El Instituto Privado Diocesano Manuel Belgrano de Pozo del Molle es un espacio muy especial de formación agropecuaria, con una impronta que combina tradición, innovación y comunidad.
Su directora Constanza Combale, siempre dispuesta a abrir las puertas, explica que “el colegio tiene 69 años y la escuela agropecuaria unos 57. Es un espacio donde los chicos aprenden desde primero a séptimo año, con prácticas constantes en la granja experimental. Aquí se forman técnicos que salen con oficio, con experiencia y con pasión”.
En total tienen dos orientaciones, Informática y Ciencias Naturales, de donde los estudiantes salen con el título de técnicos agropecuarios.
Con un edificio en el centro de la localidad del departamento Río Segundo, Córdoba, y una granja pegada al predio de la Sociedad Rural de Pozo del Molle, se da el escenario donde conviven el tambo, la fábrica de quesos, los galpones de aves y porcinos, la huerta y el monte frutal. Ahí es donde los estudiantes se enfrentan a la realidad productiva desde el primer día.
El profesor Fernando Bévolo recuerda cómo surgió uno de los proyectos más distintivos. “Hace ocho años decidimos con otro colega empezar a amanzar animales y hacer una fiesta para que los chicos pudieran presentar vacas como en una pista. Así nació la Belgranotecnia, con concurso de presentadores y jurados oficiales. Fue el inicio de un camino que nos llevó a incorporar razas diversas”.
Hoy el tambo escolar cuenta con vacas de las razas Montbéliarde, Normando, Sueca Roja, Jersey, Pardo Suizo y Holando, cada una con sus crías. “La idea es que los chicos vean la diversidad y comprendan que cada raza responde a un sistema productivo distinto. No es lo mismo un sistema intensivo con ventiladores y cama, que uno de pastoreo con autoconsumo”, explica Bévolo.
La evolución ha sido constante en la institución. “Cuando yo estaba estudiando, no me imaginaba una vaca ni de cerca. Hoy los chicos están siempre en contacto con los animales, los llevan, los traen, los preparan. Eso marca la diferencia”, señala Combale.
La experiencia es muy valiosa para todos y con todo lo que tiene la trayectoria real en los tambos.
“Un viernes a la noche me llamaron porque una Pardo Suizo estaba por parir. A las once de la noche vinieron Fernando con un chico de séptimo y entre los dos asistieron el nacimiento. Al rato ya me mandaban el video con el ternerito. Eso no se olvida más”, relata Constanza, enfatizando la formación que se convierte así en vivencia, en compromiso y en vínculo con los animales.
El tambo escolar también refleja esa evolución. “Hace once años, con un proyecto de los chicos, pasamos de un tambito viejo de una bajada, a uno de tres bajadas con retiradores automáticos. Fue gracias a donaciones y al esfuerzo de la comunidad”, recuerda el profesor.
Hoy el desafío es incorporar tecnología de gestión. “Yo no quiero un robot de ordeño, porque no tiene sentido para doce vacas. Prefiero el DelPro (una plataforma desarrollada por De Laval), que nos permitiría hacer el seguimiento de sólidos, grasas y proteínas por raza, día por día. Eso les serviría a los chicos para un trabajo inmediato”, explica Fernando, porque sabe que deben formar técnicos capaces de manejar datos, interpretar resultados y tomar decisiones.

La referencia al programa para la captura de datos, el control del rodeo, la salud y el bienestar animal, les abriría oportunidades para todos los tipos de unidades productivas. A cada uno que llega al predio se le hace una recorrida por el tambo y se le explica el impacto positivo que tendría contar con eso. Quizá pronto las gestiones den sus frutos.
En caso de querer hacer prácticas con robots, las pueden gestionar en tambos de la región, o incluso en el Campo Cárcano, el primero de Latinoamérica instalado para la formación, e un espacio gestionado por la Escuela Superior Integral de Lechería de Villa María y el INTA.
La comunidad es parte esencial de este proceso de ida y vuelta. “Nosotros abrimos las puertas a las escuelas primarias, los chicos vienen, recorren la granja, ven todo. Es una manera de escolarizar, de mostrar que elegir la técnica agropecuaria es una opción real en una zona donde la producción lechera es central”, subraya la directora.

En Pozo del Molle conviven grandes industrias como La Varense, Jumial o Intelac, con fábricas familiares de menor escala. “Hay salida laboral, hay demanda de técnicos. Muchos egresados siguen estudiando agronomía, otros se insertan directamente en el trabajo. Lo importante es que salen sabiendo hacer”, afirma Mauricio Griffa, también egresado y encargado de la producción quesera en la institución.
Días atrás se volvió a dar un nuevo cierre del proyecto de razas lecheras, realizado en la pista de la Sociedad Rural dentro de las fiestas patronales. “Mostramos a las madres con sus terneras. Es una manera de humanizar la producción, de que la gente vea la relación madre-hija y entienda lo que significa separar un ternero”, cuenta la directora.
El evento reunió a jurados reconocidos como Miguel Martinengo y Luis Gili, y permitió que los alumnos fueran protagonistas. “Los chicos se apropian de los conocimientos, quieren participar con cada vaca, se preparan todo el año. Es emocionante verlos en la pista, con orgullo y responsabilidad”, señala Bévolo.
Los proyectos a futuro apuntan a consolidar esa línea, ya que “queremos seguir inseminando con razas puras, mostrar el Girolando, comparar sistemas. La idea es que los chicos entiendan por qué un productor elige una raza y no otra, qué características busca, cómo se adapta al clima y al sistema de alimentación”, explica el profesor.

En palabras de Combale, “lo que buscamos es que los chicos vean todo, que se preparen para lo mejor y que sean reconocidos como gente formada”.
El Instituto Manuel Belgrano es un puente entre tradición y modernidad, entre comunidad y escuela. Con prácticas cotidianas, proyectos innovadores y un fuerte compromiso con la región, forma técnicos que saben ordeñar, inseminar, elaborar quesos y dulce de leche, y que comprenden las diferencias entre razas y sistemas productivos.
“Yo siempre digo que la mano de obra calificada es la que abre puertas. Acá los chicos salen con oficio, con experiencia y con pasión”, concluye Bévolo, docente que vive la educación agropecuaria como un compromiso colectivo y como una inversión para el futuro de toda la región y la lechería nacional.




