El eco generado por la serie de notas que Bichos de Campo dedicó a distintos referentes del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) que dejaron esa institución animó a Víctor Hugo Burghi y a Luz Marina Lardone a participar de esta quinta entrega.
Burghi es ingeniero agrónomo y magíster por la Universidad Nacional de Mar del Plata, con una trayectoria técnica centrada en producción animal, manejo de pasturas y ganadería bovina. Formó parte de la Estación Experimental Agropecuaria La Rioja y, en los últimos años, en la Agencia de Extensión Rural Deán Funes, dependiente de la EEA Manfredi, desde donde trabajó sobre los sistemas ganaderos del norte de Córdoba, con fuerte actividad de extensión y transferencia hacia productores.
Lardone, por su parte, es Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata, magíster en Comunicación y doctora en Estudios de la Sociedad y la Cultura por la Universidad de Costa Rica. Dentro del INTA desarrolló buena parte de su trayectoria en comunicación y extensión rural, vinculada al Centro Regional La Pampa-San Luis y la EEA Anguil, donde llegó a desempeñarse como asistente regional de Extensión Rural. En enero de 2024 fue designada directora nacional asistente de Transferencia y Extensión, uno de los principales cargos de conducción técnica del organismo.
Las palabras de Víctor Burghi
Inicié en el INTA en el año 1995, también en una época de una severa reestructuración institucional hace 31 años. Comencé y seguí como investigador hasta el día de hoy, como contratado y luego becario en la Estación Experimental Agropecuaria (EEA) La Rioja.
Desde ese momento transite distintas etapas desde becario hasta llegar al cargo de Director de EEA La Rioja, pasando por ser Responsable del Campo Experimental en Dean Funes (Córdoba), referente de ganadería en el Norte de Córdoba, coordinador de proyectos de pasturas para el NOA Argentino, Jefe de la Agencia de Extensión Rural (AER) Jesús María y extensionista en la AER Dean Funes.

Me forme con una Maestría en Producción Animal en la EEA Balcarce. Pasaron los años, las experiencias, los desafíos y los cambios. Aprendí de grandes personas, de quienes me enseñaron el oficio, el compromiso y la importancia de trabajar al servicio de nuestra comunidad, de nuestros productores y del país.
El INTA no fue solamente mi lugar de trabajo: fue mi escuela, mi segunda casa y una parte fundamental de mi historia. Aquí crecí profesionalmente, formé amistades, compartí esfuerzos, recorrí caminos, enfrenté dificultades y celebré logros. Cada etapa dejó una enseñanza y cada persona dejó una huella.

Dejar la Institución fue un momento de duelo, y lo definí un día sábado, rodeado de mi familia y el incondicional apoyo de mi esposa, que fue la que estuvo presente en todo momento, acompañándome en los logros, en las mudanzas (que no fueron pocas) y en el orgullo de que mis hijos siguen la trayectoria de la vida rural como la transito en mi vida.
En estas líneas quiero agradecer a todos los que fueron parte de este camino. A quienes me enseñaron, me acompañaron y confiaron en mí durante tantos años. Porque los puestos pueden desaparecer, pero nadie puede borrar una vida entera de trabajo, dedicación y servicio, y aunque hoy se cierre una etapa que jamás imaginé terminar de esta manera, me quedo con lo más valioso: los recuerdos, las enseñanzas y las personas. El INTA será parte de mí.

Las palabras de Luz Lardone
Nací en Ingeniero Luiggi, un pueblo del norte de La Pampa. Vengo de las ciencias sociales y soy investigadora y gestora. Si tuviera que reconstruir mi trayectoria profesional, buena parte de los caminos que recorrí empiezan y vuelven, de algún modo, al INTA. Esta es una versión de alguien que se fue del INTA con el último retiro voluntario y que no elimina la dimensión política, busca hacerla emerger de la propia biografía. Soy quien solía decir que “de todos los sistemas biológicos con los que trabaja el INTA, me especialicé en los que toman decisiones”.
Mi primer INTA comenzó en 1997 y estuvo lejos de mi provincia natal. Llegué a través del Programa Cambio Rural, trabajando en el cinturón hortíflorícola del Gran Buenos Aires. Desde la Agencia de Extensión Rural de El Pato conocí el territorio, los/as productores/as y esa trama compleja de relaciones e intereses que se construye cuando una institución pública logra estar cerca de los problemas concretos y de las oportunidades que invitan a arriesgar. Un año después pasé al Centro Nacional de Investigaciones en Castelar y se abrió ante mí otro mundo inteano. Descubrí la investigación básica, la aplicada, los laboratorios, los equipos científicos, las preguntas que requieren años de trabajo y que suelen ser reemplazadas por nuevas preguntas.

El INTA me permitió seguir estudiando. Hice una maestría y luego un doctorado. Como tantos de mis compañeros/as tuve la oportunidad de salir del país para formarme, incluso con mis hijas pequeñas. Con “los pergaminos en mano”, elegí volver, esta vez a La Pampa, a mi lugar de origen. Allí empecé a trabajar justamente en ese cruce potente que había comenzado a imaginar desde la extensión cuando estaba en Castelar: investigación y extensión, conocimiento y territorio.
Durante años me moví construyendo puentes entre la extensión estrechamente vinculada con la investigación y viceversa. No hay una sin la otra. Fui comprendiendo que transferir conocimiento no consiste simplemente en llevar respuestas desde un centro científico hacia quienes supuestamente no las tienen; que los territorios también saben, preguntan, producen conocimiento, demandan e innovan. Entendí que no bajamos al territorio, somo parte; que no siempre quien no adopta es porque no sabe, también es porque no puede, porque las líneas de partida son diferentes. Tan diversas como las prácticas productivas y los ambientes de nuestro extenso país que se explica desde la diversidad y desequilibrio territorial. Esa convicción, entre otras, terminó convirtiéndose en una manera de entender mi profesión y, más tarde, la política pública.

El INTA me había dado mucho. Formación, experiencia, redes, oportunidades, una manera de mirar el país y el mundo. Pero las instituciones también tienen límites. Algunos son explícitos y otros se parecen bastante a esos techos de cristal que sólo descubrimos cuando intentamos atravesarlos. Con todo lo aprendido en el INTA y para seguir creciendo, en 2015 me fui a la gestión pública de la ciencia y la tecnología. Primero en La Pampa y después en ámbitos nacionales. Fui directora general de Ciencia y Tecnología de mi provincia, participé en la creación de instituciones como el Polo Científico Tecnológico de La Pampa y la Agencia de Ciencia, Tecnología e Innovación Abierta, entre otros. Fui Subsecretaria de Federalización de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación de la Nación e integré durante cinco años el Directorio del CONICET representando a los organismos de ciencia de las 24 jurisdicciones del país. Fueron lugares desde los que pude pensar y gestionar políticas científicas con una mirada federal y territorial. Todo eso que había aprendido en el INTA.
A inicios de 2024 regresé como directora nacional Asistente de Transferencia y Extensión, uno de los dos componentes considerados sustantivos junto a I+D. Había algo circular en ese regreso. La joven inexperta que había comenzado trabajando con productores de Cambio Rural, volvía cargada de experiencia y conocimiento para gestionar, a nivel nacional, una de las funciones que, a mi entender, mejor expresan la identidad del INTA: hacer que el conocimiento y las capacidades de una institución científica se encuentren, confluyan, con las realidades de quienes producen y habitan los territorios. A inicio de 2024 la territorialidad y capilaridad del INTA con sus 299 AERs a lo largo y ancho del país era, incluso, “admirado” desde el exterior.
No obstante, regresé en un momento muy difícil por adjetivarlo de alguna amanera. Desde esa Dirección estaban bajo mi responsabilidad programas y estructuras que habían llevado décadas construir. Desde allí me tocó asistir a la discontinuidad de los históricos Programas ProHuerta, y Cambio Rural -el mismo programa por el que yo había entrado al INTA-. Y hubo más y entonces se “achicó” la estructura de extensión con el cierre del AMBA y otras AERs, mientras se debilitaban otras herramientas de presencia e incidencia territorial.

Después de 21 años como personal de planta permanente y otros seis como personal no permanente, me fui del INTA. Aunque, veintisiete años no se explican con una cifra. Repasando el INTA me permitió formarme, investigar, gestionar, hacer una maestría y llegar a un doctorado. Me facilitó crecer profesionalmente hasta ocupar responsabilidades que aquella chica nacida en Ingeniero Luiggi, la primera en estudiar en la universidad pública difícilmente hubiera imaginado. También me permitió construir una vida. Con mi trabajo crie a mis hijas y pude acompañarlas para que estudiaran y llegaran, igual que yo, a la universidad.
Cuando hablamos de instituciones públicas, pocas veces hablamos de esto: de las vidas que se construyen alrededor de ellas, de las generaciones que progresan, de las oportunidades que se abren. De esa dimensión humana que hoy se deshilacha como el INTA. Por eso no miro al INTA desde la nostalgia como tampoco creo que debía permanecer inalterable. Las instituciones tienen que transformarse. Deben revisar sus estructuras, incorporar nuevas tecnologías, discutir sus prácticas y responder a un mundo productivo, ambiental y social profundamente dinámico. De hecho, el INTA en sus 70 años de historia lo ha hecho en numerosas ocasiones.
Estoy convenida que transformar no es achicar y mucho menos romper o incluso deshilachar. Una institución como el INTA no es solamente su presupuesto, su organigrama, sus edificios o la cantidad de personas que emplea. Es, sobre todo, una acumulación de capacidades: conocimiento, experiencia, equipos, redes, vínculos y confianza construidos durante décadas. Las estructuras administrativas pueden modificarse con una resolución, con un decreto. Las capacidades no. Llevan años en construirse y pueden perderse en muy poco tiempo.
Me fui del INTA como trabajadora, pero no me fui de las convicciones que pude aprender. Sigo creyendo en la ciencia pública, en la extensión, en las ciencias sociales como parte indispensable del sistema científico y tecnológico, en los territorios como productores de conocimiento y en la responsabilidad del Estado de construir capacidades para el desarrollo. Cuando miro mi historia veo a una mujer que salió de un pequeño pueblo de La Pampa, llegó al INTA trabajando con productores hortícolas, descubrió allí el mundo de la investigación, pudo formarse, regresar a su provincia, gestionar políticas públicas y, muchos años después, volver a la institución para conducir a nivel nacional el área en la que había comenzado su recorrido.

Esta es una historia personal sí, pero también dice algo sobre el INTA que conocí: una institución capaz no sólo de producir conocimiento, sino también de producir oportunidades, capacidades y futuro. Tal vez por eso resulte tan difícil irse. Y tal vez por eso preocupe tanto lo que perdimos. Lo más difícil de reconstruir son las capacidades, las personas y la confianza acumulada durante décadas. Eso también era el INTA. Y eso es, precisamente lo que no debemos naturalizar.





