Con más de cinco décadas de trayectoria en Misiones, la Cooperativa de Productores Yerbateros de Jardín América construyó un modelo que combina la tradición yerbatera con la diversificación productiva para sostener la actividad de sus socios. Nacida en noviembre de 1973 en la Colonia Sol de Mayo, ubicada a unos 15 kilómetros de la ciudad, la entidad surgió con el objetivo de producir yerba mate a escala y fue creciendo de manera sostenida hasta trasladarse, en 1983, a su actual predio sobre la Ruta Nacional 12.
“Esa ubicación facilitó tanto el ingreso de camiones como la entrega de materia prima por parte de los productores”, explicó Iván Revinski, gerente comercial de la cooperativa, al repasar la historia de la entidad en diálogo con Bichos de Campo. El cambio de locación no sólo mejoró la logística de la producción, sino que se convirtió en parada obligada para el turismo en el tránsito a las Cataratas del Iguazú. Hoy, la yerba mate sigue siendo el principal sostén económico, pero no el único.

La búsqueda de alternativas frente a los vaivenes del mercado yerbatero llevó a la cooperativa a ampliar su matriz productiva. En el año 2000 se puso en marcha una planta de productos regionales que permitió industrializar diferentes cultivos de los socios, y en 2007 se sumó una fábrica de fécula de mandioca con el mismo objetivo: generar nuevas opciones de entrega para los productores. “La diversificación fue una necesidad. Los precios de la yerba siempre fueron fluctuantes y los otros polos productivos ayudan a sostener la actividad”, señaló el responsable comercial.
Así, entre yerba mate, mandioca y encurtidos, la entidad cooperativa fue creciendo de la mano de la diversificación y el valor agregado en origen. Dentro de esa estrategia surgió la elaboración de pepinillos agridulces en conserva, que hoy se convirtió en una línea consolidada y reconocida como producto característico que se comercializa bajo la marca Flor de Jardín.
El proceso detrás de los pepinillos comienza cada año con un plan productivo basado en las ventas del ciclo anterior y las proyecciones de crecimiento. Entre junio y julio se definen las superficies a sembrar y en septiembre arranca la siembra.
“En unos 40 días aproximadamente ya estamos cosechando”, detalló el directivo sobre este cultivo de ciclo corto. Actualmente, participan 16 productores y alrededor de 80 trabajadores en la recolección manual. Revinski señaló que la variedad predominante en la chacra es Fancipack, elegida por su buena adaptación al clima misionero, aunque la cooperativa también evalúa nuevos materiales para mejorar rendimientos.

Luego de la cosecha y una vez que los pepinos llegan a la planta, pasan por una clasificadora que determina los tamaños, una variable que define el pago que recibe cada productor por kilo entregado. Toda la producción se destina a la industrialización y al envasado con un crecimiento sostenido en el tiempo ya que de un volumen estable de 65.000 kilos se alcanzaron los 110.000 kilos de pepinillos en la última zafra.
Los encurtidos se comercializan a través de distribuidores y ventas directas, con foco en supermercados y minimercados. La marca ya tiene presencia en todo el Litoral, Cuyo, Salta, Córdoba, Buenos Aires y distintos puntos de la Patagonia. “Estamos en gran parte del país, aunque todavía hay lugares por explorar para seguir expandiéndonos”, afirmó el gerente.
A 50 años de su fundación —celebrados en 2023—, Revinski advierte que la cooperativa no es ajena a un contexto complejo para producción industrial, marcado por costos elevados y márgenes ajustados. Sin embargo, el objetivo sigue siendo el mismo que en sus inicios: sostener el entramado productivo local.
“El desafío es que los socios puedan seguir produciendo y entregando su materia prima. La cooperativa tiene un impacto socioeconómico muy importante en nuestra localidad”, concluyó Revinski.
—





