“Siento que en tantos viajes me perdí mucho de la infancia de mis hijos. Hay algo que me perdí. Me gustaría esta vida que tengo actualmente, pasando más tiempo en casa, pero con mis hijos chicos. A los 61 todavía tengo mucho por aprender y seguir desbloqueando pendientes”, reconoce Pablo Adrián Vaquero repasando su vida profesional y personal. “No soy buen cocinero, pero haciendo lentejas soy imbatible”, sentenció.
Es ingeniero en producción agropecuaria, con un MBA en el IAE y un posgrado en Agronegocios, entre otros estudios. En lo laboral, pisó fuerte en “tierra de gigantes”. Trabajó cinco años en John Deere y después vino DeKalb, luego comprada por Monsanto (hoy Bayer), una empresa en la que ocupó distintas posiciones durante 20 años y donde llegó a ser vicepresidente para Latinoamérica Sur. Participó en distintas cámaras y asociaciones. Hace 10 años puso en marcha Gensus, donde hoy es presidente y CEO, una empresa dedicada a la producción y comercialización de semillas de algodón.
En esta charla, además de recorrer la trastienda de sus años laborales, les propongo conocer su lado B. La familia, Independiente y el fútbol, el taekwondo (que empezó después de los 50), su pasión por los musicales y más caminos inesperados. Pasen y disfruten…

-Viajemos imaginariamente a tu infancia. ¿En qué contexto te criaste y qué hacían tus viejos?
-Nací en San Isidro, barrio La Calabria, de tanos inmigrantes. Mi papá era ingeniero electricista y trabajó casi toda su vida en Obras Sanitarias, un cargo gerencial. Y mi mamá fue maestra de primaria toda su vida. Clase media, veraneos de chicos en Mar del Plata. A mi papá y a mí nos gustaba pescar en la Escollera Norte. Y me acuerdo de que cuando me decía “mañana vamos a pescar”, esa noche no dormía de la ansiedad. Recuerdo andar en bicicleta, jugar con los autitos en la calle, esos que armábamos con la cucharita adelante y, obviamente, el fútbol en algún potrero. Ojo, yo siempre fui muy malo al fútbol, pese a que me encantaba.
-¿Eras más bien rústico?
-Era rústico. Pero tengo una anécdota. Esto no lo conté nunca, hasta me da vergüenza contarlo. Una vez fuimos a probarnos al club Acassuso. ¿A qué fui? Era malísimo… Ja, ja… Obviamente, no quedé.
-Llegó el momento de estudiar. ¿Cómo un joven de San Isidro elige ser agrónomo?
-Muy raro. La realidad es que mi contacto con el campo vino a través de una tía que tenía un campo de cría en Las Flores y mi papá la ayudaba, íbamos cada tanto. Un campo muy rústico, pero a mí me encantaba. Sentía que era mi lugar. Por eso, cuando llegó el momento de elegir, no tuve dudas.
-¿Cómo fue conseguir el primer trabajo?
-Yo me había recibido con medalla de oro, buen promedio. Sentía que me iban a venir a buscar. Mandé como 100 currículums. Como anécdota, uno de los telegramas que mandé fue a Monsanto, me entrevistaron como joven profesional y no me aceptaron. Entonces, fui a ver a uno de los mejores profesores que tuve en la facultad, Rubén Cayssials, de forrajes y oleaginosas, un genio. Y le dije que no encontraba trabajo. Y él me conectó con la familia Menéndez Behety, con quien él estaba haciendo una investigación en recuperación de suelos salinos. En un momento surgió un contacto para ir a hacer un máster en Salt Lake City en investigación. Y ahí se abrieron dos caminos: la carrera científica o como representante de ventas en un laboratorio argentino, Agroinsumos, de José Morrone. La verdad que yo necesitaba la plata. Así que dejé la ciencia y me dediqué a vender. Tuve que salir a la calle y aprender los rudimentos de la venta.

-¿Y cómo te fue?
Al principio vendía por lástima, era mi estrategia. Fui haciendo mi clientela, aprendí mucho. Me fui formando como persona de negocios.
-¿Cuándo llegó John Deere?
-Un amigo nos avisó que estaban buscando gente en John Deere, me presenté y me eligieron como gerente de territorio. Así que me casé y nos fuimos con Marisa a vivir a La Pampa. Ahí nacieron mis dos hijos, son pampeanos. John Deere es de esos lugares de los que no te querés ir nunca. Pero yo quería crecer y no se daba. En un momento busqué otra cosa y ahí surgió la posibilidad de entrar en DeKalb en el área de marketing, con Raúl Palmieri y Víctor Agafonoff. Dos genios.

-¿Entrar a Monsanto, DeKalb en ese momento, era como que te llamaran para jugar en el Real Madrid o el Barcelona?
-Ya John Deere fue tocar el cielo con las manos. DeKalb fue de las experiencias más lindas por la forma de trabajo, la creatividad, el desafío. El producto que teníamos era imbatible. Era una empresa internacional, pero el manejo era de argentinos. Hasta que Monsanto la compró. De ahí en adelante fue todo muy vertiginoso. Muy lindo también. Pude llevar adelante proyectos que nunca en mi vida pensé iba a poder hacer. Había una energía en esa empresa que no vi nunca en otra.
-¿Cómo fue tu salida de Monsanto?
-La verdad es que sabía qué iba a venir después de Monsanto, pero estaba como vicepresidente del directorio y ya no había más para mí ahí, y decidí dar un paso al costado. Fue una época difícil de reconfiguración de mi vida. Tenía 50 años. Ese año terminamos de construir una casa en Pinamar, donde hoy es mi lugar de desconexión. “La Lechuza” se llama. También festejé con todo mis 50, en un salón, con 80 amigos y familiares. ¡Un fiestón! Y ahí hice dos stand-up. Aparecí vestido con un saco y una remera de frac, donde conté lo que me estaba pasando, y después hice otra aparición con una peluca, camiseta de Independiente y una pelota, y conté cosas de mi infancia. Y para mí fue liberador. Y después bailamos, chupamos y la pasamos bárbaro. Sabía que terminaba una etapa, empezaba otra.
-Después vino el capítulo Gensus. ¿Cómo fue que te metiste en el negocio del algodón?
-Había pasado como un año desde mi salida, año 2016, y justo Monsanto estaba cerrando Genética Mandiyú, que era su negocio de semilla de algodón en Argentina. Y a mí me parecía una locura porque era la única empresa que proveía de semilla fiscalizada en Argentina. Tanto hinché que me sugirieron que lo comprara. Así busqué otros seis socios, hicimos una propuesta y ganamos.
-¿Cómo te acompañó tu familia en todo este proceso laboral?
-Mi familia está compuesta por mi señora, Marisa, que es psicóloga, psicopedagoga y hoy trabaja mucho más que yo. Le mete mucha garra, es una apasionada de lo que hace, una genia. Y están nuestros hijos, Santiago y Mariana, que hoy tienen 33 y 31 años, viven los dos en Madrid, con sus parejas, trabajando y son felices. Marisa es y ha sido una muy buena compañera. Yo siento que en tantos viajes me perdí mucho de la infancia de los chicos.

-¿Cómo despejás tu cabeza? ¿Cómo salís de lo laboral para resetear?
-En su momento leía mucho, hoy escucho audiolibros. Y después, en casa tengo un pequeño taller con herramientas, creo debe ser parte de la herencia de mi viejo… No sé hacer nada (se ríe). Yo digo siempre que soy un gran desarmador, aunque después no sé rearmarlo. Eso sí, me despeja. Creo que pasé tanto tiempo viajando que hoy disfruto mucho estar en casa.
-Hablemos de fútbol como hincha. ¿Por qué o por quién sos de Independiente?
-Mi papá me hizo de Independiente. Él era de Mataderos, su club por el barrio era Nueva Chicago, pero un tío lo hizo del Rojo. Vivió toda la gloria del club y me transmitió eso. Sin embargo, recién cuando nacieron mis hijos descubrí el fanatismo. Cuando Santiago tenía 6 años, lo invitaron a jugar un partido de fútbol y tenía un amigo que era de River, entonces le compré todo el equipo de Independiente. Y creo que esa unción fue su bautismo. Santi se hizo hincha fanático mal de Independiente. Hoy somos socios del club, vamos a votar, cuando él estaba acá íbamos a la cancha y cada vez que viene vamos.
-¿Tenés algún momento o anécdota fuerte?
-Sí, varios, pero el más duro fue cuando fuimos a ver, el 15 de junio de 2013, el partido contra San Lorenzo donde Independiente se fue al descenso. Ese fue el más duro como hincha. Fuimos a llorar a la cancha. Fue muy emotivo. Hoy, que Santiago está en España, hacemos una videollamada para ver el partido juntos, él desde Madrid y yo desde acá, y vamos comentando, incluso con mi viejo.
-¿Qué tal te va en la cocina?
-No soy buen cocinero en general, pero haciendo lentejas me he perfeccionado y soy imbatible. ¡Con mis amigos tenemos hasta un grupo que se llama “las lentejas”! Además, el hecho de haber conocido a mi familia española me conectó con la comida de allá y empecé a hacer pulpo a la gallega. Arroz con mariscos o con pollo y asado me encanta hacer también.

-¿Música por dónde vas?
-Difícil, no soy de seguir alguna música en particular. Pero te diría Gieco, Serrat, Phil Collins, Facundo Cabral o Rod Stewart. Y me encantan los musicales. Soy fanático de dos obras que me han marcado. Una es “Drácula”, de Pepe Cibrián, que la vi 10 veces, desde que mi hijo estaba en la panza de Marisa hasta que él cumplió 30 años y la fuimos a ver juntos. Y me encanta “Los Miserables”, cada vez que la puedo ver en cualquier lugar del mundo voy. Y no puedo dejar de mencionar Les Luthiers, que me marcaron también toda mi vida. Los fui a ver 30 veces.
-¿Serie o película?
-Veo muchísimo. Soy muy fan de las emblemáticas como “Forrest Gump”, “Gladiador”, “La sociedad de los poetas muertos”. Tom Hanks y Robin Williams son dos actores fantásticos. Pero también “Esperando la carroza”, “Relatos salvajes”, “El secreto de sus ojos” o “Nueve reinas”. Me gusta Francella pese a que es de Racing… Jajá. Y después todas las sagas: “El señor de los anillos”, “La guerra de las galaxias”, “Harry Potter”. Hoy estoy siguiendo “Yellowstone” y sus precuelas.
-Si pudieses subirte al DeLorean y viajar en el tiempo, ¿a qué momento irías?
-Me gustaría esta vida que tengo actualmente, estando más en casa, más tranquilo, pero con mis hijos chicos. Hay algo que me perdí.
-Si este Pablo de hoy que ya recorrió todo este camino se encontrara con el Pablo que estaba arrancando la carrera, de 18-20 años, ¿qué creés que podría decirle este a aquel?
-Yo me siento bien con el Pablo que soy y el que logré crear con mis aciertos y errores. Qué sé yo, al Pablo adolescente le diría que salga más, era muy introvertido. Y al de hoy, que siga así. Hago cosas que nunca había hecho. Empecé a hacer taekwondo hace 4 años; hace poco rendí para cinturón negro. Quizás le diría que conecte antes con la familia de España. Hoy tengo un vino en homenaje al lugar donde nació mi abuelo que se llama Tabagón. Y algo que sí debería haber empezado antes, que mi mujer me insistió, pero no le hacía caso, y ahora que empecé me está haciendo bien, que es terapia. Tengo mucho para hacer y aprender todavía a mis 61 años.






