Aunque la cita apuntaba a presentar las proyecciones de crecimiento de cara al 2030, el encuentro realizado por referentes del sector ovino ayer, en el marco de la Exposición Rural, tuvo más que ver con mostrar todas las necesidades que tiene esa cadena por resolver, que con hacer promesas pomposas.
La voz más disonante fue quizás la del subsecretario de Producción Agropecuaria y Forestal, Manuel Chiappe, que acercó las estadísticas que maneja la cartera de Agricultura y trató de poner una cuota de optimismo en el encuentro.
“Tenemos poco menos de 12 millones de cabezas. Cerramos 2025 con un aumento del 7% en la faena y la producción, y en el primer semestre de 2026 también registramos un crecimiento cercano al 7% en producción y del 5% en toneladas res con hueso”, dijo el funcionario, que aseguró que las cifras nacen de haber “ordenado y sincerado las estadísticas oficiales”.

“No son números para hacer una fiesta pero estamos viendo que el ovino está creciendo lentamente, que volvió a hacer negocio”, sostuvo Chiappe.
Pero el espejo se rompió con la presentación de Álvaro Sánchez Noya, que asistió en representación de los frigoríficos patagónicos. “El consumo de carne ovina es muy pero muy bajo. En el mercado interno estamos en torno a los 250 gramos por habitante por año, mientras que Uruguay consume unos 2,5 kilos por habitante. Y nuestros hábitos de consumo son bastante similares”, introdujo el empresario.
Ese bajo consumo, y por ende demanda, lleva a que muchas plantas no tengan la suficiente mercadería para faenar. “Lo sufrimos las de la Patagonia, que operamos 3 a 4 meses por año porque no hay producto”, dijo, y aseguró que “la disminución del número de cabezas es la principal desventaja”.
También marcó que la “producción total de Argentina son 16 mil toneladas y la faena declara es de 1 millón”, lo que da cuenta de un circuito que no pasa por los canales oficiales. “Eso afecta a la industria y va más allá del autoconsumo”, advirtió.
En este contexto, Noya consideró que la exportación es la que ofrece una oportunidad más concreta de crecimiento. “Brasil importa 7.000 toneladas de carne ovina, de las cuales el 70% proviene de Uruguay. Ese es un mercado que podemos desarrollar porque no exige estatus de libre de aftosa. En el caso de los mercados que sí lo requieren, como la Unión Europea, podemos abastecerlos desde la Patagonia”, explicó.
Aquello permitiría resolver esa escasez de volumen para mantener las plantas frigoríficas activas durante todo el año.
En el caso del rubro lanero, Mariano Guerra, representante de la Federación Lanera Argentina (FLA), aseguró que Argentina tiene oportunidad de crecer si aplica una estrategia de competir por calidad y no por volumen.
“Tenemos origen, industria local, trazabilidad, certificaciones y no exportamos solo lana sucia. El 60% de lo que exportamos son productos procesados y las exportaciones alcanzan los 193 millones de dólares anuales”, destacó.
Al igual que la carne, con un mercado interno prácticamente inexistente, el negocio lanero depende casi exclusivamente de las ventas al exterior. “A nivel mundial, el 60% de las fibras corresponde al poliéster, el 20% al algodón y el 10% a otras fibras sintéticas. La lana ocupa un nicho y dentro de ese nicho nosotros apuntamos a posicionarnos como un speciality”, explicó.

Frente a esto, Guerra adelantó que la cadena trabaja en un plan estratégico a diez años. La iniciativa contempla una primera etapa de estabilización del stock regional y una segunda orientada a consolidar la presencia en mercados premium. El objetivo, aclaró, no es recuperar el volumen histórico de animales que llegó a tener la Argentina, sino hacer que el stock actual sea “más rentable y auditado”.
Cabe destacar que los representantes de la carne y la lana sí reconocieron en el encuentro el trabajo coordinado con el gobierno nacional para seguir abriendo nuevos mercados externos, algo que, a todas luces, parece ser la verdadera vía de crecimiento.





