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¿Qué ambientes naturales queremos conservar? Según el naturalista Gustavo Aparicio, no existen lugares “prístinos” y muchos ya fueron modificados por la presencia del hombre

Lola López por Lola López
26 mayo, 2021

Gustavo Aparicio, director de Conservación de la Fundación Hábitat y Desarrollo, dice que la evidencia muestra algo que nos hace repensar el concepto de “prístino”: no sólo hay rastros de presencia humana en muchos ambientes naturales que se quieren conservar sino que, justamente, la acción humana ayudó a su desarrollo y conformación. En esta nota, ejemplos para debatir y reflexionar.

Fue en la década del ochenta cuando en el Amazonas se descubrieron los terra preta (tierra negra en portugués): suelos creados por las personas que habitaban la región hace miles de años y que poseen 3 veces más materia orgánica, nitrógeno y fósforo que los suelos adyacentes y hasta 70 veces más carbón vegetal. Su formación se debe a la ocupación humana intensiva que aportó grandes cantidades de residuos carbonizados (restos de fogatas), excrementos humanos, huesos de peces, de mamíferos y caparazones de tortugas.

“Son estables y fértiles, incluso en la actualidad, lo cual resulta muy curioso ya que los suelos de la selva amazónica son pobres desde el punto de vista productivo, debido a su escasez de materia orgánica”, explica Aparicio. “Esta característica, común en las selvas tropicales, es la que evitó hasta el momento su conversión a la agricultura en gran escala”.

Los terra preta están esparcidos por toda la cuenca ocupando sectores que promedian las 20 hectáreas. Para detectarlos, los investigadores buscan sitios donde exista alta concentración de plantas domesticadas o semidomesticadas. Esto se debe a que en el Amazonas la domesticación de plantas comenzó hace unos 8.000 años y, cinco siglos después del colapso de aquellas culturas que se dedicaron a domesticarlas, las plantas persisten en los bosques y están tan asociadas a los suelos antropogénicos que su presencia sirve para hallar su ubicación.

“Otro efecto de la presencia humana que modificó la composición vegetal fue la caza, que provocó la disminución de fauna grande o mediana capaz de dispersar determinados frutos. Un estudio de investigadores brasileños encabezado por Mauro Galleti afirma que en los últimos 100 años se produjo una merma significativa de aves dispersoras de semillas de gran tamaño en el Bosque Atlántico, y que ello está asociado con la reducción en el tamaño de las semillas de palmito (Euterpes edulis)”, cuenta Aparicio.

Otro estudio reciente indicó que de las 1.600 especies de árboles y arbustos que crecen en el Amazonas, 227 son dominantes. De estas, 85 fueron domesticadas -o están en vías de domesticación- y 20 de ellas son hiperdominantes y se distribuyen en todos los ambientes. Su abundancia es un indicador de la cercanía a sitios arqueológicos y de suelos donde hubo presencia humana, generalmente próximos a los ríos navegables mientras que las especies leñosas no domesticadas son más abundantes lejos de los sitios arqueológicos, donde no había caza o se realizaba de forma esporádica.

“Por estas circunstancias puede afirmarse que el Amazonas no es ‘prístino’ en tanto ajeno a la mano humana, sino que fue moldeado por la domesticación del suelo y de las plantas”, enfatiza, al tiempo que menciona algo similar en relación al Chaco Húmedo.

“El antropólogo Gastón Gordillo estudió la región del río Pilcomayo, donde a principios del siglo XX la expansión ganadera causó la desaparición de amplios pastizales y la expansión de bosques y cuenta que aún hoy los tobas y wichís recuerdan que sus abuelos en la década de 1910 habitaban extensos pastizales que ingresaban más de 15 kilómetros tierra adentro”.

Es que los pastizales eran el resultado de incendios provocados por tobas, wichís y nivaclés para cazar, combatir y enviar mensajes: eso, sumado a ocasionales desbordes del Pilcomayo, limitaba la proliferación de leñosas y facilitaba el crecimiento de pastos. Pero los indígenas dejaron de provocar fuegos por la presión de los colonos y los embates del Ejército y luego, el ganado pobló las praderas y las fue agotando.

Ante la falta de alimento, las vacas se dirigieron al bosque y consumieron frutos de algarrobo, mistol y otras especies, que luego sembraron en el pastizal fertilizándolo con bosta. Así, el paisaje se fue trasformando hasta los bosques que hoy se desean conservar, sin saber en realidad qué paisaje era el original, lo cual es clave, por ejemplo, al pensar trabajos de restauración (¿Qué hay que restaurar sobre la base de qué?, podría ser una de las preguntas).

“Otro ejemplo es el de las dos especies de araucarias sudamericanas: el pehuén que crece en la provincia del Neuquén y en el centro y sur de Chile, y el pino Paraná presente en Misiones y en el sur de Brasil”, detalla el especialista. “Las pruebas indican que 3.000 años atrás el pehuén había ampliado su área de distribución pero que disminuyó a la mitad desde la llegada de los europeos. Por su lado, la población de pino Paraná tuvo una expansión hace entre 800 y 1.500 años, pero en la actualidad ocupa menos del 10% de su distribución original. La presencia de esta araucaria se corresponde con el hallazgo de artefactos en viviendas subterráneas o ‘casas de foso’ de grupos indígenas precolombinos. La misma evidencia, basada en el estudio de polen fósil, indica que en la época de expansión eran frecuentes los incendios y que había pastizales en la zona”.

Las gruesas cortezas de las araucarias resisten el fuego y se expanden en lugares abiertos (como la estepa) aunque sus renovales pueden crecer en lugares sombríos, como debajo de árboles más grandes. Las semillas, pesadas y de poca dispersión, facilitan la recolección de gran cantidad de recursos con poco esfuerzo, pero a su vez limitan la expansión de las araucarias. Varios investigadores creen que la cosecha, traslado y acopio de los piñones por parte de grupos humanos favoreció la dispersión de ambas especies. Cómo evidencia de ello, proponen la falta de aislamiento por distancia que se observa en los estudios genéticos.

“Algo similar ocurre con algunas palmeras: por ejemplo las yatay que crecen en la localidad santafesina de Berna, habrían llegado desde el sur de Goya (Corrientes) llevadas por los aborígenes que incursionaron en esa zona en canoa llevando frutos como alimento. De hecho, actualmente, la mayor concentración de esta especie se encuentra en las lomadas que acompañan al arroyo Malabrigo. Mucho tiempo después, también en el Litoral pero ya en el siglo XX, las personas que viajaban en ferrocarril llevaban cocos de la palmera mboyacá como alimento y los dispersaron a lo largo del trayecto férreo”.

“Un caso curioso es el de la ecorregión Campos y Malezales que ostenta el menor nivel de protección efectiva, medido en superficie de áreas protegidas. El doctor José Luis Fontana, reconocido botánico de la Universidad del Nordeste, opina que, en otros tiempos, en esa extensión que ocupa el noreste de Corrientes y sur de Misiones, pudo haber habido un bosque casi continuo”.

La hipótesis se sostiene a partir de la presencia de relictos de bosque en suelos con diferente composición y relieve. Lo que se planteó Fontana fue que si pudieron prosperar en condiciones tan disímiles, ¿por qué no existen ahora? Cree que es una cuestión de manejo y por eso cuando se deja de pastorear y no se realizan quemas ni se cortan los arbustos, el bosque regresa.

Luego de la expulsión de los jesuitas de América, quedaron miles de cabezas de ganado en los pastizales y después llegó la ola de inmigración europea, que también demandó madera y hubo que abrir caminos para transportarla. De este modo, en distintos momentos históricos, pobladores indígenas precolombinos, colonizadores españoles, jesuitas y guaraníes, criollos e inmigrantes europeos fueron transformando el paisaje hasta la actualidad.

“La mención de estos ejemplos no pretende desmerecer la conservación de ambientes naturales ni la función de las áreas protegidas -la mejor herramienta de conservación que existe-. Sí, en cambio, discutir el concepto de ‘prístino’ y considerar el impacto de las poblaciones humanas que vivieron aquí miles de años antes de la llegada de los europeos”, reflexiona Aparicio.

“Si la selva amazónica no es virgen, los bosques de araucarias (y algunos palmares) fueron favorecidos y hasta dispersados por las personas que consumían sus frutos y semillas, y la ecorregión donde decimos que urge crear reservas fue moldeada por humanos al eliminar los bosques y favorecer la presencia de ganado… ¿qué estamos conservando?”, concluye, abriendo el debate.

Su correo electrónico es [email protected]

 

Etiquetas: ambientalismobiodiversidaddesmontesgran chacogustavo apariciomedio ambientemisiones
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Comentarios 1

  1. Benito says:
    5 años hace

    Apasionante… una posible respuesta al interrogante “¿qué estamos conservando?” o qué urge conservar, sería: biodiversidad. Ecosistemas, sino pristinos, de mínima diversos.

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