Vanesa Morales conoce la pesca desde chica. Nació en Chascomús, en una familia vinculada a la actividad en las lagunas, y más tarde llegó a Punta Indio, donde descubrió otro mundo pesquero, marcado por la Bahía Samborombón, las temporadas de corvina, las salidas en lancha y un oficio que durante muchos años se transmitió de generación en generación sin demasiados papeles de por medio. O ninguno, mejor dicho.
Hoy Vanesa es una de las integrantes de la Cooperativa de Pesca Artesanal La Boya, una entidad que nació cuando varios pescadores se propusieron justamente intervenir sobre esa realidad. es decir, hacer visible una actividad que permanecía bastante escondida, formalizar a quienes vivían de ella y generar nuevas alternativas para que una mayor parte del valor del pescado quede en la propia zona.
“Yo sabía que de esa pesca yo comía”, recordó Morales sobre sus primeros años en una familia de pescadores. Pero cuando llegó a la costa bonaerense, donde el río de la Plata se da sus primeros abrazos con el agua del mar, encontró algo más amplio. “Vi todo este mundo donde desde nuestra localidad, podíamos generar trabajos para los jóvenes. ¿Cómo hacemos que este mundo se conozca? ¿Cómo hacemos que el pueblo empiece a comer el pescado de nuestra costa?”, resumió sus inquietudes.
De esas preguntas surgió, hace unos cuatro años, la cooperativa La Boya.
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La pesca artesanal de esa zona tiene además una dinámica particular. En distintos momentos del año llegan pescadores desde otros puntos de la costa bonaerense atraídos por las diferentes zafras o maereas. Según explicó Morales, con la llegada de la corvina rubia aparecen trabajadores de Quilmes, La Plata, San Clemente, Santa Teresita y General Lavalle, entre otros lugares.
Después cambia la especie y cambia también la temporada: aparece la corvina negra, la pescadilla, la lisa y la pesca variada.
Pero esas temporadas ya no son tan previsibles como antes. “Hoy el tema del clima va cambiando la variedad de especies y las temporadas también”, señaló la pescadora. Y aseguró que actualmente “se pesca menos que antes”. Entre las razones mencionó los efectos que tuvo la bajante del Paraná y los cambios en las temperaturas de las aguas.

“La corvina rubia viene en el frío y el año pasado estábamos en mayo, casi empezando junio, de remera. Entonces se van atrasando todas las temporadas”, explicó.
Frente a ese escenario, la primera preocupación de La Boya no estuvo centrada en aumentar las capturas ni en vender más pescado, sino en algo mucho más elemental: conseguir que quienes salían al agua pudieran hacerlo dentro de la legalidad.
“El primer trabajo que hizo la cooperativa hace cuatro años fue la legalización de los pescadores”, contó Morales. Para eso tuvieron que articular con los organismos vinculados a la actividad, entre ellos Prefectura y las autoridades pesqueras, y acompañar a los trabajadores para que pudieran obtener su libreta de embarque.
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Ese documento, explicó, permite registrar quién sale al río, en qué embarcación y con cuántas personas. Antes de zarpar se informa la salida a Prefectura y, al regresar, también se notifica el ingreso.
No se trata solamente de una formalidad administrativa. “Es toda su seguridad, su legalidad, su jubilación, sus aportes, su mutual, todo”, enumeró la luchadora Morales.
En aquel proceso se inscribieron 105 pescadores provenientes de distintos puntos de la costa y 85 lograron obtener su libreta. Para La Boya, acercar ese trámite fue fundamental porque muchas veces la informalidad no respondía a una negativa de los propios trabajadores a regularizarse, sino a las dificultades prácticas para acceder al sistema.
Morales puso como ejemplo a pescadores de 40 o 50 años que llevan toda su vida arriba de una embarcación, pero a quienes se les exigía realizar cursos o capacitaciones lejos de su lugar de trabajo. “Vos tenés un pescador al que no lo vas a hacer estudiar porque ya tiene toda la experiencia. Además, si al pescador lo sacás del agua, ¿cómo trae el mango a su casa?”, planteó.

Por eso, dijo, la cooperativa intentó acercarles esas herramientas en lugar de esperar que cada uno resolviera el problema por su cuenta. “Ellos dijeron: ‘Sí, queremos ser legales’. Ahora, ¿me da el tiempo para dejar de pescar y poder estar haciendo el curso?”, ejemplificó.
La libreta también modificó la posición del propio pescador frente a su actividad. “El pescador, con su libreta y su legalidad, puede defender su trabajo mucho más que estando ilegal”, afirmó Morales.
Pero formalizar el oficio es solamente una parte del desafío. La pesca artesanal sigue teniendo una fuerte lógica individual. Cada pescador realiza su captura y, en buena medida, todavía comercializa por su cuenta. La cooperativa intenta avanzar hacia formas más asociativas, aunque Morales reconoce que modificar hábitos transmitidos durante décadas lleva tiempo.
“Uno se crió así, no conoce otra manera de la que aprendió hace 40 años atrás. Entonces no podés criticarlo. Podés construir otra historia distinta con el tiempo”, explicó. Y allí aparece el segundo gran objetivo de La Boya: conseguir que una mayor parte del pescado capturado en la zona también se procese, se venda y se consuma allí.
Hoy el circuito suele ser bastante más corto. “El pescador sale, llega a puerto, están esperando los camiones, ese pescado se va a un frigorífico y ese frigorífico exporta”, describió Morales.
Que repite: “No está mal, es lo que hasta acá uno conoció”. Pero la cooperativa intenta demostrar que también puede existir otra alternativa. La propuesta es agregar trabajo en el territorio: recibir el pescado, filetearlo, comercializarlo y generar nuevos puestos laborales vinculados a una actividad que hasta ahora muchas veces terminaba en el momento en que la captura subía al camión.
La propia cooperativa ya funciona con esa lógica. Allí se pesca, se recibe la mercadería, se filetea y luego se vende. Pero incluso algo aparentemente sencillo como incorporar jóvenes requiere capacitación. “No es un kiosco donde vos podés tomar un chico. Tenés que enseñar, hacer talleres. No todos sabemos filetear. Es todo un proceso”, explicó.
Otro desafío también pasa por generar consumidores. Más mercado para lo que producen.

Punta Indio está inserto en una región con una cultura alimentaria muy ligada a la carne vacuna y, paradójicamente, durante años buena parte de sus habitantes prácticamente no conocía las especies que se pescaban frente a sus propias costas. “Nos pedían una clase de pescado que no es la que nosotros pescamos acá”, recordó Morales.
Cuando la cooperativa empezó a ofrecer las especies locales, esa situación comenzó lentamente a cambiar. También trabajaron con una cocinera para enseñar distintas formas de preparar el producto y acercarlo a restaurantes y vecinos. “Hay toda una cultura del pescado”, reconoció.
Para Morales, desarrollar ese mercado interno permitiría cerrar el círculo iniciado con la formalización: pescadores registrados y más seguros, pero también jóvenes trabajando en el procesamiento y comercialización, y consumidores locales incorporando el pescado producido en la región.

La historia le toca muy personalmente. Morales es hija de pescadores, está casada con un pescador y sus hijos también están vinculados al oficio. Por eso, cuando le preguntaron si quería que continuaran en la actividad, no dudó. “Para eso estoy acá, para cambiar y dar las mejores herramientas”.
En ese sentido, enumeró algunas de esas condiciones que hoy considera indispensables: libreta, salvavidas, buenas embarcaciones, GPS, conocimiento de mareas y del viento y comunicación permanente entre quienes están en el agua. Porque, aunque admite que a la hora de vender cada pescador suele defender lo suyo, también rechaza la idea de que se trate de un oficio completamente individualista.
“Los pescadores son muy compañeros entre ellos. Si a alguno le pasa algo, ninguno se va a volver dejando a su compañero en el agua”, afirmó.




