ‘Papá, acá sufrí con vos y acá no sacamos nada’. Y está bien, que haga otra cosa”, relató.
Aquino, sin embargo, piensa distinto para sí mismo. Aunque ya dejó atrás buena parte de aquellos años de trabajo físico en la chacra, conserva su tractor, tiene plantines disponibles y asegura que, si aparecieran recursos para financiar una nueva plantación, volvería a intentarlo.
“Si a mí me dicen: ‘Tomá 20 millones de pesos’, yo en tres meses siembro. Tengo mi tractorcito, tengo amigos que me van a pasar la rastra grande. Enseguida voy a plantar otra vez”, aseguró.
Ya no tendría que hacerlo solo. Dice que podría apoyarse en sus hijos, sobrinos y conocidos para trabajar mientras él se encarga de dirigir la producción.
Después de medio siglo viendo crecer y retroceder a la banana formoseña, Aquino no sabe si el cultivo volverá a tener el lugar que alguna vez tuvo. Pero hay algo que, al menos por ahora, se niega a abandonar. “La esperanza no la pierdo”, dijo.
Es así como a través de la crisis bananera y los ojos de Nucho, se dibuja Formosa, una tierra de oportunidades que aun sigue ahí, esperando que lleguen más protagonistas como Aquino a plantar.




