Aunque su fama es principalmente gastronómica, sus aplicaciones podrían ir mucho más allá de la cocina. Un equipo de investigadores del INTA Famaillá, en Tucumán, estudia el potencial de distintas variedades de esta planta para combatir organismos perjudiciales para los cultivos y, al mismo tiempo, mejorar las condiciones del suelo.
El trabajo se concentra en las propiedades biofumigantes de la mostaza, que permitirían reducir la presencia de nematodos, hongos y malezas mediante un proceso natural de descomposición de su biomasa. De esta manera, los investigadores buscan desarrollar estrategias de manejo que permitan disminuir la dependencia de insumos químicos, tanto en producciones hortícolas como extensivas.
“La técnica se basa en el efecto que produce la descomposición de la mostaza incorporada al suelo, proceso durante el cual se generan compuestos que resultan tóxicos para diversos fitopatógenos. Estos compuestos son los isotiocianatos”, explicó María de los Ángeles Quinteros, investigadora del INTA Famaillá.

El estudio ya cuenta con algunos antecedentes alentadores. Según informó el organismo, estudios previos realizados en cultivos de tomate mostraron una disminución de las poblaciones de nematodos y hongos fitopatógenos, lo que impulsó nuevos ensayos para evaluar su efecto en otras producciones.
Una de ellas es la frutilla, donde se está probando una técnica conocida como biosolarización. El procedimiento consiste en incorporar la biomasa de mostaza al suelo, aplicar un riego abundante y cubrir la superficie con plástico transparente. Esto favorece los procesos de descomposición y el aumento de la temperatura, potenciando el efecto biofumigante sobre los organismos perjudiciales.
Pero los investigadores también buscan trasladar esta estrategia a los cultivos extensivos de granos de primavera-verano. En esos casos, debido a las grandes superficies involucradas, no se utiliza plástico: la mostaza se corta y se deja sobre el suelo unos 40 días antes de la siembra del cultivo comercial, para que su descomposición libere los compuestos de interés.

Entre los materiales evaluados se encuentra Delfina INTA, una variedad de mostaza blanca (Sinapis alba) desarrollada por el investigador Ignacio Paunero. Se trata de una mostaza comestible que también presenta propiedades biofumigantes y cuyo uso como cultivo de servicio podría contribuir al control de organismos perjudiciales, aportar materia orgánica y mejorar las propiedades físicas y biológicas del suelo.
En paralelo, el INTA Famaillá trabaja junto con la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ) en la evaluación de otro cultivar, denominado Santa Catalina UNLP, desarrollado por el equipo de la Estación Experimental Santa Catalina, con la participación del investigador Omar Perniola. También se encuentra en evaluación la mostaza india (Brassica juncea).

Los trabajos incluyen, además, ensayos en el vivero forestal del INTA Famaillá para analizar el comportamiento de la mostaza frente a nematodos, hongos y malezas.
Más allá de su posible efecto sobre estos organismos, los investigadores evalúan el aporte de estas especies como cultivos de servicio, especialmente por su capacidad de incorporar materia orgánica, reducir la erosión y favorecer la biodiversidad.
Por ahora, el objetivo es profundizar los ensayos y determinar cómo incorporar estas variedades a diferentes sistemas productivos.





