En el amplio abanico de las fibras naturales, la seda se siente cómoda con el mote de “premium”. Y es que su producción depende, nada más y nada menos, que del trabajo de miles y miles de gusanos, cuya vida es bastante acotada y su régimen alimenticio un tanto específico.
Conocida con el nombre de sericultura, esta actividad es, en verdad, un rejunte de varias distintas. No solo consiste en la cría del gusano de la seda (Bombyx mori), sino también en la producción de plantas de morera (Morus alba) para su alimentación –la misma de la que se obtienen las moras- y del aprovechamiento textil de los capullos.
Los principales exponentes de esta producción, tanto en calidad como en escala, son China, India y Vietnam, a los que se suman otros de Oriente Medio como Uzbekistán y Turkmenistán. Si bien Italia supo ser uno de los mayores exponentes, la actividad se orientó luego hacia desarrollos más de tipo biotecnológico.
La cuota latinoamericana de ese grupo la aporta Brasil, que logró convertirse en un gran productor a nivel mundial, concentrando la actividad principalmente en el estado de Paraná. Muy por detrás aparece Argentina, que, aunque está lejos de aquellas escalas, no se achica porque impulsa un modelo distinto: el de la diversificación productiva y la combinación con otras fibras. Ese es el que difunden principalmente desde el Laboratorio de Sericultura de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA), que opera desde el año 2002.

“El camino de la producción masiva implica competir contra China y esa es una carrera perdida de antemano. Requiere una escala gigantesca y nuestras unidades productivas no son tan grandes. La encaramos como una actividad para pymes o unidades familiares con vistas al agregado de valor. No competimos por volumen sino por calidad”, dijo a Bichos de Campo Francisco Pescio, ingeniero agrónomo especializado en desarrollo rural y sericultura, con estudios en India, Italia y otros puntos de América Latina.
Un manual básico sobre esta actividad dirá que, para incursionar en esta actividad, lo primero que se debe pensar es en la producción de morera. Como especie exótica, originaria de China y del Himalaya e introducida en el siglo XVIII, esta forrajera logró adaptarse y volverse parte del paisaje común.
“Crece a los costados de las vías, en plazas. Es bastante invasora, aunque no de las más agresivas. Como fortaleza tenemos variedades locales, otras que fueron introducidas hace 100 años, y un pool de materiales adaptados a las diferentes condiciones del país porque logró esparcirse sola. Es una cosa muy argentina”, señaló Pescio.

La cría de gusanos de seda depende sí o sí de la disponibilidad de hojas frescas de morera, por lo cual su producción se extiende entre los meses de septiembre y octubre hasta fines de abril o principios de mayo. El límite geográfico suele ser al sur de la provincia de Buenos Aires. En Misiones, la cría puede extenderse hasta por 10 meses gracias a su clima subtropical.
Si bien en muchas producciones el acopio de forraje seco es una opción muy común, estos insectos tienen un paladar muy refinado. “Uno podría pensar en guardar hojas, pero ni bien se marchitan un poco, no las comen”, indicó entre risas Pescio.

Una vez resuelto el menú, el siguiente paso depende pura y exclusivamente de que los gusanos tejan sus capullos, los cuales les sirven para convertirse en polillas.
“El gusano tiene glándulas que producen proteínas. El capullo de seda está compuesto por dos: la fibroína, que es la seda propiamente dicha, y la sericina, que la recubre y cumple una función cementante. La fibroína tiene la particularidad de no ser alergénica y tener propiedades antifúngicas y antisépticas. Como además es muy resistente, se utiliza a nivel global en aplicaciones biomédicas o biotecnológicas. Por ejemplo, se desarrollan matrices de fibroína para implantes, vendas y otros productos que, una vez colocados en el cuerpo, se degradan y son absorbidos sin generar rechazo”, explicó el especialista.

Listo el capullo, llega el momento de su cosecha y procesamiento, tarea poco sencilla. Para obtener el filamento continuo de seda, la tarea consiste en deshacer el trabajo que hizo el gusano. Al ser tan fino, la recomendación es unir los filamentos de entre 10 y 15 capullos para formar un hilo de mayor grosor.
Basta con usar agua caliente y jabón para ablandar su cubierta, pescar las puntas y desarmar el capullo. Ese proceso permite formar una madeja de seda cruda.

“Puede parecer difícil, pero el agua ayuda a pescar esas puntas de filamento. Se pasa una especie de escobita o cepillo, los filamentos quedan adheridos, se tira de ahí y empieza a girar la devanadora. Lo llamativo es que el proceso de extracción no cambió en los últimos 5.000 años. Se puede hacer de una manera muy primitiva o con máquinas totalmente automatizadas”, señaló Pescio.
Y detalló: “Cada capullo tiene entre 1.000 y 2.000 metros de filamento. La fibra es muy fina y muy resistente; de hecho, por unidad de peso, es más resistente que el acero”.

Pero la madeja de seda cruda no es el único subproducto posible. Otra opción es hacer seda schappe, que permite aprovechar mayor cantidad del capullo. Resulta más similar a un vellón de lana, aunque más fino y brillante.
Para calcular la producción de seda, el agrónomo explicó que la unidad de manejo a utilizar es la conocida como telaino. Esta supone unos 10 gramos de capullo, equivalente a unas 20 mil larvas.
“Se trabaja en bandejas. Al finalizar un ciclo se necesitan unos 20 metros cuadrados. Después de 30 o 40 días se obtienen unos 25 kilos de capullo fresco. Dependiendo del tipo de seda, de ahí se pueden sacar alrededor de diez kilos de seda schappe o unos cuatro kilos de filamento continuo. Además, se necesitan unos 300 metros cuadrados con plantas de morera en alta densidad, aproximadamente una planta por metro. Si se utilizan árboles grandes, como los que se ven en la calle, harían falta alrededor de veinte para alimentar esa cantidad de gusanos”, puntualizó Pescio.
Después de semejante proceso, ¿cuánto vale el producto obtenido? Históricamente, en Argentina se pagaba entre 30 y 40 dólares por kilo de capullo de seda, mientras que a nivel global valía en torno a los 8 dólares. El hilo de seda, en cambio, subía a los 60 a 80 dólares el kilo.
“Eso tiene que ver con que acá había mucha más demanda que oferta. Siempre fuimos más caros que el mercado externo. También tiene que ver con el valor que los productores le asignan al trabajo, porque es una actividad muy intensiva en mano de obra. Uno de los problemas de Brasil es que el precio que se les paga a los productores es bajo y la cantidad de productores está cayendo rápidamente. Como no están de acuerdo con los precios, se vuelcan a otras actividades”, señaló Pescio.
Ahora bien, aun en este panorama, Argentina todavía mantiene una fortaleza frente a países como China. Hoy casi no existe un mercado internacional de capullos, porque ocupan mucho volumen pero pesan poco. Eso torna su comercialización poco rentable, por lo cual globalmente se comercializan madejas de seda. Sin embargo, ella no es sencilla de trabajar sin las máquinas industriales o telares automatizados, por lo que la producción artesanal sí demanda lo que se produce en el país.

El laboratorio de seda de FAUBA hoy se enfoca no solo en la promoción de esta actividad –incluso entregan larvas a interesados en iniciarse en esto- sino también en su componente educativo.
“La seda es una excelente herramienta pedagógica. Trabajamos con escuelas de nivel inicial, primario, secundario, técnicas y especiales, utilizando la cría del gusano en pequeñas cantidades para abordar los ciclos biológicos directamente en el aula. En algunos casos también avanzamos en el procesamiento de la seda. Cuando uno encuentra sericultores mayores, casi todos cuentan que empezaron a criar en la escuela. Podemos recrear ese proceso histórico y pensar en la próxima generación de sericultores”, afirmó Pescio.
Gracias a un proyecto internacional gestionado por el INTI y financiado por instituciones europeas, el laboratorio fue ampliado entre 2022 y 2023 y cuenta con capacidad para criar hasta 3 telainos, lo que supone unas 60 mil larvas en paralelo.

Cabe mencionar que Pescio realizó un trabajo similar durante su trabajo en la Estación Experimental del INTA AMBA, que se perdió en gran medida tras su cierre. “Una de mis líneas de investigación es el análisis y la recolección de germoplasma de morera, que tiene muchísimas variantes y complejidades. Fueron veinte años de trabajo. Algo pudimos rescatar gracias a que FAUBA nos cedió un espacio. Pero el laboratorio de sericultura, que era el único que tenía el INTA, quedó clausurado”, lamentó el agrónomo.
El equipo detrás del laboratorio de seda de FAUBA les recomienda a los interesados acercarse a sus instalaciones para capacitarse en las mejores técnicas de autoproducción –evitando así problemáticas como las sanitarias- y seguir “tejiendo redes”.





