En la provincia de San Luis, Virginia Otero transformó un campo en un proyecto que busca producir alimentos sin desmontar el bosque de caldén. Una siembra de girasol que comenzó casi como una intuición terminó ayudándola a saldar una deuda y abrió una nueva etapa dedicada a las semillas y al aceite.
En 2018, cuando tenía 30 años, Virginia se decidió a continuar el trabajo del campo familiar en unas 1.000 hectáreas ubicadas a unos 30 kilómetros de Justo Daract. La mitad eran monte y médanos; la otra mitad, tierras laborables.

Hasta entonces era arquitecta. Pero aquella oportunidad de quedar a cargo del campo, terminó modificando por completo el rumbo de su vida. “En ese momento decidí dejar mi profesión y mudarme al campo con mis dos hijos, que eran muy chicos. Fue una transformación personal muy profunda. Empecé a entender que tenía en mis manos un lugar que no podía mirar solamente como una unidad productiva”, cuenta.
Entre esas 1.000 hectáreas había un fragmento del Bosque del Caldenar, un ecosistema que alguna vez ocupó grandes extensiones de la llanura pampeana y que hoy sobrevive en parches cada vez más reducidos.
“Cuando llegué, me encontré con ese monte y sentí que había algo ahí que tenía que cuidar. Literalmente, el monte sostiene la tierra. Si desaparece, todo ese suelo queda mucho más expuesto y el médano empieza a avanzar”, explica.

La primera decisión fue dejar de utilizar pesticidas y herbicidas. “Decidí dejar de ir en contra de la vida. Frenar esa máquina destructiva y empezar a buscar formas de trabajar a favor del monte, no en su contra”, dice.
El cambio, sin embargo, no fue inmediato ni sencillo. Virginia comenzó a acercarse a experiencias de agroecología y, para 2021, ya integraba un grupo dedicado a esa temática y practicaba ganadería regenerativa.
Pero la agricultura le planteaba un desafío diferente. “Con la ganadería regenerativa encontraba algunas respuestas, pero con la agricultura agroecológica todavía no le encontraba la vuelta. No sabía cómo hacerlo sin depender de los agroquímicos”, recuerda.

Fue entonces cuando apareció el girasol.
“Un día tuve una intuición muy fuerte de que tenía que probar con girasol. No tenía todo resuelto, pero sentí que tenía que hacerlo”, relata.
Compró unas diez bolsas de semillas para realizar un ensayo. Pero cuando llegó el momento de la entrega ocurrió algo inesperado.
Virginia no estaba en el campo cuando llegaron las semillas. El encargado de la siembra la llamó para contarle que había un problema: en lugar de las diez bolsas que había comprado, habían enviado 50.
“Me llamó y me dijo: ‘¿Qué hacemos con esto?’. Yo le dije que las sembráramos todas. Para mí no era casualidad que hubieran llegado esas semillas”, cuenta.

Así, el ensayo terminó siendo cinco veces más grande de lo previsto. La decisión podría haber sido apenas una anécdota si no fuera porque, un año después, aquel girasol terminó teniendo un papel decisivo en la economía del establecimiento.
En ese momento Virginia arrastraba una deuda en dólares vinculada al campo que ahora dirigía. Las sucesivas devaluaciones habían hecho que el compromiso se extendiera y buena parte de los ingresos que generaba el establecimiento terminaban destinados a cubrirla.
Entonces llegó 2022. El conflicto entre Rusia y Ucrania provocó alteraciones en el mercado internacional de girasol y un fuerte desabastecimiento de semillas y aceite. En ese contexto, el girasol producido por Virginia alcanzó un valor muy superior al previsto.

“Nos pagaron las semillas al doble del valor que tenían en ese momento. Y eso me permitió cancelar toda la deuda que tenía del campo”, recuerda.
La situación económica, paradójicamente, terminó abriendo una nueva etapa. “Ahí entendí que había una posibilidad. Que podíamos producir semillas y que después también podíamos avanzar hacia la elaboración de aceite”, cuenta.
Lo que había empezado como una intuición y una compra equivocada de semillas terminó convirtiéndose en una línea productiva.

Hoy, La Certeza es todavía una búsqueda. No pretende presentarse como un modelo terminado ni como una receta aplicable a cualquier establecimiento.
La experiencia parte de una condición particular: un campo donde conviven tierras productivas, monte y médanos, y donde la conservación del bosque forma parte de las decisiones productivas.
“Para mí La Certeza es una búsqueda. Es volver al origen, a entender qué somos como seres humanos y qué hacemos con aquello que nos toca custodiar”, dice Virginia.
Por eso, producir alimentos no aparece como una actividad separada de la conservación. “Yo no quiero que producir signifique destruir. Quiero encontrar la manera de generar abundancia desde este lugar, pero cuidando la vida que ya existe acá”.
La apuesta también incluye una dimensión humana. Virginia habla de la necesidad de recuperar el diálogo, no solamente con la naturaleza sino entre quienes trabajan sobre los territorios.
“Aprendí que la clave está en el diálogo. En poder escuchar, aprender y compartir con otros. Porque nadie tiene todas las respuestas”, expresa la productora de aceite de girasol y mieles.
A varios años de aquella mudanza que significó dejar la arquitectura y empezar una vida completamente diferente, Virginia asegura: “no sé hacia dónde me va a llevar este camino. Pero tengo la certeza de que es el camino correcto, porque me permite conectarme, amar más y generar abundancia desde este lugar que la vida me dio para custodiar”.




