Fernando Caruncho fue uno de los grandes nombres del paisajismo contemporáneo. Filósofo de formación y jardinero por elección, construyó durante décadas un lenguaje propio basado en la geometría, la síntesis y una particular manera de trabajar con la vegetación. Sus proyectos, desarrollados en distintos lugares del mundo, dejaron una marca en la manera de pensar y diseñar jardines.
La noticia de su muerte nos llegó a través de Mariela Schaer, quien además compartió algunas fotografías de Caruncho tomadas durante uno de los viajes que realizó con sus grupos para recorrer jardines y paisajes. Según explicó, Caruncho estaba enfermo y la familia había decidido mantenerlo en privado hasta después de su entierro. “Lo que querían era no publicar nada hasta que no lo entierren porque querían hacer todo en privado”, relató.
Pero más allá de la triste noticia, para Schaer la mejor manera de explicar quién fue Caruncho es definirlo como “un pensador del paisaje”.

Caruncho se formó inicialmente como filósofo y luego comenzó sus estudios de paisajismo en la Escuela de Batres. Esa combinación terminó siendo determinante en su manera de trabajar. Sus jardines no nacían solamente de una elección estética o de una selección de plantas. Había detrás una reflexión sobre el espacio, la naturaleza, la arquitectura y la manera en que las personas recorren y experimentan un lugar.
Nunca se definió como paisajista. “Estaba orgulloso de que lo llamaran jardinero del paisaje”, recordó Schaer. La expresión dice mucho de su relación con el oficio y de una obra que, durante décadas, se mantuvo alejada de las etiquetas y de las tendencias. “Jamás se subió a las modas”, aseguró Schaer.
Caruncho construyó un lenguaje propio y permaneció fiel a él. Su estilo podía reconocerse rápidamente, pero no porque repitiera una fórmula sino porque había una serie de principios que aparecían una y otra vez: la geometría, la proporción, la síntesis y una particular manera de trabajar con la vegetación.
Quizás una de las mayores enseñanzas que dejó a quienes se dedican al paisajismo esté justamente en algo que, a primera vista, parece sencillo: no todo jardín necesita más. A veces necesita menos, pero mejor elegido.
Caruncho trabajaba con una paleta vegetal deliberadamente reducida. Schaer recuerda que podía utilizar apenas tres, cuatro o cinco especies en un proyecto. No buscaba con eso jardines pobres ni repetitivos. Por el contrario, conseguía que cada especie adquiriera una presencia mucho mayor dentro de la composición. La repetición, las alturas, las texturas y las distintas tonalidades del follaje construían un paisaje complejo sin necesidad de acumular plantas.

Para Caruncho, el verde también era color. Sus jardines podían prescindir de grandes explosiones de floración porque encontraba riqueza en las distintas tonalidades y texturas del follaje. Los verdes profundos, grisáceos o luminosos se combinaban para generar profundidad, ritmo y contraste.
Pero si había algo que atravesaba sus proyectos era la geometría. “La geometría era el eje central de cada uno de sus trabajos”, explicó Schaer. Líneas, círculos, ejes, perspectivas y repeticiones aparecían una y otra vez, aunque nunca como una imposición artificial sobre la naturaleza. La geometría servía para ordenar el paisaje, conducir la mirada y establecer relaciones entre la arquitectura, la vegetación y el espacio.
En muchos de sus jardines, una hilera de árboles podía convertirse en una línea arquitectónica; un grupo de setos, en una pared; un espejo de agua, en una prolongación del cielo. La vegetación dejaba entonces de ser simplemente aquello que llenaba un espacio para convertirse en parte de su estructura.
Esa capacidad para transformar elementos sencillos en una composición de gran fuerza visual fue uno de los rasgos que hicieron reconocible su trabajo en distintos lugares del mundo. Caruncho podía trabajar con olivos, cipreses, setos, agua, piedra y césped, pero el resultado nunca dependía de la cantidad de elementos. Dependía de cómo estaban relacionados entre sí.
Su manera de proyectar también implicaba una decisión poco habitual en tiempos en los que las tendencias cambian rápidamente. Caruncho no buscó adaptar su lenguaje a cada nueva moda. Construyó una identidad propia y la sostuvo durante décadas. Esa coherencia hizo que sus jardines fueran reconocibles y, al mismo tiempo, que pudieran dialogar con lugares y arquitecturas muy diferentes.
A lo largo de su trayectoria desarrolló proyectos en distintos países y se convirtió en una referencia internacional. Sus jardines privados, espacios públicos y trabajos vinculados a la arquitectura llevaron ese lenguaje a diferentes geografías, pero siempre con una misma búsqueda: comprender primero el lugar y después intervenirlo.
Su formación filosófica también atravesó esa manera de mirar. El jardín no era solamente un espacio decorativo ni una colección de plantas. Era una forma de pensar el lugar y de establecer una relación entre naturaleza, arquitectura y quien lo recorre.
Por eso su legado para el paisajismo mundial no está únicamente en los jardines que proyectó. Está también en una manera de mirar. En entender que antes de plantar hay que observar, que antes de sumar elementos hay que encontrar una estructura y que una paleta vegetal pequeña puede ser mucho más poderosa cuando cada especie tiene un propósito.

Las fotografías que acompañan esta nota son algunas de las que Mariela Schaer compartió con De Raíz y que forman parte de sus registros de aquellos encuentros con Caruncho. Otras son extraídas de Pinterest y su sitio oficial.
Fernando Caruncho murió a los 68 años, pero dejó una obra que sigue planteando una pregunta muy actual para quienes diseñan jardines: cuánto hace falta para construir un paisaje verdaderamente memorable.





