Ander Etxeberria tiene un trabajo bastante particular. Es el responsable de difundir por el mundo la experiencia de Mondragón, el conglomerado cooperativo nacido en el País Vasco que logró construir empresas capaces de competir internacionalmente sin abandonar una premisa: el objetivo principal no es enriquecer a unos pocos sino generar empleo de calidad.
Por eso llegó a Rosario, invitado por Agricultores Federados Argentinos (AFA), para contar una experiencia que comenzó en 1956 y que, siete décadas después, sigue siendo observada como uno de los principales casos de cooperativismo empresario a nivel mundial.
“Es un modelo de empresa cooperativa que lo inventaron una serie de personas en el año 56. Ese invento, que no sabían si iba a salir bien o mal, salió bien”, resumió Etxeberria en diálogo con Bichos de Campo.

Detrás de aquella experiencia estuvo el sacerdote José María Arizmendiarrieta, impulsor de un grupo de jóvenes técnicos e ingenieros de una zona fuertemente industrializada del País Vasco. La primera experiencia fue industrial y, a partir de allí, se fue construyendo un entramado mucho mayor.
Pero Etxeberria evita presentar a Mondragón como una curiosidad histórica para admirar desde lejos. Su tarea, justamente, consiste en explicar por qué creen que el modelo todavía puede servir.
“El objetivo de las cooperativas de Mondragón es la creación de empleo. Si en un lugar hay cooperativas quiere decir que la gente tiene la opción de trabajar en esa cooperativa y eso significa que cada mes va a tener un salario más que digno. Esa es la mejor forma de mejorar una sociedad”, afirmó.
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El razonamiento, sin embargo, tiene una segunda pata que para el vasco es inseparable de la primera: para repartir riqueza primero hay que generar empresas capaces de sobrevivir y competir.
“Si queremos hacer empresas que crean empleo, las empresas tienen que ser punteras, tienen que competir en el mundo”, explicó. Por eso resumió las dos bases del sistema en “innovación y capacitación”.
La escala alcanzada no es menor. Etxeberria habló de unas 70.000 personas empleadas y una facturación anual cercana a los 11.000 millones de euros. Los últimos datos publicados por la propia corporación para 2025 incluso ubican las ventas por encima de 11.300 millones de euros y la plantilla en más de 71.400 personas.
Ese tamaño empresario convive con una organización que mantiene mecanismos cooperativos y participación de los trabajadores en las decisiones. Y es ahí donde Etxeberria encuentra una respuesta frente a un mundo que, según le planteó Bichos de Campo, parece avanzar en sentido contrario, con mayor individualismo y concentración de riqueza.
“Las cooperativas ganan dinero y tienen una distribución más equitativa que otro tipo de empresa. ¿Qué quiere la juventud de hoy? Quiere vivir bien. Bueno, eso encaja con el modelo cooperativo”, respondió.
Y enseguida llevó esa discusión a un terreno mucho más cotidiano: “¿Para qué me sirve ser el más millonario del mundo si voy a tener que contratar guardaespaldas? ¿Voy a tener que poner una valla delante de casa, voy a tener que blindar mi coche?”.
Su alternativa es bastante menos grandilocuente: “¿No es mejor tener un buen salario, tener una estabilidad laboral, tener derecho de voto en la asamblea?”.
Pero hay otra consecuencia del cooperativismo que para Etxeberria quizá resulte todavía más importante. Que una empresa funcione en un territorio permite que haya gente trabajando allí y, en consecuencia, que las nuevas generaciones no necesariamente tengan que irse.
“Que tus hijos puedan seguir viviendo en el pueblo donde has nacido. Esas relaciones sociales, ese ambiente, gracias a las cooperativas es mucho más fácil”, sostuvo.




