La genética del sorgo argentino no para de avanzar. En los últimos años, los nuevos materiales incorporaron más de 70 kilos de grano por hectárea por año y ya existen híbridos capaces de superar los 15.000 kilos por hectárea. Sin embargo, cuando se mira lo que efectivamente ocurre en los lotes, la historia es bastante diferente, pues el rendimiento promedio del cultivo en Argentina ronda actualmente los 3.500 kilos por hectárea, contra los cerca de 5.000 kilos que promediaba hace 15 años.
La paradoja es justamente esa. El techo productivo del sorgo se sigue elevando, pero el rendimiento promedio está lejos de acompañarlo.
Para Maizar, una de las explicaciones está en el lugar que ocupó el cultivo durante los últimos años dentro de las decisiones productivas. La expansión de la soja y el maíz, impulsada en distintos períodos por sus precios internacionales, fue desplazando al sorgo hacia ambientes de menor potencial y, en muchos casos, también hacia planteos con menores niveles de inversión.
“La ganancia genética del sorgo viene creciendo consistentemente”, señala Maizar en un comunicado, que destaca que ese progreso permitió alcanzar rindes superiores a los 15.000 kilos por hectárea en Argentina. El problema, entonces, no parece estar en la falta de herramientas genéticas, sino en cuánto de ese potencial consigue expresarse finalmente a campo.
Uno de los puntos señalados por la entidad es la fertilización. Al quedar muchas veces relegado frente a otros cultivos, el sorgo recibió menores niveles de inversión y manejo, particularmente en nutrición. El resultado fue una brecha cada vez más evidente entre lo que puede producir un híbrido en condiciones adecuadas y lo que termina obteniendo el promedio de los lotes argentinos.
Por eso, para la campaña 2026/27, el desafío pasa por conseguir que la genética que ya está disponible se transforme en kilos. “El desafío de la campaña 2026/27 es transformar el potencial genético en rendimiento, rentabilidad y mayor valor para los sistemas productivos”, plantea Maizar.
Y para lograrlo no alcanza con elegir un buen híbrido. La fecha de siembra, la densidad, el historial de herbicidas del lote y el momento de cosecha pueden terminar definiendo cuánto de ese potencial llega efectivamente al tanque de la cosechadora.
Entre esas decisiones, Maizar pone especial énfasis en no mandar al sorgo al final de la ventana de siembra. Una implantación demasiado tardía puede impedir que el cultivo exprese buena parte de su potencial productivo. También plantea ajustar la densidad cuando las condiciones ambientales lo permitan y prestar atención al denominado carryover (residuos) de herbicidas en el suelo.
La oportunidad aparece, además, en un contexto en el que el sorgo vuelve a encontrar argumentos para ocupar un lugar más importante en las rotaciones. El cultivo permite diversificar los planteos agrícolas, aporta a la estructura y estabilidad del suelo y puede integrarse tanto a sistemas agrícolas como ganaderos.
Hay también una razón coyuntural que juega a su favor, y es que el sorgo no es hospedante de la chicharrita del maíz (Dalbulus maidis), por lo que puede formar parte de estrategias de diversificación frente a uno de los principales problemas sanitarios que enfrenta actualmente el maíz.
A eso se suma el crecimiento de la oferta genética. Según Maizar, cada año se incorporan entre 65 y 70 nuevos híbridos, con materiales orientados a diferentes ambientes y destinos productivos.
La innovación incluye tecnologías de tolerancia a herbicidas, como las basadas en imidazolinonas —entre ellas iGrowth, Suron y Palladium—, materiales con tolerancia al pulgón amarillo y avances en calidad y digestibilidad para silaje, incluidos los híbridos BMR, de nervadura marrón.
En otras palabras, el sorgo dispone hoy de un arsenal genético bastante más amplio que el de años atrás. La discusión pasa ahora por conseguir que esa mejora deje de verse solamente en los ensayos y empiece a aparecer también en el promedio nacional.
“Con genética adecuada y un manejo más preciso, el sorgo tiene la oportunidad de recuperar productividad y consolidar su lugar como una alternativa estratégica para la agricultura y la ganadería argentina”, resume Maizar.





